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Peligros que amenazan el hogar Cristiano y ponen en riesgo la herencia de la familia (Rut 1)

Cuando las decisiones, la cultura y la fe descuidada ponen en riesgo la herencia familiar

Introducción: Peligros que amenazan silenciosamente el hogar cristiano

Vivimos en una época en la que el concepto de familia atraviesa una de sus crisis más profundas. No se trata solo de cambios sociales visibles o de debates ideológicos públicos; el verdadero peligro suele ser silencioso, progresivo y, muchas veces, normalizado. El hogar cristiano no está exento de estas amenazas. De hecho, en muchos casos, los peligros más graves que amenazan el hogar cristiano no llegan desde afuera con violencia, sino que se infiltran poco a poco mediante decisiones aparentemente razonables, presiones culturales aceptadas y una fe que se va relegando a un segundo plano.

James Dobson, en su libro Love Must Be Tough, describe con claridad el impacto devastador que la desintegración familiar está produciendo en la sociedad moderna. Él afirma que las víctimas más vulnerables de la inestabilidad familiar son los niños, quienes, por su corta edad, no logran comprender lo que realmente ha ocurrido entre sus padres. Lo que sí comprenden —aunque no puedan expresarlo con madurez— es el dolor, la inseguridad y la ruptura de aquello que les daba estabilidad.

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Hogares fracturados, conflictos familiares y carencias emocionales

Dobson ilustra esta tragedia con una experiencia reveladora: una maestra de sexto grado asignó a sus alumnos una sencilla tarea de escritura creativa. Debían completar una frase que comenzara con la palabra: “Deseo…”. Ella esperaba respuestas propias de niños: bicicletas, videojuegos, viajes, mascotas. Sin embargo, la mayoría de los estudiantes expresó algo muy distinto. Sus deseos estaban marcados por hogares fracturados, conflictos familiares y carencias emocionales profundas.

Algunas de las respuestas fueron estremecedoras:

  • “Deseo que mis padres no pelearan y que mi papá regresara a casa”.
  • “Deseo que mi mamá no tuviera novio”.
  • “Deseo sacar buenas notas para que mi papá me quiera”.
  • “Deseo tener una mamá y un papá para que no se burlen de mí”.
  • “Deseo tener un rifle para disparar a los que se burlaron de mí”.

Estas frases no nacen de la fantasía infantil, sino de corazones heridos. Son el eco de hogares donde algo esencial se ha quebrado. Y aquí surge una pregunta ineludible: ¿Cómo hemos llegado hasta este punto?

Aunque algunos ataques al hogar cristiano son abiertos y evidentes —como los intentos contemporáneos de redefinir el matrimonio y vaciarlo de su diseño bíblico—, otros peligros que amenazan el hogar cristiano son más sutiles. Se esconden detrás de decisiones prácticas, razonamientos lógicos y hasta buenas intenciones. Precisamente esos peligros ocultos son los que encontramos reflejados en Rut capítulo 1, un relato breve pero profundamente revelador.

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Rut 1: Una historia antigua con advertencias actuales

El libro de Rut no comienza con una historia romántica, como muchos suelen recordarlo, sino con una crisis familiar profunda. Antes de la redención, antes de la restauración, antes de la esperanza, el texto nos presenta un hogar sometido a presiones extremas: económicas, culturales, espirituales y morales.

Rut 1:1 dice:

“Aconteció en los días que gobernaban los jueces, que hubo hambre en la tierra; y un varón de Belén de Judá fue a morar en los campos de Moab, él y su mujer, y dos hijos suyos”.

Esta sola frase encierra una enorme carga teológica y pastoral. Aquí se nos presentan tres fuerzas o peligros que amenazan el hogar cristiano:

  1. Un contexto cultural corrupto.
  2. Circunstancias naturales adversas.
  3. Decisiones personales equivocadas.

Estas mismas fuerzas o peligros siguen actuando hoy, presionando a las familias creyentes y la amenazan desde distintos ángulos.

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I. Los problemas que estresan y debilitan el hogar cristiano

A. Presiones provenientes de una cultura moralmente fragmentada

El relato inicia con una referencia histórica clave: “En los días que gobernaban los jueces”. Jueces 21:25 describe ese periodo con una frase contundente:

“Cada uno hacía lo que bien le parecía”.

