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El paralítico de Betesda: Cuando la misericordia vence la tradición

El paralítico de Betesda: Predicación escrita y reflexión basada en Juan 5:1–18

El relato del paralítico de Betesda, narrado en Juan 5:1–18, es una de las escenas más confrontativas y reveladoras del ministerio de Jesucristo. No solo presenta un milagro de sanidad física, sino que expone con claridad la gracia soberana de Jesús, la miseria humana prolongada por años y el choque frontal entre la misericordia divina y el legalismo religioso.

En este pasaje encontramos a un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo, atrapado entre la esperanza frustrada y la resignación. Su vida transcurría en un lugar llamado “Casa de misericordia”, pero paradójicamente, la misericordia parecía no llegar nunca para él… hasta que Jesús apareció.

Este episodio no es casual ni anecdótico. Juan lo selecciona cuidadosamente para enseñarnos quién es Jesús, cómo actúa frente al sufrimiento humano y qué significa creer verdaderamente en Él. El milagro en Betesda nos invita a reflexionar sobre la fe, la compasión, la obediencia y la peligrosa tendencia humana de confiar más en sistemas religiosos que en la voz viva de Dios.

A lo largo de este estudio bíblico y predicación escrita, meditaremos en el significado espiritual de Betesda, la condición del paralítico, la intervención soberana de Cristo y la reacción hostil de un sistema religioso más preocupado por la ley que por la restauración del hombre.

Jesús declaró en ese contexto: “Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo” (Juan 5:17).
Estas palabras no solo justifican el milagro realizado en día de reposo, sino que revelan una verdad profunda: Dios nunca ha dejado de obrar en favor del ser humano, aun cuando la religión intenta ponerle límites.

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I. Introducción: un milagro elegido con propósito

A) Juan y la selección de los milagros de Jesús

El evangelio de Juan no es una biografía exhaustiva del ministerio de Cristo. El mismo autor reconoce que muchas otras cosas hizo Jesús que no fueron escritas (Juan 20:30–31). Por tanto, cada señal registrada tiene un propósito teológico claro: revelar la identidad de Jesús y provocar fe en el lector.

Juan asume que sus lectores ya conocen los evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas), por lo que selecciona milagros específicos que profundizan en la naturaleza de Cristo como Hijo de Dios, Señor soberano y dador de vida. La sanidad del paralítico de Betesda es uno de esos milagros clave, no solo por el acto de poder, sino por el conflicto doctrinal que desencadena.

Aquí no se trata únicamente de un hombre sanado, sino de una revelación directa del carácter de Jesús, de su autoridad sobre el sábado y de su igualdad funcional con el Padre en la obra redentora.

B) De Samaria y Galilea a Jerusalén: el escenario del conflicto (Juan 5:1)

“Después de estas cosas había una fiesta de los judíos, y subió Jesús a Jerusalén” (Juan 5:1).

Luego de su ministerio en Samaria y Galilea —donde Juan solo destaca la sanidad del hijo del oficial real—, Jesús sube nuevamente a Jerusalén. Aunque el evangelista no especifica cuál fiesta era, el contexto sugiere una celebración importante del calendario judío, posiblemente la Pascua.

Este detalle no es menor. Jesús se mueve intencionalmente en el marco de las fiestas judías, cumpliendo la ley, participando del culto y mostrando respeto por las ordenanzas establecidas. Sin embargo, será precisamente en ese contexto religioso donde Él manifestará una obra que romperá los esquemas tradicionales.

Lo que estaba a punto de suceder en Jerusalén no sería solo un milagro, sino un acontecimiento que marcaría un antes y un después en la confrontación entre Jesús y las autoridades religiosas.

C) Jesús y su ejemplo de participación en la adoración colectiva

El hecho de que Jesús subiera a Jerusalén para la fiesta revela su compromiso con la adoración congregacional. Él no despreciaba las convocaciones solemnes, ni se aislaba bajo una espiritualidad individualista. Esto deja una enseñanza clara para la iglesia actual.

