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Construyendo muros espirituales: sermón sobre Nehemías 2:17-18

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Construyendo muros espirituales es una manera de expresar la necesidad de fortalecer nuestra vida con Dios mediante la oración, la Palabra, la obediencia y una fe perseverante. Nehemías encontró los muros de Jerusalén derribados, pero no se conformó con contemplar las ruinas; llamó al pueblo a levantarse y trabajar: “Venid, y edifiquemos el muro de Jerusalén, y no estemos más en oprobio” (Nehemías 2:17).

La Biblia habla en este pasaje de muros físicos y de la reconstrucción real de Jerusalén. Por eso no debemos convertir los “muros espirituales” en una doctrina acerca de barreras invisibles que construimos mediante determinadas prácticas. La imagen sirve como aplicación para reflexionar en las áreas de nuestra vida que necesitan orden, cuidado, límites y fortalecimiento delante de Dios.

Nehemías 2:18 registra la respuesta del pueblo: “Levantémonos y edifiquemos. Así esforzaron sus manos para bien”. Ese es también el llamado de este mensaje: examinar nuestra condición espiritual y decidir que, con la ayuda de Dios, no dejaremos abandonadas las áreas que necesitan ser fortalecidas.

Este sermón pertenece a nuestra sección de Sermones cristianos para predicar, donde reunimos mensajes desarrollados para enseñar, exhortar y edificar a la iglesia.

Nehemías no ignoró los muros derribados

Antes de comenzar la reconstrucción, Nehemías recibió una noticia dolorosa. Hanani le informó que los sobrevivientes estaban “en gran mal y afrenta” y que el muro de Jerusalén permanecía derribado, mientras sus puertas habían sido quemadas (Nehemías 1:3).

La reacción de Nehemías es significativa. No disimuló la situación ni fingió que todo estaba bien. Se sentó, lloró, hizo duelo, ayunó y oró delante de Dios (Nehemías 1:4).

El fortalecimiento espiritual también comienza con reconocer sinceramente nuestra condición. Hay momentos en que necesitamos identificar descuidos, hábitos, relaciones, decisiones o actitudes que están debilitando nuestro caminar con Dios.

Podemos acostumbrarnos tanto a determinadas debilidades que terminemos considerándolas normales. Nehemías nos enseña que antes de reconstruir debemos estar dispuestos a mirar las ruinas sin excusas, pero también sin desesperación.

Reconocer una debilidad no significa rendirse ante ella; puede ser el comienzo de su restauración.

Antes de construir, Nehemías oró

Una de las características más notables del libro de Nehemías es su dependencia de Dios. Cuando recibió las noticias de Jerusalén, oró. Cuando habló con el rey, volvió su corazón al Señor. Y cuando apareció la oposición, el pueblo oró y actuó.

Nehemías no utilizó la oración para evitar su responsabilidad. Tampoco confió exclusivamente en su capacidad de organización. Oró y después actuó conforme a la oportunidad que Dios puso delante de él.

Esta combinación es necesaria en la vida cristiana.

Podemos cometer dos errores opuestos: intentar resolverlo todo mediante nuestra propia fuerza o hablar mucho de oración sin tomar las decisiones que sabemos que debemos tomar.

Hay situaciones en las que oramos pidiendo fortaleza y Dios nos llama también a abandonar una práctica. Oramos por nuestra familia y necesitamos al mismo tiempo pedir perdón, escuchar, enseñar y servir. Oramos por crecimiento espiritual y necesitamos abrir la Biblia, congregarnos y ordenar nuestras prioridades.

La oración expresa dependencia de Dios; la obediencia demuestra que estamos dispuestos a responder a su dirección.

Los muros nos recuerdan la importancia de los límites

En el mundo antiguo, los muros cumplían una función práctica de defensa y delimitación. Jerusalén sin muros quedaba vulnerable y expuesta.

La Escritura utiliza una imagen semejante en Proverbios 25:28:

“Como ciudad derribada y sin muro es el hombre cuyo espíritu no tiene rienda”.