Este no fue simplemente un tiempo de desorden político, sino de relativismo moral, donde la verdad dejó de ser objetiva y cada individuo se convirtió en su propia autoridad ética. ¿No suena esto inquietantemente familiar?

Al igual que en aquella época, nuestra cultura actual promueve:

  • Relativismo moral: no hay verdades absolutas.
  • Individualismo extremo: “haz lo que te haga feliz”.
  • Autoexpresión sin límites: cualquier deseo debe ser afirmado.
  • Tolerancia selectiva: se tolera todo excepto la verdad bíblica.

El mensaje cultural es claro: adáptate, no confrontes, no afirmes verdades exclusivas. En este contexto, el hogar cristiano se ve presionado a diluir sus convicciones, suavizar su fe y silenciar principios bíblicos para no parecer “intolerante” o “anticuado”.

Muchos padres cristianos, sin darse cuenta, comienzan a criar a sus hijos más según la cultura que según la Escritura. Se evita hablar de pecado, disciplina, santidad o autoridad espiritual, y se reemplazan estos conceptos por aceptación sin corrección y amor sin verdad.

El problema no es solo externo. La cultura no solo golpea desde fuera; cuando no se discierne, se instala dentro del hogar.

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B. Presiones de las circunstancias naturales de la vida

Rut 1:1 también nos dice: “hubo hambre en la tierra”. La hambruna no era un pecado, ni una decisión humana directa. Era una realidad dura de vivir en un mundo caído.

Aquí es vital entender algo: no todas las crisis familiares son consecuencia directa del pecado personal. Algunas pruebas llegan simplemente porque vivimos en una creación afectada por el pecado original.

Estas dificultades se caracterizan por dos elementos clave:

1. Atacan indiscriminadamente
Nadie está exento. Ni los justos ni los fieles tienen inmunidad frente a enfermedades, crisis económicas, pérdidas laborales o desastres naturales.

2. Están fuera de nuestro control
Noemí y Elimelec no provocaron la hambruna. Sin embargo, tuvieron que enfrentar sus consecuencias.

El texto nos presenta a una familia que, en apariencia, lo tenía todo a su favor. El nombre de Elimelec significa “Dios es mi rey”, y Noemí significa “agradable” o “dulce”. Todo parecía indicar un hogar bendecido. Sin embargo, sus hijos nacieron débiles y enfermizos: Mahlón (“enfermizo”) y Quelión (“marchito”).

Esto nos confronta con preguntas profundas que siguen vigentes hoy:

  • ¿Por qué familias piadosas enfrentan enfermedades prolongadas?
  • ¿Por qué personas fieles pierden su empleo?
  • ¿Por qué ocurren crisis económicas, recesiones y quiebras?

La Escritura no siempre nos da respuestas específicas. Pero sí nos advierte de algo crucial: no debemos culpar a Dios ni a otros por aquello que no entendemos. Muchas de estas pruebas existen porque vivimos en un mundo afectado por el pecado.

El verdadero peligro no es la prueba en sí, sino cómo respondemos a ella.

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C. El peligro de las decisiones personales mal evaluadas

Si las presiones culturales y las circunstancias naturales ya representan una carga significativa para cualquier hogar, existe un tercer factor que suele ser el más determinante y el más peligroso: las decisiones personales. A diferencia de la cultura o de las crisis externas, este tipo de problemas sí están directamente bajo nuestra responsabilidad.

Rut 1:1 declara:

“…y un varón de Belén de Judá fue a morar en los campos de Moab”.

Esta frase parece sencilla, casi inofensiva. Sin embargo, encierra una decisión con profundas implicaciones espirituales. Elimelec no fue expulsado de Belén; él decidió irse. No fue arrastrado por la fuerza; eligió moverse. Y esa elección marcaría el destino de toda su familia.

Cuando una decisión práctica ignora las consecuencias espirituales

Desde una perspectiva meramente humana, la decisión de Elimelec puede parecer sensata. Había hambre en la tierra. Tenía una esposa y dos hijos que alimentar. Buscar alimento y estabilidad económica es una responsabilidad legítima de cualquier padre. El problema no fue el deseo de proveer, sino el lugar al que decidió ir.

Moab no era simplemente otro territorio neutral. En la historia bíblica, Moab representaba enemistad espiritual, corrupción moral y oposición al pueblo de Dios. Ir a Moab era, espiritualmente hablando, retroceder.

