Inicio / Sermones y Predicaciones / Bosquejos Bíblicos / Mefiboset en la Biblia: La gracia que alcanza al olvidado

Mefiboset en la Biblia: La gracia que alcanza al olvidado

I. De la caída a la invisibilidad: el trasfondo de una vida quebrantada

La historia de Mefiboset es una de las narraciones más conmovedoras y teológicamente ricas del Antiguo Testamento. No se trata simplemente del relato de un hombre lisiado que recibe misericordia de un rey bondadoso, sino de una imagen viva de la gracia inmerecida, de la fidelidad a un pacto y de cómo Dios restaura a quienes el mundo ha olvidado.

En Mefiboset convergen temas esenciales de la fe bíblica: pacto, gracia, restauración, identidad, adopción y honra. Su historia no solo nos conmueve; nos confronta, nos revela el corazón de Dios y nos invita a mirarnos a nosotros mismos desde la perspectiva divina.

(Te puede interesar: Sermones escritos listos para predicar)

1. El trasfondo histórico: del caos al trono

Para comprender correctamente la historia de Mefiboset, es imprescindible situarnos en el contexto histórico y político de Israel.

Durante años, el rey Saúl había perseguido obsesivamente a David. Movido por los celos, la inseguridad y la desobediencia, Saúl convirtió su reinado en una espiral de paranoia espiritual. David, el ungido de Dios, vivió como fugitivo, escondiéndose en cuevas, desiertos y territorios enemigos.

Finalmente, Saúl murió trágicamente en el monte Gilboa junto con su hijo Jonatán (1 Samuel 31). Con la muerte del rey, se cerraba una dinastía y se abría otra. David fue coronado rey, primero en Judá y luego sobre todo Israel.

En aquel contexto antiguo, era costumbre eliminar a todos los descendientes del rey anterior. Esto garantizaba estabilidad política y prevenía conspiraciones. Desde el punto de vista humano, Mefiboset representaba una amenaza potencial, aunque fuera débil, pobre y lisiado.

Sin embargo, el corazón de David no operaba conforme a la lógica de los reinos humanos, sino conforme a la fidelidad del pacto y al temor de Dios.

(También puedes ver la sección de Bosquejos para predicar)

2. El pacto que cambió un destino

Antes de morir, Jonatán —hijo de Saúl y amigo íntimo de David— había sellado un pacto solemne con él:

“No cortarás tu misericordia de mi casa para siempre” (1 Samuel 20:15)

Este pacto no fue un acuerdo político, sino una alianza espiritual sellada en amor, lealtad y temor a Dios. David no olvidó ese compromiso, aunque el tiempo pasó, aunque las circunstancias cambiaron y aunque nadie lo hubiera reclamado.

Aquí aparece una de las preguntas más hermosas de toda la narrativa bíblica:

“¿Ha quedado alguno de la casa de Saúl, a quien haga yo misericordia por amor de Jonatán?” (2 Samuel 9:1)

Esta pregunta revela el corazón de David y, más profundamente, refleja el corazón de Dios. David no preguntó si quedaba alguien digno, fuerte o útil. Preguntó si quedaba alguien a quien pudiera mostrar misericordia.

3. Mefiboset: un nombre casi olvidado

Encontrar a un sobreviviente de la casa de Saúl no fue sencillo. Finalmente, se identificó a un hombre llamado Mefiboset, hijo de Jonatán y nieto de Saúl.

La Biblia nos da un detalle crucial sobre su historia:

“Jonatán, hijo de Saúl, tuvo un hijo lisiado de los pies. Tenía cinco años cuando llegó de Jezreel la noticia de la muerte de Saúl y Jonatán; su nodriza lo tomó y huyó, pero mientras huía, se le cayó el niño y quedó cojo” (2 Samuel 4:4)

Este versículo es breve, pero devastador.

En un solo instante, la vida de Mefiboset cambió para siempre. Pasó de ser un príncipe a convertirse en un niño lisiado, marcado por la caída y el miedo.