Así como Jesús participaba de las actividades espirituales del pueblo, los creyentes hoy no deben menospreciar las reuniones, congresos, cultos y convocatorias, ya sean locales, distritales o nacionales. Cristo mismo dijo:

“Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis” (Juan 13:15).

Sin embargo, Betesda nos enseñará que estar en un ambiente religioso no garantiza transformación, y que se puede asistir por años a un lugar sagrado sin experimentar verdadera sanidad.

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II. El estanque de Betesda: simbolismo, historia y realidad espiritual

A) El significado bíblico de Betesda: “Casa de misericordia”

Betesda es mencionada únicamente una vez en el Nuevo Testamento, en Juan 5:2. El nombre proviene del arameo Bet-jasda, cuyo significado más aceptado es “Casa de misericordia”. Otras variantes textuales incluyen Betzata, Betsaida o Bethzatha, reflejando diferencias en los manuscritos antiguos.

Resulta profundamente irónico que un lugar llamado “Casa de misericordia” estuviera lleno de enfermos, desamparados y desesperanzados, muchos de los cuales pasaban allí años sin recibir sanidad alguna. Esto nos muestra que el nombre de un lugar o sistema no garantiza que la misericordia de Dios esté realmente fluyendo en él.

El historiador judío Flavio Josefo no menciona Betesda en su descripción de Jerusalén del siglo I, pero los descubrimientos arqueológicos modernos confirman su existencia y estructura, respaldando la precisión histórica del relato bíblico.

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B) Descripción del estanque según el testimonio bíblico (Juan 5:2)

Juan describe la escena con detalles propios de un testigo ocular, pensando en lectores que probablemente nunca habían estado en Jerusalén:

“Hay en Jerusalén, cerca de la puerta de las ovejas, un estanque, llamado en hebreo Betesda, el cual tiene cinco pórticos”.

La Puerta de las Ovejas era el acceso por donde entraban los animales destinados al sacrificio en el templo. Cerca de allí se encontraba el estanque, lo que añade una fuerte carga simbólica: muy cerca del lugar donde se ofrecían sacrificios, había multitudes esperando sanidad.

Los cinco pórticos eran columnatas cubiertas que ofrecían sombra y refugio. Bajo ellos se acomodaban enfermos de todo tipo: ciegos, cojos y paralíticos. Era un espacio de espera, de dolor compartido y de esperanza aplazada.

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C) Confirmación arqueológica del estanque de Betesda

En el siglo XIX, bajo las ruinas de una iglesia bizantina, se descubrió el estanque de Betesda. La arqueología reveló una estructura impresionante: una piscina trapezoidal de entre 50 y 60 metros de ancho y unos 96 metros de largo, dividida en dos secciones por un muro central.

El estanque del sur funcionaba como mikvé, un baño ritual para la purificación, similar al estanque de Siloé. El del norte servía como depósito para renovar el agua. Este sistema permitía una circulación constante, lo que posiblemente dio origen a la creencia de que el agua “se agitaba”.

Este trasfondo histórico nos ayuda a comprender por qué Betesda era visto como un lugar de sanidad, comparable, en la mentalidad popular, a los templos dedicados al dios pagano Esculapio, donde también se buscaban curaciones milagrosas.

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D) Betesda como símbolo de esperanza frustrada

Para muchos, Betesda representaba la última oportunidad. Allí se reunían los que habían agotado otras alternativas. Sin embargo, el sistema favorecía solo a uno: el más rápido, el más fuerte, el que tenía ayuda.

El paralítico de Juan 5 no tenía ninguna de esas ventajas. Su condición lo había condenado a observar cómo otros eran sanados mientras él permanecía inmóvil. Estaba en la Casa de misericordia, pero vivía sin misericordia.

Es precisamente en ese contexto donde Jesús aparece, no para agitar el agua, sino para romper el sistema y manifestar una misericordia superior.

III. Jesús y el paralítico de Betesda: el encuentro que rompe la resignación

La escena que Juan describe en Betesda es profundamente conmovedora. Entre la multitud de enfermos que yacían bajo los pórticos, Jesús fija su atención en un solo hombre. No es el más fuerte, no es el más visible, ni el que más clama. Es alguien marcado por el paso del tiempo, por la derrota acumulada y por una esperanza que ha aprendido a sobrevivir sin expectativa.

