El Misterio Sobrenatural: ¿Por qué los Cristianos Hablan en Lenguas?
El hablar en lenguas ha sido, durante siglos, un tema de profunda discusión dentro del cristianismo. Para algunos es un fenómeno extraño; para otros, una experiencia emocionante; y, para quienes lo han vivido, una evidencia transformadora del poder de Dios. Pero ¿Qué dice realmente la Biblia? ¿Por qué los creyentes del Nuevo Testamento —sin excepción en los relatos narrativos— hablaron en lenguas cuando fueron llenos del Espíritu Santo? ¿Y por qué esta señal continúa siendo fundamental para millones hoy?
Este artículo explora, desde la Escritura, por qué hablar en lenguas es la señal inicial y universal del bautismo del Espíritu Santo. También aclara por qué esto no es lo mismo que el don de lenguas de 1 Corintios 12, el cual opera únicamente después de haber recibido el Espíritu.
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1. El día que todo comenzó: el derramamiento del Espíritu en Pentecostés
La primera evidencia: todos hablaron en lenguas
El primer registro del bautismo del Espíritu Santo está en Hechos 2. Allí, alrededor de 120 creyentes esperaban la promesa de Jesús. Y cuando finalmente llegó el momento, Lucas registra:
“Y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen” (Hechos 2:4).
Aquí encontramos varias verdades fundamentales:
- No algunos, sino todos los presentes hablaron en lenguas.
- La capacidad de hablar no provenía de emociones o aprendizaje, sino del Espíritu Santo.
- La expresión audible fue inmediata y visible para quienes los oyeron.
Esto derriba la idea moderna de que las lenguas son sólo para algunos. En la primera ocasión donde el Espíritu Santo fue derramado, absolutamente todos hablaron en lenguas.
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2. ¿Hablaron lenguas para predicar el evangelio?
Muchos han enseñado que los discípulos hablaron en lenguas sólo para evangelizar a extranjeros presentes en Jerusalén. Sin embargo, el texto bíblico jamás dice eso. De hecho, aclara algo muy diferente.
Lo que realmente ocurrió
Cuando la multitud los escuchó, lo que reconocieron fue:
“Los oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios” (Hechos 2:11).
No estaban predicando el evangelio sistemáticamente. No estaban dando el plan de salvación. Estaban exaltando las maravillas de Dios, algo muy distinto a predicar. Además, si realmente habían entendido el mensaje de salvación, su reacción habría sido de arrepentimiento inmediato. Sin embargo, su reacción fue desconcierto:
- “¿Qué quiere decir esto?” (v. 12)
- “Están llenos de mosto” (v. 13)
Claramente, no habían recibido un sermón evangelístico. Por eso, Pedro tuvo que levantarse y predicarles un mensaje completo para llevarlos al arrepentimiento (v. 14-36). La explicación más simple es la correcta: hablar en lenguas fue la señal del Espíritu Santo, no un método evangelístico.
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3. El Espíritu Santo en casa de Cornelio: una repetición perfecta
La segunda evidencia: los gentiles también hablaron en lenguas
El episodio de Cornelio en Hechos 10 es uno de los más decisivos para entender el patrón bíblico sobre la recepción del Espíritu Santo. Lo sorprendente del relato es que, mientras Pedro aún predicaba, el Espíritu Santo cayó sobre todos los que escuchaban (10:44). Pero ¿Cómo supieron Pedro y los circuncisos que realmente lo habían recibido? Lucas responde con claridad:
“Porque les oían que hablaban en lenguas y magnificaban a Dios” (Hechos 10:46).
La evidencia fue auditiva y visible. No fue un sentimiento interno, tampoco una impresión subjetiva. Fueron lenguas.
