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El orgullo como la palma del coco

Cuando el orgullo sube, siempre termina cayendo

La palma de coco es uno de los árboles más altos y majestuosos del trópico. Sus frutos crecen en lo alto, tan alto que para alcanzarlos hay que escalar o esperar pacientemente a que caigan. Esta imagen sencilla encierra una gran enseñanza espiritual: el orgullo humano también sube muy alto, pero siempre termina cayendo. Basado en esto, vamos a meditar en este artículo titulado: El orgullo como la palma del coco.

(También puedes visitar la sección de Prédicas Cristianas Escritas)

El que como palma sube, como coco baja

Hay un antiguo refrán que dice: “El que como palma sube, como coco baja.” Y cuánta verdad hay en esas palabras. El orgullo eleva al hombre en su propia estima, lo hace sentirse superior, autosuficiente, sabio y fuerte. Pero esa elevación no es estable; es una ilusión que tarde o temprano se desploma.

La Biblia lo expresa con claridad:

“Antes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu.” (Proverbios 16:18)

El orgullo promete altura, pero conduce a la ruina. Eleva para luego dejar caer.

Dios mira de lejos al altivo

El salmista escribió:

“Aunque Jehová es excelso, atiende al humilde, mas al altivo mira de lejos.” (Salmo 138:6)

Dios resiste al orgulloso, no porque quiera destruirlo, sino porque no puede habitar donde reina la altivez. El corazón lleno de soberbia se vuelve un trono para el yo, y Dios no comparte Su gloria con nadie.

Cuando el orgullo se apodera de una persona, su visión se distorsiona: empieza a ver a los demás desde arriba, creyendo que tiene más valor o más mérito. Sin darse cuenta, se aísla, pierde la empatía, y su corazón se enfría. Pero el Señor, en Su amor, permite a veces que esa “palma” caiga, no para humillar, sino para enseñar que solo la humildad nos sostiene en pie.

El orgullo que aleja, la humildad que acerca

Hay un tipo de “orgullo” sano: el que se siente al ver frutos del esfuerzo, al reconocer el valor de lo que Dios ha hecho en nosotros. Pero el orgullo destructivo es aquel que olvida quién nos dio la fuerza, el talento y la oportunidad.

Ese orgullo aleja a las personas y, lo más grave, nos aleja de Dios. El humilde, en cambio, siempre reconoce que todo lo que tiene y todo lo que es, viene de la gracia divina. Por eso, mientras más alto llega, más se inclina ante el Señor.

Jesús mismo lo enseñó con Su ejemplo. Aunque era el Hijo de Dios, se humilló hasta lavar los pies de Sus discípulos, mostrándonos que la verdadera grandeza no está en ser servido, sino en servir. (Juan 13:14–15)

Nada nos llevaremos

Así como el coco cae inevitablemente al suelo, el hombre altivo también enfrentará su caída. Puede subir alto en su carrera, en sus logros, en su fama, pero la vida terrenal tiene un final. Y cuando ese momento llega, ni los títulos, ni la riqueza, ni el reconocimiento podrán salvar su alma.

Jesús dijo:

“¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma?” (Marcos 8:36)

Al final solo quedarán los recuerdos que dejemos en los corazones de otros, y la huella que hayamos marcado en el Reino de Dios. Lo único que tendrá valor eterno será la fe, el amor y la obediencia que mostramos mientras caminamos sobre esta tierra.

Entre más alto subas, más humildemente camina

Cada día es una oportunidad para revisar nuestro corazón. ¿Estamos subiendo como la palma, impulsados por el ego, o creciendo en humildad bajo la gracia de Dios? La verdadera grandeza está en mantenerse pequeño delante del Señor, reconociendo que todo lo que tenemos proviene de Él.

Por eso, cuando sientas que el orgullo quiere apoderarse de ti, contrarréstalo sirviendo. Lava los pies de alguien simbólicamente: ayuda, perdona, comparte, escucha, ora por los demás. Cada acto de servicio es un golpe al orgullo y una semilla de humildad que florece ante los ojos de Dios.

La humildad que Dios honra

Dios no desprecia a quien se humilla. Jesús dijo:

“El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.” (Lucas 14:11)

La humildad no te quita valor; te coloca en el lugar donde Dios puede bendecirte. La soberbia, en cambio, te roba la bendición y te hace depender de tus propias fuerzas.

Por eso, si has caído como el coco, no te quedes en el suelo. Dios usa las caídas para despertar nuestro corazón. Levántate, pide perdón, vuelve a poner tu mirada en el Señor, y aprende que la palma más firme no es la que más alto crece, sino la que tiene raíces más profundas en la humildad.

Conclusión: El orgullo como la palma de coco

Humíllate bajo la poderosa mano de Dios

El orgullo es un enemigo silencioso, pero la humildad es una victoria segura. La próxima vez que mires una palma de coco, recuerda: entre más alto te eleves, más cerca debes estar de la tierra. Mantén tus raíces en Cristo, porque Él es la fuente de toda gloria y toda exaltación verdadera.

“Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo.” (1 Pedro 5:6)

Que nuestra oración sea: “Señor, enséñame a subir sin perder la humildad, a servir sin buscar reconocimiento, y a recordar siempre que todo lo que soy es por tu gracia.”

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