El énfasis de este proverbio está en el dominio propio. Una persona incapaz de gobernar sus reacciones, deseos y decisiones queda expuesta a consecuencias que podrían haberse evitado.

Por eso una aplicación legítima de la imagen de los muros consiste en preguntarnos: ¿qué límites necesitamos respetar?

Hay conversaciones que debemos evitar, hábitos que necesitan orden, lugares de los que debemos alejarnos y decisiones que no conviene posponer. La madurez espiritual no consiste en descubrir cuánto podemos acercarnos al pecado sin caer, sino en aprender a vivir con sabiduría.

Este principio se relaciona directamente con cómo vencer la tentación, porque una parte importante de permanecer firmes consiste en reconocer nuestras áreas vulnerables y no alimentar aquello que después tendremos que combatir.

Construimos una vida firme cuando guardamos la Palabra

Un muro físico se construye piedra sobre piedra. De manera semejante, una vida espiritual sólida no se forma en un solo momento emocional, sino mediante una relación constante con la verdad de Dios.

El salmista declaró: “En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti” (Salmo 119:11). También afirmó: “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Salmo 119:105).

La Palabra nos muestra qué debe permanecer y qué debe cambiar. Corrige nuestras ideas, confronta nuestras motivaciones y nos enseña a discernir entre lo que simplemente deseamos y lo que Dios quiere.

No basta con escuchar sermones ocasionalmente. La Escritura debe ocupar un lugar real en nuestra vida cotidiana.

Puedes profundizar en esta verdad en Lámpara es a mis pies tu palabra, donde se desarrolla cómo la Palabra de Dios orienta nuestras decisiones y nuestro caminar.

Una vida sin fundamento bíblico puede parecer fuerte por un tiempo, pero tendrá dificultades para permanecer cuando lleguen presiones, engaños y tentaciones.

Construir también significa quitar lo que debilita

Cuando se reconstruye una estructura, no basta con añadir materiales nuevos. También hay que retirar aquello que impide trabajar correctamente.

Esto tiene una aplicación importante. A veces queremos agregar más actividades espirituales sin enfrentar aquello que está deteriorando nuestro interior. Queremos orar más sin reconciliarnos con alguien, leer más mientras seguimos justificando una conducta o servir más mientras descuidamos nuestra familia.

Dios no solamente quiere añadir cosas a nuestra vida; también quiere corregir lo que no corresponde a su voluntad.

Pablo enseñó a despojarnos del viejo hombre y vestirnos del nuevo (Efesios 4:22-24). La vida cristiana incluye crecimiento, pero también renuncia.

Por eso construir espiritualmente requiere preguntarnos no solamente “¿qué debo comenzar?”, sino también “¿qué debo dejar?”

La familia también necesita atención espiritual

Nehemías 3 muestra a diferentes personas y familias participando en la obra de reconstrucción. Algunos trabajaban en secciones cercanas a sus propias casas. El proyecto era colectivo, pero cada uno debía asumir responsabilidad.

Nuestra vida con Dios tampoco puede separarse completamente de lo que ocurre en casa.

La espiritualidad que solamente aparece durante un servicio religioso es insuficiente. Nuestra fe debe verse en la manera en que hablamos con el cónyuge, enseñamos a los hijos, respondemos durante un conflicto y administramos nuestras responsabilidades.

Esto no significa que una familia cristiana nunca tendrá problemas. Significa que la Palabra de Dios debe gobernar también nuestras relaciones más cercanas.

Los padres tienen la responsabilidad de enseñar, corregir y modelar una vida de fe. Los esposos deben tratarse con amor y honor. Los hijos deben aprender obediencia y respeto. Y todos necesitamos aprender a perdonar.

Un muro puede tener muchas secciones, pero una abertura descuidada puede debilitar el conjunto. De la misma manera, no debemos cultivar una imagen espiritual pública mientras dejamos abandonada nuestra vida familiar.

Nadie construye completamente solo

Una de las imágenes más hermosas de Nehemías es la cooperación del pueblo. Sacerdotes, familias, gobernantes, artesanos y otros trabajadores participaron en diferentes secciones del muro.