Hay dos observaciones cruciales:
3.1. El hablar en lenguas fue la prueba decisiva para Pedro
Pedro quedó totalmente convencido de que Dios había llenado a los gentiles con su Espíritu porque los escuchó hablar en lenguas, exactamente igual que los discípulos en Pentecostés. En su defensa ante los hermanos en Jerusalén, Pedro afirma:
“El Espíritu Santo cayó sobre ellos como sobre nosotros al principio” (Hechos 11:15).
En otras palabras, Cornelio vivió un Pentecostés personal. Si Pentecostés estableció el modelo de cómo se recibe el Espíritu Santo, entonces Hechos 10 demuestra que ese modelo se aplica también a los gentiles, sin excepción, sin variaciones y sin una “versión alternativa”.
3.2. Lucas menciona sólo dos evidencias
- Hablar en lenguas.
- Magnificar a Dios.
No aparece ninguna otra manifestación adicional. No hubo sacudidas físicas, no hubo profecía, no hubo “fruto inmediato”, ni experiencias interiores que no puedan verificarse.
La única señal que convenció a los apóstoles fue el hablar en lenguas, cumpliendo el patrón que Dios mismo estableció desde el inicio.
4. Los discípulos de Éfeso: mismos resultados, misma evidencia
En Hechos 19, Pablo se encuentra con doce discípulos en Éfeso. Aunque parecían ser creyentes sinceros, Pablo detectó que algo faltaba. Su primera pregunta fue directa:
“¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis?” (v. 2).
Después de aclarar su entendimiento, bautizarlos correctamente y orar por ellos, ocurre lo esperado:
“El Espíritu Santo vino sobre ellos, y hablaban en lenguas y profetizaban” (v. 6).
Aquí aparecen dos manifestaciones, pero la narrativa sigue el mismo patrón:
4.1. Hablaron en lenguas
Lucas mantiene la consistencia. En Pentecostés hablaron en lenguas. En casa de Cornelio hablaron en lenguas. Y en Éfeso hablaron en lenguas.
La profecía fue un añadido, pero no fue la evidencia universal. Es la única vez que aparece junto con lenguas en estos contextos. Lo que sí aparece en todos los casos es las lenguas.
4.2. Hubo una manifestación audible y visible
Pablo no tuvo que adivinar si habían recibido el Espíritu. Pudo ver y oír algo sobrenatural que confirmaba la presencia del Espíritu Santo. De nuevo, no fue una sensación interior, ni un proceso emocional; fue una evidencia objetiva.
El patrón se vuelve innegable: Cada vez que alguien recibe el Espíritu Santo en Hechos, hay una evidencia externa. Y esa evidencia es hablar en lenguas.
5. El caso de los samaritanos: la señal que Simón pudo ver
Hechos 8 aporta un caso fascinante. Aunque el texto no menciona explícitamente “lenguas”, sí ofrece argumentos contundentes que encajan perfectamente con el patrón de los otros relatos.
5.1. Los samaritanos creyeron… pero todavía no habían recibido el Espíritu Santo
Lucas subraya tres cosas:
- Creyeron al evangelio predicado por Felipe (v. 12).
- Fueron bautizados en agua (v. 12).
- Pero no habían recibido el Espíritu Santo todavía (v. 16).
Esto destruye dos ideas populares:
- Que uno recibe el Espíritu automáticamente al creer.
- Que uno recibe el Espíritu durante el bautismo en agua.
Ambas experiencias ya estaban presentes, pero todavía carecían del Espíritu Santo.
5.2. Pedro y Juan sabían exactamente quiénes lo habían recibido y quiénes no
Si recibir el Espíritu no produjera ninguna señal externa, ¿cómo habrían sabido que ninguno lo había recibido todavía?
Los apóstoles esperaban una manifestación específica, algo que pudieran ver o escuchar. No estaban buscando emociones internas, sino un fenómeno claro y evidente.
5.3. Simón vio algo sobrenatural
Este es el detalle clave:
“Simón vio que por la imposición de las manos de los apóstoles se daba el Espíritu Santo…” (v. 18).