Según Génesis 19:37, Moab nació de una relación incestuosa entre Lot y su hija. Desde su origen, este pueblo arrastraba una herencia marcada por el pecado. Para un israelita, establecerse allí no era una simple mudanza geográfica; era una decisión espiritual peligrosa.

Aquí surge un principio clave: No toda oportunidad económica es una oportunidad espiritual.

Muchos hogares cristianos han tomado decisiones similares, aunque con otros nombres y contextos. Cambios de trabajo, mudanzas, ascensos, asociaciones o estilos de vida que parecen ofrecer estabilidad, pero que exigen sacrificar la vida espiritual, la comunión con la iglesia o los valores bíblicos.

1. La desobediencia consciente debilita la autoridad espiritual del hogar

Elimelec desobedeció un mandato claro de Dios. La tierra que él abandonó no era solo un espacio físico; era la tierra prometida, el lugar donde Dios había establecido a su pueblo.

Cuando Rut 1:2 dice que “permanecieron allí”, y Rut 1:4 añade que estuvieron en Moab “unos diez años”, el texto deja claro que no fue algo temporal ni accidental. La desobediencia momentánea se convirtió en un estilo de vida prolongado.

Aquí aparece una verdad incómoda pero necesaria: La desobediencia rara vez es instantánea; casi siempre es progresiva.

El impacto de esta desobediencia no afectó solo a Elimelec. Sus hijos aprendieron, no por palabras sino por ejemplo, que obedecer a Dios era negociable cuando las circunstancias se volvían difíciles.

Los hijos no solo escuchan lo que los padres dicen de Dios; observan cómo lo obedecen.

2. La herencia espiritual fue devaluada ante los ojos de la familia

La tierra que Elimelec poseía tenía un valor que iba más allá de lo económico. Era una herencia espiritual, una señal visible de la fidelidad de Dios a generaciones pasadas. Al abandonarla, Elimelec transmitió un mensaje silencioso pero poderoso: lo espiritual puede ceder cuando lo material aprieta.

Esta actitud sigue presente hoy. Muchos padres cristianos, sin proponérselo, enseñan a sus hijos que:

  • El trabajo es más importante que la congregación.
  • El éxito económico vale más que la fidelidad espiritual.
  • La fe es importante, pero secundaria.

El problema no es buscar prosperidad, sino priorizarla por encima de la obediencia. Cuando los hijos ven que los valores espirituales se sacrifican por conveniencia, aprenden a hacer lo mismo en sus propias decisiones.

Lo que los padres minimizan espiritualmente, los hijos suelen abandonar completamente.

3. La familia fue expuesta a tentaciones profundas y persistentes

Dios había advertido claramente a su pueblo sobre los peligros de convivir con culturas paganas. Jueces 2:2–3 declara:

“…no haréis pacto con los moradores de esta tierra… sus dioses os serán tropezadero”.

Al establecerse en Moab, Elimelec colocó a su familia en un ambiente espiritualmente hostil. No pasó mucho tiempo antes de que sus hijos se casaran con mujeres moabitas: Rut y Orfa (Rut 1:4). Aunque Dios obró redentoramente en la vida de Rut, la decisión inicial no fue parte del plan original de Dios para Israel.

Las influencias culturales y religiosas de Moab inevitablemente afectaron la cosmovisión del hogar. No se trata de demonizar a personas, sino de reconocer que la cultura moldea valores, y cuando esa cultura es contraria a Dios, termina erosionando la fe.

Hoy ocurre algo similar cuando:

  • Se permite que los medios formen más que la Escritura.
  • Se adoptan valores sociales sin discernimiento bíblico.
  • Se normaliza lo que Dios llama pecado.

4. Las buenas intenciones no neutralizan la desobediencia

Quizás el argumento más común para justificar decisiones incorrectas es este: “Lo hice por mi familia”. Sin embargo, las buenas intenciones no convierten una mala decisión en una buena.

Elimelec no encontró en Moab la solución que buscaba. Al contrario, allí perdió:

  • Su vida (Rut 1:3).
  • El futuro espiritual de su hogar.
  • La protección de la comunidad del pacto.

Tras su muerte, Noemí quedó sola en tierra extranjera, sin esposo y, más adelante, sin hijos (Rut 1:5). La desobediencia no alivió la crisis; la profundizó.