(Te puede interesar: Buscando la unción de Dios)

4. Una caída que lo definió todo

Mefiboset no nació lisiado. Su condición fue consecuencia de una caída provocada por el pánico. Este detalle tiene una profunda carga simbólica.

  • Cayó cuando era niño
  • Cayó en un momento de huida
  • Cayó como resultado de una mala noticia
  • Cayó por causa del temor

Desde ese momento, su identidad quedó marcada por el quebranto. Nunca conoció la adultez con plenitud física, nunca caminó con seguridad, nunca ocupó el lugar que, humanamente hablando, le correspondía.

Vivió como un príncipe sin reino, como un heredero sin herencia, como un hombre con nombre real pero vida de mendigo.

5. Lodebar: el lugar del olvido

La Escritura nos dice que Mefiboset vivía en Lodebar (2 Samuel 9:4). Este detalle no es accidental.

Lodebar significa literalmente: “sin pastos”, “sin palabra”, “sin provisión”. Era un lugar árido, aislado, marginal. No era Jerusalén, no era el palacio, no era el centro del reino.

Allí vivía Mefiboset:

  • Lejos del trono
  • Lejos de la promesa
  • Lejos de la honra
  • Escondido por miedo

Lodebar representa espiritualmente el lugar donde terminan quienes se sienten indignos, rotos y olvidados. Es el espacio de los que creen que su historia ya no tiene redención.

(También puedes leer: Bosquejo para predicar sobre el afán y la ansiedad)

6. Lisiado, pobre y temeroso

Mefiboset no solo estaba lisiado físicamente. Estaba quebrantado emocionalmente y condicionado espiritualmente.

Vivía con la constante expectativa del juicio. Sabía que, si el rey lo encontraba, podría morir. La historia le había enseñado que los reyes no muestran misericordia a los descendientes de sus enemigos.

Por eso, cuando fue llevado ante David, seguramente su corazón se llenó de terror. No entró al palacio con esperanza, sino con resignación. No esperaba gracia; esperaba una sentencia.

7. Aquí comienza la historia de la gracia

La historia de Mefiboset no comienza con su restauración, sino con su quebrantamiento. Y esto es profundamente significativo.

Dios no ignora nuestra caída, pero no permite que la caída sea el final de la historia. El Señor ve al olvidado, recuerda al marginado y llama por nombre al que vive en Lodebar.

Lo que estaba a punto de suceder no solo cambiaría la vida de Mefiboset, sino que revelaría una de las imágenes más claras de la gracia divina en todo el Antiguo Testamento.

II. El encuentro con el rey: palabras que restauran la identidad

La segunda escena de esta historia es una de las más poderosas del Antiguo Testamento. No es una batalla, no es un milagro visible, no es una victoria militar. Es un encuentro, un diálogo breve, pero cargado de eternidad. En él, un rey pronuncia palabras que rescatan del polvo a un hombre quebrantado.

Aquí se manifiesta una verdad espiritual profunda: la gracia no solo cambia destinos; cambia identidades.

1. El llamado que rompe el silencio de Lodebar

Después de preguntar si quedaba alguien de la casa de Saúl, David es informado de la existencia de Mefiboset. Vive en Lodebar, lejos, escondido, olvidado. Entonces ocurre algo decisivo:

“Entonces el rey David mandó traerlo de la casa de Maquir hijo de Amiel, de Lodebar” (2 Samuel 9:5)

Mefiboset no buscó al rey. El rey lo buscó a él. Esta es una de las verdades más gloriosas del evangelio anticipado en el Antiguo Testamento: la gracia siempre inicia en el corazón de Dios, no en el mérito humano.

Mefiboset vivía escondido, pero no estaba fuera del alcance del rey. Había sido olvidado por la sociedad, pero no por el pacto. Así también ocurre con nosotros: cuando creemos estar fuera del alcance de Dios, la gracia ya está en camino.

