El evangelio es la buena noticia de lo que Dios ha hecho para salvar al ser humano por medio de Jesucristo. No es simplemente un código moral, una filosofía religiosa ni un conjunto de consejos para mejorar la vida. Es el anuncio de una obra realizada por Dios: Jesucristo murió por nuestros pecados, fue sepultado y resucitó, abriendo para nosotros el camino de la salvación y de una vida nueva.
Pablo resume el núcleo de este mensaje en 1 Corintios 15:3-4 cuando recuerda que Cristo murió por nuestros pecados conforme a las Escrituras, fue sepultado y resucitó al tercer día conforme a las Escrituras. Estos acontecimientos están en el corazón del evangelio apostólico.
Por eso, comprender qué es el evangelio implica responder varias preguntas: ¿por qué necesitamos salvación?, ¿quién es Jesucristo?, ¿qué consiguió mediante su muerte y resurrección?, ¿cómo respondemos a esas buenas nuevas? y ¿qué produce el evangelio en una persona que lo recibe?
¿Qué significa la palabra evangelio?
La palabra traducida como “evangelio” procede del griego euangelion y comunica la idea de buena noticia, buenas nuevas o un anuncio favorable. En el Nuevo Testamento no designa principalmente un consejo acerca de lo que el ser humano debe conseguir, sino un mensaje acerca de lo que Dios ha hecho.
Marcos 1:14-15 dice que Jesús vino proclamando el evangelio del reino de Dios y llamando a las personas a arrepentirse y creer. El evangelio anuncia que Dios ha actuado decisivamente en la historia y que su reino ha irrumpido mediante Jesucristo.
Después de la muerte y resurrección del Señor, los apóstoles anunciaron el cumplimiento de esa obra con mayor claridad: Jesús había muerto por los pecados, había resucitado y debía ser proclamado a todas las naciones.
La Biblia y el evangelio no son exactamente la misma expresión
Toda la Escritura es Palabra de Dios y da testimonio de su plan redentor. La Ley revela la santidad divina y la realidad del pecado; los profetas anunciaron las promesas de Dios; los Salmos expresan esperanza en su salvación; los Evangelios narran la vida y obra de Jesús; y Hechos y las epístolas muestran cómo la iglesia proclamó y vivió las buenas nuevas.
Sin embargo, el evangelio tiene un contenido específico dentro de esa revelación: las buenas nuevas de la salvación realizada por Dios en Jesucristo.
Jesús explicó que las Escrituras daban testimonio de Él (Juan 5:39), y después de resucitar mostró a sus discípulos cómo Moisés, los profetas y los Salmos señalaban hacia el cumplimiento del plan de Dios (Lucas 24:44-47).
Toda la Biblia conduce a comprender mejor el evangelio, pero el evangelio es concretamente el anuncio de la obra salvadora cumplida en Cristo.
¿Por qué el evangelio es una buena noticia?
Para comprender por qué el evangelio es una noticia tan buena, primero debemos reconocer la condición humana.
Romanos 3:23 declara:
“Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”.
El problema del pecado es universal. No depende de comparar nuestra conducta con la de otras personas para decidir si somos suficientemente buenos. El estándar es la santidad de Dios, y todos hemos pecado.
Romanos 6:23 presenta la consecuencia:
“Porque la paga del pecado es muerte”.
La explicación de la paga del pecado es muerte muestra que el pecado no es una debilidad inofensiva. Produce esclavitud, corrupción y condenación, y conduce finalmente a la muerte.
Pero Romanos 6:23 no termina allí:
“Mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro”.
Esa segunda mitad es precisamente buena noticia.
No podemos salvarnos a nosotros mismos
El ser humano puede modificar ciertos comportamientos, aprender disciplina, reparar algunos daños y realizar obras admirables. Pero ninguna cantidad de buenas acciones puede borrar por mérito propio la culpa del pecado delante de Dios.
La salvación no comienza con el hombre intentando subir hasta Dios.
Comienza con Dios actuando para salvar al hombre.
Efesios 2:8-9 enseña que somos salvos por gracia mediante la fe y que la salvación es don de Dios. Por eso el evangelio humilla nuestro orgullo y, al mismo tiempo, ofrece esperanza: no tenemos que producir nuestra propia salvación porque Dios ha provisto al Salvador.
Jesucristo es el centro del evangelio
El cristianismo no anuncia simplemente una serie de principios espirituales. Anuncia a Jesucristo.
Pablo dice en Romanos 1:1-3 que había sido apartado para:
“el evangelio de Dios”
y añade inmediatamente que era:
“acerca de su Hijo”.
El evangelio tiene contenido doctrinal, pero su centro es una persona.
Dios se manifestó en carne para salvar
Primera de Timoteo 3:16 declara:
“Dios fue manifestado en carne”.