Eso nos recuerda que Dios no diseñó la vida cristiana para el aislamiento.

La iglesia primitiva perseveraba “en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones” (Hechos 2:42). Hebreos 10:24-25 también nos llama a estimularnos al amor y a las buenas obras y a no abandonar nuestra congregación.

Necesitamos hermanos que oren con nosotros, nos animen, nos corrijan y nos recuerden la verdad cuando estamos débiles.

La independencia extrema puede parecer fortaleza, pero muchas veces termina exponiendo áreas que habrían sido atendidas dentro de una comunión sana.

Una vida espiritual fuerte se desarrolla personalmente delante de Dios, pero también dentro del cuerpo de Cristo.

Construir requiere perseverar cuando aparece oposición

La reconstrucción de Jerusalén no fue recibida con aplausos por todos. Sanbalat, Tobías y otros se burlaron, amenazaron y procuraron detener la obra.

Nehemías 4:9 ofrece una respuesta equilibrada:

“Entonces oramos a nuestro Dios, y por causa de ellos pusimos guarda contra ellos de día y de noche”.

Otra vez encontramos oración y responsabilidad.

El pueblo no abandonó su confianza en Dios, pero tampoco actuó como si la fe significara ignorar el peligro.

Nuestra vida espiritual también enfrentará oposición. Habrá cansancio, distracciones, tentaciones, críticas y temporadas en las que avanzar parezca más difícil.

En esos momentos no debemos interpretar automáticamente la resistencia como señal de que estamos haciendo algo equivocado. A veces la fidelidad precisamente requiere continuar.

Nehemías mantuvo el propósito delante del pueblo. Había oposición, pero también había una obra que terminar.

No todas las prácticas espirituales son fórmulas

El artículo anterior hablaba de oración, Palabra, ayuno, discipulado, familia, comunidad, adoración, servicio y evangelismo como “ladrillos” de un muro espiritual. La imagen puede ser útil, pero debemos evitar convertir esas prácticas en una fórmula automática.

Orar mucho no nos hace invulnerables. Ayunar no obliga a Dios a concedernos determinadas victorias. Servir en la iglesia no sustituye la obediencia personal. Y evangelizar no compensa áreas de pecado que nos negamos a entregar.

Estas disciplinas son valiosas porque nos ayudan a buscar a Dios, obedecer su Palabra y vivir fielmente delante de Él, no porque funcionen como mecanismos espirituales independientes.

El ayuno, por ejemplo, expresa humillación y búsqueda de Dios. La adoración reconoce quién es Él. El servicio pone nuestros dones al beneficio de otros. Y el evangelismo nos hace participar en la misión que Cristo dio a su iglesia.

El centro no son las prácticas mismas. El centro es nuestra relación de obediencia y dependencia de Jesucristo.

Una vida fortalecida también sirve a otros

Nehemías no reconstruyó el muro exclusivamente para sentirse realizado personalmente. La obra tenía que ver con Jerusalén, el pueblo y el testimonio de una comunidad entera.

De igual manera, nuestro crecimiento espiritual no termina en nosotros mismos.

Dios fortalece nuestra vida para que podamos amar mejor, servir con fidelidad, sostener a otros, enseñar la verdad y anunciar el evangelio. Efesios 2:10 enseña que fuimos creados en Cristo Jesús para buenas obras que Dios preparó para que anduviéramos en ellas.

Una fe que solamente pregunta “¿qué puedo recibir?” permanece incompleta. El crecimiento nos lleva a preguntarnos también “¿cómo puedo servir?”

Nuestra oración, conocimiento bíblico y madurez deberían producir una vida más útil en las manos de Dios.

¿Qué parte del muro necesita atención?

Tal vez la oración se ha debilitado. Quizás conocemos mucho de la Biblia, pero nuestra obediencia no está creciendo. Puede ser que cuidemos nuestra vida pública mientras descuidamos la familia, o que participemos en la iglesia pero permitamos hábitos que están debilitando nuestro carácter.