Esto nos obliga a una autoevaluación honesta: Antes de culpar a la cultura, la economía o a otras personas, debemos revisar nuestras decisiones y sus consecuencias reales en el hogar.

II. La premisa peligrosa que pone a prueba el hogar cristiano

Detrás de la decisión de Elimelec se esconde una premisa profundamente engañosa: “Puedo dejar a Dios fuera de mis decisiones y aun así salir adelante”. Esta idea es uno de los peligros que amenazan el hogar cristiano y sigue seduciendo a muchos hoy en día, y se manifiesta de diversas formas.

A. Rechazar abiertamente a Dios

Algunos hogares adoptan conscientemente la postura del mundo: “Podemos vivir bien sin Dios”. Esta fue la filosofía dominante en los días de los jueces: cada uno hacía lo que bien le parecía.

Cuando Dios es expulsado del hogar, no se crea un vacío neutral; ese espacio será ocupado por otros valores, otras voces y otras autoridades.

B. Limitar el compromiso con Dios

Otros no rechazan a Dios, pero lo relegan. Confiesan fe, pero no la practican. Como Elimelec, creen ser ciudadanos del cielo, pero eligen vivir en los suburbios del pecado.

Aquí entran compromisos aparentemente legítimos: trabajo excesivo, búsqueda de comodidad, metas económicas. El problema no es el trabajo, sino cuando desplaza a Dios del centro del hogar.

C. Compartimentar la fe

Finalmente, algunos mantienen a Dios en un compartimento específico: el templo. Van a la iglesia, pero no llevan la fe a la mesa, a la crianza, a las conversaciones ni a las decisiones diarias.

Han olvidado el mandato de Deuteronomio 6:6–7, donde Dios ordena que la fe sea transmitida en todo momento y en todo lugar.

III. Las promesas que sostienen y restauran el hogar cristiano

Hasta ahora, el relato de Rut 1 nos ha conducido por un terreno áspero: decisiones equivocadas, pérdidas irreparables, consecuencias dolorosas y una fe debilitada por la distancia con Dios. Sin embargo, la Escritura nunca expone el pecado y la ruina sin revelar, al mismo tiempo, la posibilidad de redención.

El libro de Rut no es, en esencia, una historia de fracaso, sino una historia de restauración que nace desde el fondo del dolor. Dios permite que veamos las consecuencias del alejamiento, no para condenar, sino para mostrar que aún desde las ruinas, Él puede volver a edificar.

Aquí emergen dos promesas fundamentales que todo hogar cristiano debe comprender con profundidad.

A. La promesa inquebrantable del carácter de Dios

Una de las verdades más consoladoras del relato es esta: Dios no se ha movido, aunque el ser humano sí lo haya hecho.

Cuando Elimelec llevó a su familia a Moab, Dios no los abandonó. Cuando Noemí quedó viuda y sin hijos, Dios no dejó de ser Dios. Aunque el nombre de Noemí cambió de “agradable” a “Mara” (amarga), el carácter de Dios permaneció fiel.

Aquí aparece un principio pastoral esencial: Cuando el ser humano se aleja de Dios, Dios no se aleja del ser humano.

Dios sigue esperando en el mismo lugar donde fue dejado. Así como el padre del hijo pródigo aguardaba el regreso de su hijo, Dios espera pacientemente el retorno del corazón que se extravió.

Esto confronta directamente a muchos hogares cristianos que viven con una falsa culpa paralizante. Creen que han ido demasiado lejos, que han tomado decisiones irreversibles o que su historia ya quedó arruinada. Pero la narrativa bíblica insiste en lo contrario:

  • Dios no abandona por cansancio.
  • Dios no se retira por decepción.
  • Dios no cancela su gracia por el fracaso humano.

Es mejor tener poco en Canaán con Dios que abundancia en Moab sin Él.

El regreso siempre comienza con una decisión interna

Noemí no volvió a Belén inmediatamente después de la muerte de Elimelec. Pasaron años. Lo que la movió no fue la comodidad, sino una noticia sencilla pero poderosa:

“Oyó que Jehová había visitado a su pueblo y le había dado pan” (Rut 1:6).

El regreso a Dios casi nunca comienza con una gran manifestación espiritual, sino con una revelación humilde: reconocer que fuera de Él no hay vida plena.