Segunda de Corintios 5:19 afirma:
“Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo”.
La verdad de que Dios fue manifestado en carne muestra la profundidad de la buena noticia. El Dios que creó al ser humano no permaneció distante de nuestra condición; se reveló en Jesucristo y realizó la obra necesaria para reconciliarnos consigo.
Jesús fue verdaderamente hombre, padeció, derramó su sangre y murió. Pero en Él estaba obrando el único Dios para efectuar la redención.
Por eso el evangelio no puede separarse de quién es Jesucristo.
Cristo murió por nuestros pecados
Pablo declara en 1 Corintios 15:3:
“Cristo murió por nuestros pecados”.
La expresión “por nuestros pecados” explica por qué la muerte de Jesús pertenece al centro del evangelio.
Jesús no murió simplemente porque sus enemigos consiguieron ejecutarlo. Él entregó voluntariamente su vida.
Primera de Pedro 2:24 dice que:
“llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero”.
La cruz muestra la gravedad del pecado y, al mismo tiempo, la grandeza del amor de Dios. Nuestro pecado era suficientemente serio para requerir redención, pero la gracia de Dios fue suficientemente grande para proveerla.
La cruz estaba dentro del plan de Dios
Primera de Corintios 15 no dice solamente que Cristo murió.
Dice:
“conforme a las Escrituras”.
La muerte del Mesías no tomó a Dios por sorpresa. Formaba parte del propósito redentor anunciado anteriormente.
Isaías 53 presenta al Siervo sufriente llevando las iniquidades de muchos. Los sacrificios del Antiguo Testamento también preparaban el lenguaje de expiación, sangre y sustitución que encuentra su cumplimiento perfecto en Jesucristo.
Hebreos explica que los sacrificios repetidos no podían perfeccionar definitivamente al pecador, mientras Cristo ofreció un sacrificio eficaz y suficiente.
Por eso la cruz no es una tragedia que posteriormente Dios consiguió transformar en algo bueno. Forma parte del plan mediante el cual Dios realizó nuestra redención.
Cristo fue sepultado
Pablo incluye también la sepultura:
“y que fue sepultado” (1 Corintios 15:4).
La sepultura confirma la realidad de la muerte de Jesús. Cristo no pareció morir ni experimentó simplemente un desmayo. Su muerte fue real.
Además, la secuencia muerte, sepultura y resurrección adquiere una aplicación especial en Romanos 6, donde Pablo relaciona nuestra unión con Cristo con el bautismo y la vida nueva.
El evangelio no anuncia una espiritualidad desconectada de acontecimientos reales. Está arraigado en lo que sucedió con Jesucristo.
Jesucristo resucitó al tercer día
El evangelio no termina en la cruz.
Pablo continúa:
“y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras”.
Si Jesús hubiera permanecido muerto, no habría evangelio cristiano tal como lo proclamaron los apóstoles.
Primera de Corintios 15:17 afirma:
“Y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados”.
La resurrección proclama que Jesús vive, que la muerte ha sido vencida y que la esperanza cristiana no termina en la tumba.
Los versículos siguientes de 1 Corintios 15 mencionan las apariciones del Cristo resucitado a Cefas, los doce, numerosos hermanos y finalmente Pablo. La predicación apostólica estaba fundada en la convicción de que Jesús realmente había resucitado.
La resurrección sostiene nuestra esperanza futura
Cristo no resucitó únicamente para demostrar poder.
Su resurrección es también garantía de la resurrección futura de quienes pertenecen a Él.
Primera de Corintios 15:20 llama a Cristo:
“primicias de los que durmieron”.
La vida eterna no significa solamente que nuestra existencia continuará de alguna manera después de la muerte. La esperanza cristiana incluye la victoria definitiva sobre la muerte y la resurrección de los santos.
El evangelio anuncia un Salvador crucificado y resucitado.
El evangelio que predicó Jesús y el evangelio que predicaron los apóstoles
Jesús anunció:
“El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio” (Marcos 1:15).
Después de la resurrección, los apóstoles predicaron a Jesucristo crucificado y resucitado.
No son dos evangelios diferentes.
Jesús anunció la llegada del reino y la obra salvadora que alcanzaría su cumplimiento mediante su muerte y resurrección. Después de que esos acontecimientos ocurrieron, los apóstoles proclamaron abiertamente aquello que Dios había realizado.
Pedro predicó en Pentecostés que Jesús había sido crucificado y resucitado. Pablo proclamó el mismo centro en 1 Corintios 15.
El evangelio bíblico tiene continuidad: Dios cumple en Jesucristo su propósito de salvar y reinar.
El evangelio es poder de Dios para salvación
Romanos 1:16 declara:
“Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree”.
El poder no pertenece a la capacidad retórica del predicador ni a una técnica de persuasión.
Pertenece a Dios.