Simón ya había presenciado milagros sorprendentes realizados por Felipe (vv. 6, 13). Sin embargo, lo que vio ahora fue tan impactante que estuvo dispuesto a pagar dinero por obtener ese poder. ¿Qué podría causarle ese nivel de asombro? Debe haber sido un fenómeno visible y audible.
¿Cuál es la manifestación visible y audible asociada a recibir el Espíritu Santo en todos los demás casos en Hechos? Hablar en lenguas.
La conclusión lógica, basada en la consistencia del libro, es que los samaritanos también hablaron en lenguas, aunque Lucas no lo mencione explícitamente.
6. El caso de Pablo: evidencia en sus propias palabras
La experiencia de Pablo constituye una pieza importante dentro del patrón bíblico de la recepción del Espíritu Santo. Aunque el relato de su conversión en Hechos 9 no incluye explícitamente que hablara en lenguas en el momento en que Ananías oró por él, sí especifica algo fundamental: Pablo fue “lleno del Espíritu Santo” (Hechos 9:17). Esta afirmación lo coloca en la misma categoría experiencial que todos los demás creyentes que recibieron el Espíritu en el libro de los Hechos, donde la llenura se acompaña consistentemente de una manifestación externa verificable.
La evidencia complementaria aparece en sus propias palabras, cuando años más tarde escribe a los corintios: “Doy gracias a Dios que hablo en lenguas más que todos vosotros” (1 Corintios 14:18). Este testimonio personal revela que Pablo no solamente había hablado en lenguas, sino que lo hacía con frecuencia. El hecho de que él mismo agradezca a Dios por esta experiencia indica que no la consideraba un fenómeno accesorio o secundario, sino una parte integral de su vida espiritual.
Dado que en Hechos no encontramos ninguna excepción al patrón de manifestaciones visibles cuando alguien recibe el Espíritu Santo, lo más coherente es concluir que Pablo también habló en lenguas en el momento de su llenura, aun cuando Lucas no lo mencione explícitamente.
Su propio testimonio confirma que esta evidencia estuvo presente en su vida, y su experiencia encaja perfectamente con el modelo que Dios estableció desde Pentecostés. Pablo no tuvo un proceso distinto, ni un “camino alternativo”; su encuentro con el Espíritu Santo siguió la misma norma apostólica que se repite a lo largo de toda la narrativa bíblica.
7. Resumen del patrón bíblico en Hechos
Cuando se ponen lado a lado todos los relatos del libro de los Hechos donde grupos o individuos reciben el Espíritu Santo, emerge una línea teológica sorprendentemente coherente. No se trata de un fenómeno aislado, ni de un suceso extraordinario reservado únicamente para tres o cuatro momentos específicos, sino de un patrón que Lucas registra con intencionalidad y claridad.
De los cinco relatos principales, cuatro mencionan de manera explícita que las personas hablaron en lenguas al recibir el Espíritu: los 120 en Pentecostés, los creyentes en casa de Cornelio, los discípulos en Éfeso y —por evidencia testimonial— el apóstol Pablo.
7.1 Los Samaritanos en Hechos 8
El único relato que no menciona lenguas directamente es el de los samaritanos en Hechos 8. Sin embargo, Lucas señala que algo visible y extraordinario ocurrió cuando Pedro y Juan impusieron las manos sobre ellos, al punto que Simón, quien ya era testigo de milagros, quedó tan asombrado que quiso comprar ese poder.
Lo anterior, implica necesariamente un fenómeno observable, y en el marco del libro de los Hechos, la única manifestación visible-audible asociada a la recepción del Espíritu es el hablar en lenguas. Por lo tanto, este pasaje no rompe el patrón; lo confirma de forma indirecta.