Muchos hogares no necesitan una nueva estrategia, sino una nueva dirección.

B. La promesa relacionada con la herencia espiritual

Aquí surge una verdad profundamente liberadora, aunque también desafiante: Puedes abandonar tu herencia espiritual, pero no puedes perderla definitivamente.

Elimelec dejó su herencia, pero no la destruyó. La tierra prometida seguía allí, aunque descuidada. Las cercas estaban caídas, los campos llenos de maleza y la casa probablemente deteriorada. Sin embargo, la herencia no había desaparecido.

Esto desmantela dos mentiras comunes:

  1. “Si fallé, ya no hay esperanza”.
  2. “Si vuelvo a Dios, todo será como antes”.

Ambas son falsas.

La restauración no borra las consecuencias, pero sí abre la puerta a la sanidad. Volver a Dios implica trabajo espiritual, arrepentimiento genuino y reconstrucción paciente.

La gracia no elimina el esfuerzo, pero lo hace posible.

Restaurar la herencia requiere confrontar el pasado

Si Elimelec hubiera regresado, habría tenido que enfrentar:

  • Campos descuidados.
  • Decisiones pasadas.
  • Daños causados por la ausencia.

Del mismo modo, cuando un hogar cristiano decide volver a Dios, debe estar dispuesto a:

  • Reconocer errores sin excusas.
  • Restaurar hábitos espirituales perdidos.
  • Reordenar prioridades.
  • Sanar heridas relacionales.

La restauración no es instantánea, pero es real y profunda cuando Dios está en el centro.

C. Rut: la evidencia de que Dios redime incluso las malas decisiones

Uno de los aspectos más extraordinarios del libro de Rut es que Dios no solo restaura, sino que redime lo que parecía irremediablemente dañado.

Rut, una mujer moabita —resultado indirecto de una mala decisión—, se convierte en el canal de restauración. Ella no solo abraza al Dios de Israel, sino que entra en la genealogía de David… y finalmente de Cristo.

Dios no aprueba la desobediencia, pero puede redimir sus consecuencias.

Esto ofrece esperanza a hogares donde:

  • Los hijos han tomado caminos equivocados.
  • Existen matrimonios marcados por errores graves.
  • Hay heridas profundas causadas por malas decisiones pasadas.

Dios no desperdicia el dolor cuando hay arrepentimiento.

D. El hogar cristiano: un campo que siempre puede volver a dar fruto

La historia de Rut nos recuerda que el hogar cristiano no es una estructura perfecta, sino un campo que requiere cuidado constante. Cuando se descuida, se llena de espinos. Cuando se abandona, se deteriora. Pero cuando se trabaja con fidelidad, vuelve a florecer.

Esto nos lleva a una verdad pastoral fundamental: La fe no se hereda automáticamente; se cultiva intencionalmente.

No basta con haber comenzado bien. Es necesario perseverar.

IV. Decisiones que construyen o destruyen generaciones enteras

Uno de los errores más comunes al leer relatos bíblicos como el de Rut es pensar que se trata solo de historias individuales. Sin embargo, la Escritura insiste en mostrarnos algo más amplio: las decisiones espirituales casi nunca afectan solo a quien las toma; repercuten en generaciones completas.

Elimelec no solo tomó una decisión personal; marcó el rumbo espiritual de su hogar. De la misma manera, cada padre y cada madre —consciente o inconscientemente— está trazando un camino que otros seguirán.

Aquí es donde la comparación bíblica entre Abraham y Lot resulta profundamente iluminadora.

Abraham y Lot: dos hombres, dos visiones, dos herencias

Abraham y Lot compartían una misma fe inicial, una misma promesa y un mismo llamado. Ambos salieron de Ur de los caldeos siguiendo la voz de Dios. Sin embargo, cuando llegó el momento de decidir dónde establecerse, sus criterios fueron distintos.

  • Abraham levantó sus tiendas en los montes, cerca de Dios.
  • Lot miró las llanuras fértiles y escogió vivir cerca de Sodoma.

Lot no se mudó a Sodoma de inmediato; se acercó gradualmente. Primero miró, luego acampó cerca, finalmente vivió dentro. Este patrón es inquietantemente similar al de Elimelec: decisiones progresivas que parecían pequeñas, pero que terminaron teniendo consecuencias devastadoras.