Por eso el evangelio es poder de Dios para salvación. Dios obra mediante el mensaje de Jesucristo para confrontar al pecador, llamar a la fe, conceder perdón y producir una vida nueva.
La iglesia puede aprender a comunicar mejor, utilizar diferentes medios y preparar cuidadosamente sus mensajes. Pero ninguna estrategia puede sustituir la realidad que anunciamos: Jesucristo murió y resucitó para salvar.
¿Cómo debemos responder al evangelio?
Las buenas nuevas anuncian lo que Dios ha hecho, pero también llaman a una respuesta.
Jesús dijo:
“Arrepentíos, y creed en el evangelio” (Marcos 1:15).
La respuesta bíblica no consiste en comprar el favor de Dios mediante obras. Procede de una fe que confía en su gracia y responde a su Palabra.
El evangelio llama a creer
Romanos 1:16 dice que el evangelio es poder de Dios para salvación:
“a todo aquel que cree”.
Creer significa confiar en Jesucristo y en la obra que realizó. No se limita a admitir intelectualmente que ciertos acontecimientos históricos ocurrieron.
Romanos habla de “la obediencia a la fe” tanto al comienzo como al final de la carta (Romanos 1:5; 16:26).
La fe bíblica confía y responde.
El evangelio llama al arrepentimiento
Cuando reconocemos nuestra condición delante de Dios, no continuamos defendiendo aquello de lo cual necesitamos ser salvados.
Pedro predicó:
“Arrepentíos y convertíos” (Hechos 3:19).
El llamado arrepentíos y convertíos expresa un cambio real de dirección: abandonar la resistencia contra Dios y volvernos hacia Él.
El arrepentimiento no compra la gracia. Es la respuesta del corazón que reconoce el pecado y se rinde al Señor.
El evangelio conduce al bautismo en el nombre de Jesucristo
Cuando las personas que escucharon a Pedro en Pentecostés preguntaron:
“¿Qué haremos?”,
Pedro respondió en Hechos 2:38:
“Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados”.
El bautismo no es una obra mediante la cual el pecador consigue suficientes méritos para ser salvo. Es una respuesta de fe y obediencia al evangelio.
Romanos 6 relaciona el bautismo con la muerte, sepultura y nueva vida en Cristo. Por eso no resulta extraño que quienes recibían la predicación apostólica fueran bautizados en el nombre de Jesucristo.
Dios promete el don del Espíritu Santo
Hechos 2:38 continúa:
“y recibiréis el don del Espíritu Santo”.
El evangelio no ofrece solamente perdón del pasado. Dios da su Espíritu para producir vida nueva.
Jesús había enseñado la necesidad de nacer de agua y del Espíritu (Juan 3:5). En Hechos vemos al Espíritu Santo derramado sobre los creyentes, y las lenguas aparecen como señal de su recepción en Pentecostés, en la casa de Cornelio y entre los discípulos de Éfeso.
La respuesta apostólica al evangelio reúne, por tanto, fe, arrepentimiento, bautismo en el nombre de Jesucristo y recepción del Espíritu Santo, todo dentro de la gracia salvadora de Dios.
El evangelio no se reduce a repetir una frase
Romanos 10:9 habla de confesar con la boca que Jesús es el Señor y creer en el corazón que Dios lo levantó de los muertos.
Esa confesión es bíblica y necesaria, pero no funciona como una fórmula verbal independiente del corazón que cree y de la vida que responde a Dios.
Jesús mismo advirtió que no todo aquel que dice “Señor, Señor” vive verdaderamente bajo su autoridad.
Por eso confesar con la boca que Jesús es el Señor significa reconocer quién es Cristo y rendirnos a su señorío. La boca expresa la fe del corazón, y la fe viva produce obediencia.
El evangelio tampoco se reduce a una emoción pasajera durante un culto. Dios busca una respuesta verdadera que dé comienzo a una vida bajo el señorío de Jesucristo.
Lo que el evangelio produce en quien lo recibe
El evangelio anuncia perdón, pero sus efectos no terminan allí.
Romanos 5 habla de reconciliación con Dios. Romanos 6 habla de una vida nueva y de libertad frente al señorío del pecado. Romanos 8 describe la vida en el Espíritu y dirige la mirada hacia la futura redención del cuerpo.
La gracia cambia nuestra relación con Dios y comienza también a transformar nuestra manera de vivir.
Perdón y reconciliación
El pecado nos coloca en una relación incorrecta con Dios. Mediante Jesucristo podemos recibir perdón y ser reconciliados con Él.
Segunda de Corintios 5:19 declara:
“Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo”.
El evangelio no anuncia simplemente que Dios decidió ignorar el pecado. Anuncia que Él actuó en Cristo para hacer posible nuestra reconciliación.