(Te puede interesar el bosquejo: El justo florecerá como la palmera)

2. El temor de presentarse ante el trono

La Biblia describe con sobriedad el momento del encuentro:

“Y vino Mefiboset hijo de Jonatán, hijo de Saúl, a David, y se postró sobre su rostro e hizo reverencia” (2 Samuel 9:6)

Este no es un gesto de confianza, sino de temor reverente mezclado con pánico. Mefiboset se postra porque cree que está ante un juez, no ante un padre. Se inclina esperando sentencia, no restauración.

Desde su perspectiva, su linaje era una condena, no una bendición. Su nombre estaba asociado a un rey rechazado por Dios. Su discapacidad lo hacía aún más vulnerable. Todo en su historia le decía: “No perteneces aquí”.

¿Cuántas personas viven hoy con esa misma percepción delante de Dios? Llegan a la oración, a la iglesia, a la presencia divina, esperando reproche en lugar de gracia.

3. “¡Mefiboset!”: Cuando el rey llama por nombre

El primer gesto de David no es una acusación, sino una palabra personal:

“Y dijo David: ¡Mefiboset!” (2 Samuel 9:6)

Este detalle es profundamente revelador. David no lo llamó “nieto de Saúl”, no lo llamó “lisiado”, no lo llamó “amenaza”, no lo llamó “enemigo”. Lo llamó por su nombre.

En la Biblia, ser llamado por nombre es señal de relación, dignidad y reconocimiento. Dios llama por nombre a quienes ama. Jesús llamó a Zaqueo por nombre. Llamó a María Magdalena por nombre. Llamó a Lázaro por nombre.

Cuando David pronuncia el nombre de Mefiboset, está diciendo implícitamente: “Te veo, te reconozco y te conozco”.

4. “Aquí está tu siervo”: una identidad aplastada

La respuesta de Mefiboset revela el estado de su alma:

“Y él respondió: He aquí tu siervo” (2 Samuel 9:6)

No dice: “Soy Mefiboset, hijo de Jonatán”. No menciona su linaje ni reclama dignidad. Se presenta únicamente como siervo, como alguien sin derechos, sin voz, sin valor propio.

Este es el lenguaje de alguien que ha vivido demasiado tiempo en el rechazo. Es la respuesta de un hombre que aprendió a esperar lo peor, a no levantar la cabeza, a sobrevivir sin esperanza.

(Te puede interesar: La palabra es viva y eficaz)

5. “No temas”: la primera palabra de la gracia

Entonces David pronuncia una de las frases más poderosas de toda la Escritura:

“No temas” (2 Samuel 9:7)

Cada vez que Dios está a punto de restaurar, sanar o llamar, estas palabras preceden el acto de gracia. “No temas” es el umbral que separa el juicio de la misericordia.

David sabe que Mefiboset vive dominado por el miedo. Por eso, antes de hablar de restauración, desarma su temor. La gracia siempre comienza calmando el corazón.

6. Bondad inmerecida: la razón del favor

David continúa diciendo:

“Porque yo a la verdad haré contigo misericordia por amor de Jonatán tu padre” (2 Samuel 9:7)

Aquí se revela el fundamento de todo lo que Mefiboset recibirá. No es por quien él es, sino por quien fue su padre. No es por su conducta, sino por un pacto previo.

Este es un principio profundamente evangélico. Nosotros no somos aceptados por nuestros méritos, sino por causa de Cristo. El favor que recibimos hoy no se basa en lo que hicimos ayer, sino en la fidelidad del pacto eterno.

Mefiboset es bendecido por amor a Jonatán. Nosotros somos bendecidos por amor a Jesús.

7. Restauración total: Campos, mesa y comunión

David no se limita a una declaración simbólica. La gracia siempre se expresa en hechos concretos:

“Y te devolveré todas las tierras de Saúl tu padre, y tú comerás siempre a mi mesa” (2 Samuel 9:7)

Aquí hay tres niveles de restauración:

  1. Restauración económica — le devuelve la herencia.
  2. Restauración social — lo saca del anonimato.
  3. Restauración relacional — lo invita a la mesa.