No todas las personas necesitan trabajar primero en la misma área.

La pregunta de este sermón no es simplemente: “¿Tengo un muro espiritual?”. La pregunta es: ¿qué parte de mi vida necesita ser fortalecida delante de Dios?

Nehemías inspeccionó la condición real de Jerusalén antes de movilizar al pueblo. Nosotros también necesitamos examinarnos con sinceridad a la luz de la Palabra.

Cuando Dios señala un área, no debemos responder con vergüenza paralizante ni con excusas. Podemos responder como aquellos hombres:

“Levantémonos y edifiquemos”.

¿Y si los muros ya se han derribado?

Hay una diferencia entre fortalecer una vida que necesita crecer y restaurar aquello que ya ha sufrido un deterioro profundo.

Si tu situación se parece más a una etapa de quebranto, alejamiento o necesidad de volver a levantar lo que se perdió, puedes leer también Restaurando los muros caídos, un mensaje centrado específicamente en la restauración.

Dios puede trabajar tanto en quien necesita fortalecerse como en quien necesita comenzar nuevamente después de una caída.

Las ruinas no fueron el último capítulo de Jerusalén, y tampoco tienen por qué convertirse en el final de una vida que vuelve sinceramente al Señor.

Llamado final: levantémonos y edifiquemos

Nehemías no podía cambiar lo ocurrido anteriormente, pero sí podía responder a la necesidad que tenía delante.

También nosotros podemos pasar demasiado tiempo lamentando lo que no hicimos, las oportunidades perdidas o las áreas que descuidamos. El arrepentimiento verdadero mira el pasado con sinceridad, pero no se queda inmóvil allí.

Hoy podemos comenzar a obedecer.

Si necesitas recuperar la oración, comienza a buscar a Dios. Si has descuidado la Palabra, vuelve a ella. Si hay una conducta que debes abandonar, no sigas negociando. Si necesitas reconciliarte con alguien, da pasos bíblicos. Si te has aislado, vuelve a la comunión de la iglesia.

Construir exige decisiones concretas.

No tenemos que levantar todo en un solo día. Pero sí podemos decidir que no continuaremos viviendo indiferentes ante las áreas que Dios está señalando.

Conclusión: construyendo muros espirituales con la ayuda de Dios

Construyendo muros espirituales no significa levantar defensas místicas alrededor de nuestra vida, sino aplicar la imagen de Nehemías a una verdad práctica: nuestra relación con Dios necesita atención, obediencia, límites, perseverancia y crecimiento constante.

Nehemías oró, examinó la situación, organizó al pueblo y perseveró frente a la oposición. Cincuenta y dos días después, el muro fue terminado (Nehemías 6:15). Aquello fue una obra histórica concreta en Jerusalén, pero su ejemplo todavía puede llamarnos a dejar la pasividad y asumir con seriedad nuestro crecimiento espiritual.

Si estás preparando un mensaje para una reunión general de la iglesia, este tema permite enseñar sobre oración, Palabra, familia, disciplina y perseverancia. En Sermones para predicar los domingos encontrarás otros mensajes desarrollados para diferentes necesidades de la congregación.

También puedes continuar en nuestra biblioteca de sermones escritos listos para predicar, donde reunimos predicaciones, bosquejos y colecciones para apoyar la preparación ministerial.

Que nuestra respuesta delante de Dios sea la misma de Nehemías 2:18: “Levantémonos y edifiquemos”. No para confiar en nuestra propia capacidad, sino para obedecer al Señor y cuidar responsablemente la vida que Él nos ha llamado a vivir.

Rigoberto Gómez López

Rigoberto Gómez López es editor y webmaster de Estudios Pentecostales. Ha servido como líder, maestro de escuela bíblica, pastor y maestro de instituto bíblico en el ámbito pentecostal apostólico. Es bautizado en el nombre de Jesucristo desde enero de 2001 y escribe recursos bíblicos, sermones y estudios cristianos para edificación de la iglesia.

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