El problema nunca comienza con Sodoma o Moab; comienza con mirar sin discernimiento.

El precio oculto de las decisiones pragmáticas

Lot eligió lo que parecía mejor económicamente. Las llanuras eran verdes, productivas, prometedoras. Abraham, en cambio, aceptó un terreno menos atractivo, confiando en la promesa de Dios.

El resultado final fue radicalmente distinto:

  • Lot salvó su vida, pero perdió espiritualmente a su familia.
  • Abraham, a pesar de sus fallas, se convirtió en padre de naciones.

El pragmatismo sin fe siempre termina pasando factura.

En el hogar cristiano actual, esta misma lógica se repite cuando se toman decisiones basadas únicamente en:

  • Comodidad.
  • Rentabilidad.
  • Estatus.
  • Aceptación social.

Sin evaluar el impacto espiritual a largo plazo.

La falsa neutralidad espiritual del hogar

Uno de los engaños más peligrosos para el hogar cristiano es creer que existe un punto medio espiritual, una especie de neutralidad donde Dios no es rechazado, pero tampoco es central.

La historia bíblica demuestra que la fe no ocupa el centro por inercia; debe ser colocada allí deliberadamente.

Cuando Dios no gobierna el hogar:

  • Otras voces lo harán.
  • Otros valores ocuparán ese lugar.
  • Otras lealtades moldearán las decisiones.

Un hogar no queda vacío cuando Dios es desplazado; queda ocupado por algo más.

El costo silencioso que pagan los hijos

Uno de los aspectos más dolorosos del relato de Rut 1 es que los hijos no tuvieron voz en la decisión, pero sí cargaron con las consecuencias.

Mahlón y Quelión crecieron en una tierra espiritualmente hostil. Formaron familias fuera del pacto, adoptaron cosmovisiones ajenas a la fe de Israel y murieron jóvenes, sin dejar descendencia.

Esto revela una verdad que incomoda pero libera: Los hijos suelen pagar el precio de las decisiones espirituales que no tomaron.

Por eso, el liderazgo espiritual del hogar no es una opción secundaria; es una responsabilidad sagrada.

Restaurar el altar familiar: el verdadero desafío del hogar cristiano

Si algo se perdió en Moab fue el altar. No necesariamente uno físico, sino el altar del corazón, el lugar donde Dios gobierna las decisiones, las conversaciones y las prioridades.

Restaurar el hogar cristiano implica:

  • Volver a orar juntos, aunque al inicio sea incómodo.
  • Volver a abrir la Escritura, aunque revele errores.
  • Volver a congregarse, aunque haya heridas pasadas.
  • Volver a enseñar la fe con el ejemplo, no solo con palabras.

Un hogar no se transforma con discursos, sino con hábitos espirituales constantes.

La esperanza que trasciende el fracaso

El libro de Rut no termina en Rut capítulo 1. Termina con una genealogía. Y eso no es un detalle menor. Las genealogías bíblicas no solo registran nombres; proclaman continuidad, herencia y propósito.

Rut, la moabita, se convierte en bisabuela del rey David. Y David es parte de la línea mesiánica que culmina en Jesucristo.

Dios no solo restaura hogares; los reintegra a su propósito eterno.

Esto significa que ningún hogar que vuelva a Dios lo hace solo para sobrevivir; vuelve para participar nuevamente en el plan redentor de Dios.

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Conclusión sobre los peligros que amenazan el hogar cristiano

Una advertencia y una esperanza

Muchos son los llamados, y pocos los escogidos” no es una sentencia de desesperanza, sino una advertencia amorosa. Advierte contra la complacencia espiritual, pero ofrece la certeza de que todo aquel que responde con fe genuina y obediencia puede ser restaurado.

El hogar cristiano seguirá enfrentando peligros culturales, crisis externas y decisiones difíciles. La pregunta no es si vendrán las presiones, sino qué lugar ocupará Dios cuando lleguen.

Hoy, cada hogar está viviendo su propio Rut capítulo 1. Algunos están considerando ir a Moab. Otros ya están allí. Y algunos están escuchando, por primera vez en mucho tiempo, que Dios ha vuelto a dar pan en Belén.

A pesar de los peligros que amenazan el hogar cristiano, recuerda: Nunca es tarde para volver, nunca es inútil reconstruir. Nunca es imposible restaurar cuando Dios es el centro.

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