No es una ayuda ocasional, es una restauración permanente. Mefiboset no será visitado ocasionalmente; será integrado diariamente.

(Podría interesarte: La vid verdadera)

8. “¿Qué es tu siervo…?”: La autoimagen del quebrantado

La reacción de Mefiboset es profundamente conmovedora:

“¿Quién es tu siervo, para que mires a un perro muerto como yo?” (2 Samuel 9:8)

Esta frase revela una autoimagen completamente destruida. En la cultura judía, el perro era símbolo de impureza y desprecio. Un perro muerto era lo más vil imaginable.

Mefiboset no se ve como heredero, ni como hijo, ni siquiera como digno de compasión. Se ve como desecho.

Esto nos enseña una verdad pastoral crucial: la gracia de Dios muchas veces llega a personas que aún no creen merecerla. Dios no espera que tengamos una buena opinión de nosotros mismos para restaurarnos.

9. Las palabras que cambian una vida

David nunca corrige verbalmente a Mefiboset, pero corrige su realidad con hechos. No discute su percepción; la transforma.

Las palabras del rey, acompañadas de acciones, reconstruyen una identidad rota. Mefiboset entra al palacio como “perro muerto” y sale como hijo adoptado del rey.

Las palabras tienen poder:

  • Pueden encadenar o liberar
  • Pueden destruir o edificar
  • Pueden sellar heridas o abrir caminos de sanidad

David eligió palabras que levantaron, no que aplastaron.

10. Un principio eterno

Aquí aprendemos una lección que atraviesa toda la Escritura:

Dios no nos llama por lo que fuimos, sino por lo que Él decidió que seríamos en Su gracia.

Mefiboset llegó temblando, pero salió con esperanza. Llegó esperando juicio, pero recibió misericordia. Llegó como siervo, pero fue tratado como hijo.

(También puedes leer: Bosquejo para predicar sobre el amor de Dios)

III. La mesa del rey: Adopción, permanencia y honra inmerecida

Si hay una imagen que domina y corona toda la historia de Mefiboset, es esta: un hombre cojo, sentado diariamente a la mesa del rey. No como invitado ocasional, no como mendigo tolerado, sino como uno de los hijos del rey. Esta escena contiene una de las teologías de la gracia más profundas del Antiguo Testamento.

Aquí la gracia deja de ser solo un acto puntual y se convierte en un estilo de vida.

1. La mesa del rey: Más que alimento

En el mundo antiguo, comer en la mesa de un rey era uno de los mayores privilegios posibles. No se trataba simplemente de recibir comida, sino de compartir comunión, pertenencia y honor.

La mesa del rey implicaba:

  • Relación cercana
  • Protección real
  • Identidad familiar
  • Provisión constante
  • Permanencia asegurada

Por eso el texto enfatiza repetidamente este detalle:

“Tú comerás siempre a mi mesa”
“Mefiboset comía a la mesa de David como uno de los hijos del rey”
“Mefiboset moraba en Jerusalén, porque comía siempre a la mesa del rey”
(2 Samuel 9:7, 11, 13)

La repetición no es accidental. El Espíritu Santo quiere que entendamos que la gracia no fue temporal, sino permanente.

2. De Lodebar a Jerusalén: Un cambio de residencia espiritual

Mefiboset no solo fue restaurado económicamente; fue reubicado. Dejó Lodebar para vivir en Jerusalén. Esto implica mucho más que un cambio geográfico.

Lodebar era el lugar:

  • Del anonimato
  • Del silencio
  • De la carencia
  • Del miedo constante

Jerusalén era:

  • El centro del reino
  • El lugar de la presencia
  • El espacio de la adoración
  • El sitio del trono

La gracia no solo te perdona; te traslada. Te saca del lugar donde sobrevivías y te establece donde puedes vivir plenamente.