A esto se suma el hecho de que el primer derramamiento del Espíritu, el que establece el modelo para todos los demás, involucró a unas 120 personas que hablaron en lenguas sin excepción. No hubo diversidad de señales ni experiencias alternativas. Si el Espíritu quiso mostrar cuál sería la evidencia inicial del bautismo, lo hizo de la manera más contundente: todos hablaron en lenguas.
En este contexto, la conclusión natural y bíblica es que el hablar en lenguas no fue un fenómeno emocional, secundario o opcional, sino la señal inicial que acompañaba el bautismo del Espíritu Santo. Fue la evidencia que permitió a los apóstoles discernir quién había recibido el Espíritu y quién aún no. El patrón fue uniforme, repetitivo y doctrinalmente intencional.
8. Bautismo del Espíritu Santo, recibir el Espíritu y el don del Espíritu: una sola experiencia
La confusión moderna alrededor de términos como “bautismo del Espíritu Santo”, “recibir el Espíritu” y “don del Espíritu” suele generar la idea de que se trata de experiencias distintas. Sin embargo, cuando examinamos las Escrituras sin filtros teológicos posteriores, descubrimos que estas expresiones se usan para describir la misma realidad espiritual: el momento en que una persona nace de nuevo mediante la obra del Espíritu Santo.
En Hechos, recibir el Espíritu, ser bautizado con el Espíritu y ser lleno del Espíritu son expresiones intercambiables que describen la entrada del creyente a la vida espiritual. No representan etapas separadas ni niveles progresivos de espiritualidad, sino la transformación inicial que Dios opera en quienes creen y obedecen el evangelio. Los apóstoles no manejaron estas frases como conceptos aislados, sino como diferentes formas de referirse al mismo acontecimiento.
Señal inicial del Espíritu Santo y los dones del Espíritu Santo
Lo que sí distingue la Biblia es la diferencia entre la señal inicial del Espíritu Santo y los dones del Espíritu. La señal inicial es el hablar en lenguas cuando una persona recibe por primera vez el Espíritu. Es la evidencia que se repite en el libro de los Hechos y que permite reconocer objetivamente que alguien ha sido bautizado con el Espíritu.
En cambio, los dones espirituales, incluyendo el don de lenguas, son manifestaciones específicas otorgadas por el Espíritu para edificación de la iglesia (1 Corintios 12). Estos dones se manifiestan en creyentes que ya han recibido el Espíritu Santo, y no constituyen una señal de conversión ni una experiencia inicial del nuevo nacimiento.
Por lo tanto, una persona puede hablar en lenguas como señal inicial al recibir el Espíritu, pero esto no significa necesariamente que posea el don de lenguas para uso congregacional. A su vez, alguien que ejerce el don de lenguas no podría hacerlo sin antes haber recibido el Espíritu Santo, pues ningún don opera en un corazón donde el Espíritu aún no ha sido impartido.
La Biblia presenta una experiencia espiritual unificada y coherente: el Espíritu viene, llena y bautiza al creyente en el momento del nuevo nacimiento, y esa experiencia se manifiesta inicialmente mediante lenguas. Posteriormente, ese mismo Espíritu distribuye dones para la edificación de su pueblo, los cuales cumplen propósitos diferentes a la señal inicial.
9. “Nacer del Espíritu”: Las palabras de Jesús en Juan 3:8
Las palabras de Jesús a Nicodemo representan uno de los pasajes más profundos acerca del nuevo nacimiento y ofrecen una clave interpretativa que prepara el terreno para lo que luego sucedería en Hechos. Jesús declara:
“El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido, mas ni sabes de dónde viene ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu” (Juan 3:8).
La frase final es contundente: “Así es todo aquel que es nacido del Espíritu”. No se trata de una experiencia para algunos, ni de manifestaciones variadas según la persona o el contexto, sino de una característica universal en todo verdadero nacimiento espiritual.