Una vida nueva
Segunda de Corintios 5:17 declara:
“Si alguno está en Cristo, nueva criatura es”.
El evangelio no solamente cambia nuestra expectativa después de la muerte. Comienza a cambiar nuestra vida ahora.
Los afectos cambian.
Las prioridades son reordenadas.
Aprendemos a abandonar el pecado.
Crecemos en santidad.
Amamos a Dios y a su pueblo.
Desarrollamos deseo de compartir con otros la gracia recibida.
Estos cambios no compran la salvación. Son fruto de la obra de Dios en quienes han recibido el evangelio.
Esperanza más allá de la muerte
La resurrección de Jesucristo ofrece esperanza incluso frente a nuestro enemigo final.
Primera de Pedro 1:3 habla de:
“una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos”.
El creyente puede enfrentar la muerte sabiendo que Cristo resucitó y que también levantará a los suyos.
Por eso el evangelio verdaderamente es buena noticia para la vida presente y para la eternidad.
Lo que el evangelio no es
El evangelio no es simplemente un mensaje de superación personal. Jesucristo no murió solamente para ayudarnos a desarrollar autoestima, alcanzar metas o vivir con mayor comodidad.
Tampoco es una promesa de que todo creyente tendrá riqueza, salud constante y ausencia de sufrimiento. Los propios apóstoles padecieron persecución, enfermedad, necesidades y oposición mientras proclamaban las buenas nuevas.
El evangelio tampoco es solamente moralidad. Una persona puede mejorar ciertas costumbres y continuar sin reconciliarse con Dios.
Ni consiste en acumular ceremonias religiosas. Los actos de obediencia tienen sentido cuando responden a la obra de Dios y a la fe en Jesucristo; sin Él, la religión externa no puede salvar.
Pablo advirtió en Gálatas 1 acerca del peligro de recibir “otro evangelio”. El mensaje cristiano no puede conservar el nombre de evangelio mientras Jesucristo, su cruz, su resurrección y el llamado a responderle han sido desplazados del centro.
Evangelio y evangelismo: el mensaje debe ser anunciado
Romanos 10:14 pregunta:
“¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?”
El evangelio es el mensaje.
Evangelizar es anunciarlo.
El evangelismo y las misiones nacen de la convicción de que Jesucristo es el único Salvador y que todas las personas necesitan escuchar las buenas nuevas.
No todos los creyentes predicarán desde un púlpito, pero todos pueden vivir de manera que su fe sea visible, hablar de lo que Dios ha hecho y estar preparados para explicar la esperanza que tienen.
Una auténtica vida cristiana no guarda para sí la gracia recibida. La misericordia de Dios produce gratitud y también preocupación por quienes todavía no conocen a Jesucristo.
Quienes preparan bosquejos evangelísticos para predicar necesitan mantener ese centro: mostrar la condición del ser humano, anunciar la obra salvadora de Cristo y llamar a una respuesta bíblica de fe.
¿Cuál es la diferencia entre el evangelio y los Evangelios?
La palabra evangelio, en singular, se refiere al mensaje de las buenas nuevas.
Cuando hablamos de los Evangelios, con referencia a Mateo, Marcos, Lucas y Juan, hablamos de los cuatro libros del Nuevo Testamento que narran la vida, enseñanzas, muerte y resurrección de Jesucristo.
Los cuatro Evangelios anuncian y documentan al Cristo que está en el centro del evangelio.
Esta distinción ayuda a comprender expresiones que pueden sonar semejantes. Leer “el Evangelio según Marcos” significa leer uno de los cuatro relatos canónicos acerca de Jesús; predicar “el evangelio” significa anunciar las buenas nuevas acerca de su obra salvadora.
Conclusión: ¿qué es el evangelio?
El evangelio es la buena noticia de la salvación que Dios ha realizado por medio de Jesucristo.
Cristo murió por nuestros pecados conforme a las Escrituras, fue sepultado y resucitó al tercer día.
La cruz anuncia que el pecado es serio y que Dios actuó para redimirnos. La resurrección proclama que Jesucristo vive y que la muerte no tiene la última palabra.
El evangelio anuncia gracia al culpable, reconciliación con Dios, vida nueva y esperanza de resurrección.
También exige una respuesta. Jesús llamó a arrepentirse y creer. Los apóstoles predicaron arrepentimiento, bautismo en el nombre de Jesucristo y la promesa del Espíritu Santo.
Nadie puede comprar esta salvación mediante méritos personales.
Es obra de Dios.
Es gracia.
Está centrada en Jesucristo.
Y debe ser anunciada.
Por eso las palabras de Pablo siguen teniendo toda su fuerza:
“No me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree” (Romanos 1:16).
Eso es el evangelio: Jesucristo murió por nuestros pecados, resucitó y ofrece salvación y vida nueva a quienes responden con fe a las buenas nuevas.