3. Siempre en la mesa: La seguridad de la permanencia

David no dijo: “Comerás en mi mesa hasta nuevo aviso”. Dijo: “siempre”.

Este detalle destruye cualquier teología del favor intermitente. Mefiboset no debía ganarse su lugar cada día. No dependía de su desempeño, ni de su utilidad, ni de su fuerza.

Su lugar estaba garantizado por la palabra del rey.

Esto anticipa una verdad gloriosa del evangelio: la gracia no se renueva por mérito, sino que permanece por fidelidad divina.

(Puede que te interese: ¿Quién es este que aun el viento y el mar le obedecen?)

4. “Como uno de los hijos del rey”: Adopción plena

El texto alcanza su punto más alto cuando declara:

“Mefiboset comía a la mesa de David como uno de los hijos del rey” (2 Samuel 9:11)

Esta frase cambia toda la lectura de la historia. Mefiboset no fue tratado como beneficiario, sino como familia.

No fue tolerado; fue adoptado. No fue un caso social; fue un hijo.

Aquí encontramos una de las tipologías más hermosas de la adopción espiritual que luego el Nuevo Testamento desarrollará plenamente:

“Nos predestinó para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo” (Efesios 1:5)

5. La paradoja eterna: Cojo, pero honrado

La Biblia no oculta un detalle importante:

“Era cojo de ambos pies” (2 Samuel 9:13)

Este dato se menciona al final del relato, no al inicio. Es como si el Espíritu Santo quisiera decirnos algo crucial: la gracia no eliminó su discapacidad, pero la cubrió con honra.

Cuando Mefiboset se sentaba a la mesa del rey, sus pies no se veían. La mesa ocultaba su debilidad.

Esto encierra una verdad espiritual gloriosa:

  • La gracia no siempre elimina nuestra fragilidad
  • Pero nos sienta en lugares donde la fragilidad ya no nos define

Nuestra identidad no está en lo que nos falta, sino en dónde estamos sentados.

6. Sentado entre príncipes

Mefiboset comía junto a los hijos del rey. Compartía pan con hombres que no habían vivido su dolor ni su caída. Sin embargo, su lugar era igual de legítimo.

Esto nos recuerda el Salmo:

“Levanta del polvo al pobre, y al menesteroso alza del muladar, para hacerlos sentar con los príncipes” (Salmo 113:7–8)

La gracia no solo restaura; exalta.

7. La mesa como lugar de comunión constante

Comer juntos crea vínculo. Día tras día, Mefiboset compartía el pan, escuchaba conversaciones, aprendía la cultura del reino, participaba de la vida real del palacio.

No era un invitado silencioso. Era parte del entorno del rey.

Así ocurre con el creyente: la gracia nos introduce en una relación continua, no en una experiencia aislada.

8. Una gracia que no exige rendimiento

Mefiboset no podía trabajar la tierra. No podía ir a la guerra. No podía producir como otros. Y, aun así, no perdió su lugar.

Esto nos confronta con una verdad incómoda pero liberadora: Dios no nos ama por lo que producimos, sino por quienes somos en Cristo.

La gracia no se mide en eficiencia, sino en fidelidad del que la concede.

(Podría interesarte: La casa sobre la roca)

9. El Rey cubre lo que falta

Cada vez que Mefiboset se sentaba a la mesa, el rey veía su rostro, no su discapacidad. Veía a Jonatán reflejado en su hijo. Veía el pacto, no la caída.

Así también Dios nos mira a nosotros: a través del pacto, no del quebranto.

10. La mesa del rey hoy

La mesa del rey sigue abierta. Hoy se expresa en:

  • La comunión con Cristo
  • La pertenencia al cuerpo de la iglesia
  • La seguridad de la adopción
  • La permanencia en la gracia

No comemos por mérito. Comemos por invitación.