Jesús establece un paralelismo entre el viento (pneuma) y el Espíritu (pneuma), un juego de palabras que sus oyentes podían comprender. El viento es invisible, pero su presencia se confirma por un sonido identificable. Aunque no puedas ver de dónde viene, puedes reconocer su impacto cuando pasa. Jesús afirma que de la misma manera opera el Espíritu en el nuevo nacimiento: su obra interna es invisible, pero produce un efecto audible que permite identificar que algo real y sobrenatural ha ocurrido.
Esto implica que el nuevo nacimiento no es únicamente una experiencia subjetiva, emocional o silenciosa. Jesús fue claro: así como el viento genera un sonido que todos pueden oír, así es todo aquel que nace del Espíritu.
A la luz de lo que ocurre en Hechos 2, donde el primer grupo en nacer del Espíritu habló en otras lenguas según el Espíritu les daba que hablasen, la conexión se vuelve evidente. El sonido característico del nuevo nacimiento anunciado por Jesús encuentra su cumplimiento perfecto en Pentecostés. Cuando llegó el Espíritu, el “sonido” no fue una emoción, ni un susurro interno, sino un idioma sobrenatural producido por el Espíritu mismo.
Jesús no estaba hablando de una sensación, sino de una manifestación perceptible. Y en la narrativa bíblica, esa manifestación audible es precisamente el hablar en lenguas.
10. Las lenguas de fuego en Pentecostés: un mensaje visual
Antes de que los 120 comenzaran a hablar en otras lenguas en Pentecostés, ocurrió un acontecimiento visual sorprendente que muchas veces se pasa por alto: “Se les aparecieron lenguas como de fuego, repartidas sobre cada uno de ellos” (Hechos 2:3).
La descripción no habla de una llama común, sino específicamente de lenguas de fuego. Este detalle es esencial porque establece un vínculo directo entre el símbolo visible y la manifestación audible que ocurriría segundos después.
¿Por qué una lengua? Porque Dios mismo estaba anunciando, de manera visual, cuál sería la señal audible del nuevo nacimiento espiritual. Así como el Espíritu descendió en forma de paloma para señalar públicamente que Jesús era el Ungido (Juan 1:33), ahora desciende en forma de lenguas para señalar de antemano lo que produciría en quienes estaban siendo llenos.
El simbolismo es extraordinariamente coherente:
— Una lengua desciende sobre cada persona.
— Una lengua sobrenatural sale de su boca al ser llenos del Espíritu.
De esta manera, Dios usó un signo visible para preparar a los discípulos y para dejar claro a las generaciones futuras cuál sería la evidencia del derramamiento del Espíritu. No se trataba de una emoción interna, ni de un milagro silencioso, ni de una iluminación intelectual; la señal sería audible y estaría directamente relacionada con la facultad del habla.
Las lenguas de fuego fueron, por lo tanto, un mensaje previo: una revelación visual que anunciaba el tipo de manifestación que caracterizaría la llegada del Espíritu Santo. Las lenguas visibles señalaron las lenguas audibles.
11. ¿Por qué hablar en lenguas?
11.1 Porque es la señal que Dios escogió
Muchas veces la pregunta no es si hablar en lenguas es bíblico —porque lo es ampliamente—, sino por qué Dios decidió usar precisamente esta manifestación como evidencia del nuevo nacimiento espiritual. La respuesta se encuentra en una verdad fundamental: es la señal que Dios escogió, y cuando Él escoge una señal, lo hace con propósito.
El hablar en lenguas no tiene origen cultural, emocional ni denominacional. No surgió con el movimiento pentecostal moderno ni pertenece a una corriente teológica particular. Le pertenece a Dios, fue practicado por la iglesia apostólica, y está profundamente arraigado en la experiencia del Espíritu Santo desde Pentecostés.
Cuando una persona es llena del Espíritu, Dios toca y transforma precisamente la parte más difícil de dominar del ser humano: la lengua. Santiago afirma que ningún hombre puede domarla (Santiago 3:8), lo que hace aún más significativo que el Espíritu Santo la tome y produzca un lenguaje que la persona no conoce. Esto demuestra un control divino total y una intervención sobrenatural directa en la vida del creyente.