IV. La bondad del pacto y la restauración de la identidad

La historia de Mefiboset no termina simplemente con un hombre sentado a la mesa del rey. Termina con la revelación de un Dios que no olvida los pactos, que busca al quebrantado y que transforma vergüenza en honra. Todo el relato culmina en una palabra clave que define tanto el carácter de David como el carácter de Dios: bondad.

1. La restauración total: herencia, identidad y futuro

David no solo invitó a Mefiboset a su mesa; restauró completamente su herencia:

“Y le devolveré todas las tierras de Saúl tu padre”
(2 Samuel 9:7)

Esto significa que Mefiboset dejó de depender de la caridad. Pasó de sobrevivir a vivir con dignidad. Recuperó lo que legalmente le pertenecía, pero que nunca había podido disfrutar.

Restaurar, en el sentido bíblico, no es solo devolver lo perdido, sino restituir la posición correcta. Mefiboset fue devuelto al lugar que le correspondía por pacto, aunque no por mérito personal.

Este principio se repite a lo largo de la Escritura: Dios no solo perdona, restituye. No solo limpia, reestablece. No solo sana, reconstruye.

2. La bondad (hesed): el corazón del relato

David mismo define lo que está haciendo con una expresión profunda:

“¿No ha quedado nadie de la casa de Saúl, a quien haga yo la bondad de Dios?”
(2 Samuel 9:3)

La palabra hebrea utilizada es hesed, una de las más ricas del Antiguo Testamento. No significa simplemente amabilidad. Hesed implica:

  • Amor leal
  • Fidelidad al pacto
  • Misericordia activa
  • Gracia que no se retira

La bondad que David mostró no fue emocional ni momentánea; fue teológica. David estaba reflejando el carácter de Dios.

(Te puede interesar: Nuevos comienzos)

3. La bondad como respuesta a la gracia recibida

David fue un hombre que conoció profundamente la misericordia divina. Su vida estuvo marcada por peligros, errores, fracasos y restauraciones. Dios lo había sacado del anonimato, lo había protegido, lo había levantado y lo había perdonado.

Por eso, David quiso corresponder esa gracia:

“El que ha sido tocado por la gracia, inevitablemente desea extenderla”

La bondad no es una obligación moral; es una respuesta natural de quien ha sido alcanzado por el favor divino.

4. David no ignoró al quebrantado

David pudo haber ignorado a Mefiboset sin consecuencias políticas. Nadie se lo habría reprochado. Pero eligió mirar donde otros no miraban.

Aquí surge una confrontación pastoral profunda:
¿A quiénes estamos ignorando nosotros?

Personas con:

  • Heridas emocionales profundas
  • Historias rotas
  • Discapacidades visibles o invisibles
  • Vergüenza acumulada
  • Fracasos públicos o privados

La historia de Mefiboset nos recuerda que el reino de Dios no se construye ignorando a los rotos, sino restaurándolos.

5. De paria a heredero: una identidad nueva

Mefiboset llegó al palacio con una identidad basada en el miedo. Se definía a sí mismo como “perro muerto”. Pero salió con una identidad nueva: hijo del rey.

Este cambio no ocurrió por transformación interior inmediata, sino por una declaración del rey. La identidad precedió al comportamiento.

Así obra Dios: nos llama hijos antes de que aprendamos a vivir como tales.

6. Mefiboset como figura del creyente redimido

Las similitudes entre Mefiboset y nosotros son imposibles de ignorar:

  • Estábamos lejos del reino
  • Vivíamos marcados por una caída
  • Éramos incapaces de salvarnos
  • Esperábamos juicio
  • Fuimos buscados por el Rey
  • Fuimos llamados por nombre
  • Fuimos invitados a la mesa
  • Fuimos adoptados como hijos

Lo que David hizo por Mefiboset, Dios lo hizo por nosotros en Cristo.

7. La gracia no niega la herida, la redime

Mefiboset siguió siendo cojo. La gracia no reescribió su pasado, pero reescribió su futuro.

Esto es esencial para una teología sana: la gracia no siempre elimina nuestras marcas, pero les da un nuevo significado. Aquello que fue vergüenza se convierte en testimonio.

8. Palabras que edifican o destruyen

David eligió cuidadosamente sus palabras. No habló con desprecio, no recordó el pasado oscuro, no resaltó la debilidad.

Las palabras del rey:

  • Sanaron
  • Restauraron
  • Afirmaron
  • Dignificaron

Cada creyente carga dos cubos todos los días: uno con agua y otro con gasolina. Nuestras palabras siempre revelan cuál usamos.

(También puedes leer: ¿Irán vuestros hermanos a la guerra y vosotros os quedaréis aquí?)

9. La mesa sigue abierta

La mesa del rey no fue solo para Mefiboset. Es una imagen profética de la mesa del Reino, donde los indignos son invitados, los quebrantados son restaurados y los olvidados reciben honra.

Hoy seguimos sentándonos allí:

  • No por fuerza
  • No por mérito
  • No por perfección
  • Sino por gracia

Conclusión: tú también eres Mefiboset

La historia de Mefiboset no es solo un relato antiguo lleno de compasión; es un espejo espiritual en el que todo creyente debe mirarse con honestidad. En algún punto de nuestra vida, todos habitamos en Lodebar, ese lugar de esterilidad, olvido y carencia espiritual. No llegamos allí necesariamente por nuestras propias decisiones, sino muchas veces por caídas ajenas, heridas heredadas, errores del pasado o circunstancias que no elegimos.

Como Mefiboset, crecimos con una identidad marcada por la pérdida: sin reino, sin herencia, sin expectativas. La caída dejó huellas visibles, no solo externas, sino también internas. Aprendimos a vivir limitados, a conformarnos con poco, a pensar que no éramos dignos de más. Y, al igual que él, cuando escuchamos que el Rey nos llama, nuestro primer impulso no fue esperanza, sino temor. Temor al juicio. Temor al rechazo y temor a que la gracia fuera solo una ilusión.

Un corazón movido por pacto

Sin embargo, el corazón del Rey no estaba movido por venganza, sino por pacto. David no buscó a Mefiboset por lo que él podía ofrecer, sino por la promesa que había hecho a Jonatán. De la misma manera, Dios no nos llamó por nuestros méritos, sino por Su fidelidad. Nuestra salvación no descansa en nuestra capacidad de caminar rectamente, sino en la firmeza del pacto eterno sellado por Cristo.

Cuando Mefiboset se sentó a la mesa del rey, sus pies lisiados quedaron ocultos bajo el mantel. No porque dejaran de existir, sino porque ya no definían su posición. Así ocurre con nosotros: seguimos siendo conscientes de nuestras debilidades, pero estas ya no determinan nuestro lugar delante de Dios. En Cristo, no somos recordados por nuestra caída, sino por la gracia que nos levantó.

Estar a la mesa del Rey no significa ausencia de cicatrices, sino presencia constante de misericordia. Cada comida era un recordatorio de que Mefiboset ya no vivía como un desterrado, sino como un hijo honrado. Del mismo modo, el creyente ya no vive bajo la identidad del pasado, sino bajo la dignidad restaurada que Dios le ha concedido.

Reflexión final

La gracia no pregunta cuán profunda fue tu caída, sino si estás dispuesto a dejar Lodebar y aceptar el lugar que el Rey ya preparó para ti.

Hoy, como Mefiboset, somos llamados por nombre, invitados sin condiciones y sostenidos no por nuestra fuerza, sino por la fidelidad inquebrantable de Dios. La mesa sigue servida, el Rey sigue llamando y el pacto sigue vigente. La pregunta ya no es si eres digno, sino si creerás lo suficiente como para sentarte y permanecer.

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento. Al hacer clic en Aceptar, aceptas el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos.    Más información
Privacidad