Hablar en lenguas es un acto de glorificación a Dios inspirado por el Espíritu. No proviene de la mente humana, sino del impulso del Espíritu que capacita al creyente para expresarse más allá de sus posibilidades naturales. Es una marca divina que no puede ser fabricada artificialmente ni imitada de manera genuina por medios humanos.
Por eso, hablar en lenguas es la señal inicial del bautismo del Espíritu: porque demuestra claramente que el Espíritu ha llegado, ha tomado control y ha producido una manifestación audible que confirma el nuevo nacimiento espiritual. Es la evidencia que Dios mismo estableció desde el principio, la que Jesús anticipó en Juan 3:8 y la que se manifestó repetidamente en el libro de los Hechos.
12. ¿Debemos buscar hablar en lenguas?
Una de las preguntas más comunes entre quienes estudian este tema es si deben buscar el hablar en lenguas. La Biblia demuestra que la meta del creyente nunca es perseguir la señal en sí misma, sino buscar al Espíritu Santo, desear su llenura y vivir en obediencia a Dios. Las lenguas no son un fin espiritual; son una consecuencia del encuentro con el Espíritu.
Un predicador de antaño expresó esta idea con una comparación sencilla pero profundamente acertada: “Cuando compras zapatos, las lenguas vienen incluidas. No compras lenguas; compras zapatos.”
El punto es claro. Así como las lenguas del calzado son parte natural del zapato y no algo que se busca por separado, de igual manera el hablar en lenguas es parte natural del bautismo del Espíritu Santo. No se persigue la señal; se recibe como confirmación del encuentro con Dios. La señal viene “incluida” en la experiencia de ser lleno del Espíritu.
Por eso, la Biblia no llama a los creyentes a esforzarse por producir lenguas, imitarlas o desearlas como meta. El llamado es otro:
“Sed llenos del Espíritu” (Efesios 5:18).
“Recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo” (Hechos 1:8).
“El que tenga sed, venga a mí y beba” (Juan 7:37).
Cuando la persona se rinde, busca a Dios con sinceridad, obedece al evangelio y abre su corazón, el Espíritu Santo hace su obra perfecta y confirma su llegada de la manera que ha establecido desde Pentecostés. La señal sigue siendo suya, no nuestra. Es Dios quien la produce, no el creyente. Por eso, nuestra tarea no es producirla, sino recibirla.
El enfoque correcto es este: No buscamos la señal; buscamos al Dador. Y el Dador confirma Su obra con la señal.
Conclusión: ¿Por qué los cristianos hablan en lenguas?
Al recorrer el libro de los Hechos, las palabras de Jesús y el testimonio de la iglesia apostólica, se levanta un patrón extraordinariamente consistente: hablar en lenguas es la señal inicial que acompaña a todos los que reciben el Espíritu Santo. No aparece como un don restringido, ni como un fenómeno aislado, ni como una experiencia opcional. Es la evidencia tangible que Dios escogió para marcar el nuevo nacimiento espiritual.
En Pentecostés, todos hablaron en lenguas. En casa de Cornelio, hablaron en lenguas. Y en Éfeso, hablaron en lenguas. Pablo mismo testificó que hablaba en lenguas. Y aun en Samaria, algo tan poderoso ocurrió que solo encaja con este mismo patrón.
Hablar en lenguas no es un adorno, no es una tradición y no es un invento moderno. Es un mensaje divino, una marca celestial y una manifestación sobrenatural que señala que alguien ha sido:
— bautizado en el Espíritu,
— nacido del Espíritu,
— sellado por el Espíritu,
— y ungido por el Espíritu.
Tal como Jesús lo anticipó con autoridad y claridad: “Así es todo aquel que es nacido del Espíritu.”
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