Este encuentro nos enseña que la gracia de Dios no responde a multitudes anónimas, sino que se manifiesta de manera personal. Jesús no sana al azar; Él ve, conoce y actúa conforme a un propósito eterno.

A) Treinta y ocho años de enfermedad: cuando el tiempo se vuelve carga

Juan enfatiza un dato que no es casual:

“Y había allí un hombre que hacía treinta y ocho años que estaba enfermo” (Juan 5:5).

Treinta y ocho años no son solo una cifra; representan una vida entera condicionada por la limitación. Es probable que este hombre hubiera pasado la mayor parte de su existencia adulta en ese estado. A lo largo de casi cuatro décadas había visto a otros llegar después que él y marcharse sanos, mientras su condición permanecía igual.

Este detalle también tiene un eco simbólico en la historia de Israel. El pueblo vagó treinta y ocho años en el desierto desde Cades-barnea hasta cruzar el Jordán, como consecuencia de su incredulidad (Deuteronomio 2:14). Así como Israel quedó estancado por falta de fe, este hombre permanecía detenido, esperando algo que nunca llegaba.

El paralítico representa a muchos creyentes que llevan años en una misma condición espiritual, acostumbrados a la derrota, al estancamiento y a la pasividad, aun estando cerca de la presencia de Dios.

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B) Jesús lo vio y supo: la mirada que penetra la historia humana

El texto dice:

“Cuando Jesús lo vio acostado, y supo que llevaba ya mucho tiempo así…” (Juan 5:6).

Jesús no solo ve la condición externa del hombre; conoce su historia, su pasado, su desgaste emocional y su frustración silenciosa. Esta expresión revela la omnisciencia de Cristo, pero también su profunda compasión.

Antes de que el paralítico dijera una palabra, Jesús ya sabía cuánto tiempo llevaba así. Esto nos recuerda que el Señor conoce nuestras luchas prolongadas, aquellas oraciones que parecen no haber sido respondidas y esos procesos que se han alargado más de lo esperado.

Nada de lo que vivimos pasa desapercibido para Él.

C) La pregunta que confronta el corazón: “¿Quieres ser sano?”

“¿Quieres ser sano?” (Juan 5:6).

A simple vista, esta pregunta parece innecesaria. ¿Cómo alguien enfermo durante tantos años no querría ser sano? Sin embargo, Jesús no hace preguntas por ignorancia, sino para revelar lo que hay en el corazón.

Esta pregunta confronta varios aspectos profundos:

  • La voluntad del hombre
  • Su nivel de fe
  • Su grado de resignación
  • Su dependencia del sistema en el que ha vivido

Después de tantos años, es posible acostumbrarse a la condición, a la dependencia, incluso a la identidad que produce la enfermedad. Jesús confronta esa zona cómoda, aunque dolorosa, donde el ser humano aprende a vivir sin esperanza real.

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D) Una respuesta sin fe: cuando la esperanza está puesta en el sistema

La respuesta del paralítico es reveladora:

“Señor, no tengo quien me meta en el estanque cuando el agua es revuelta; y mientras yo voy, otro desciende antes que yo” (Juan 5:7).

El hombre no responde directamente a la pregunta. No dice “sí” ni “no”. En lugar de expresar fe, explica su problema. Su confianza no estaba en Jesús, sino en el movimiento del agua y en la ayuda de otros.

Esta respuesta revela una fe limitada por la tradición y por la experiencia repetida del fracaso. El paralítico creía, como muchos, que la sanidad dependía de estar en el lugar correcto, en el momento correcto y con la ayuda correcta.

Cuántas veces ocurre lo mismo hoy. Personas que creen que Dios solo puede obrar bajo ciertos métodos, rituales o estructuras. Sin darse cuenta, ponen su esperanza en el medio y no en el Autor del milagro.

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E) La soberanía de Jesús: sanidad sin agua, sin ayuda y sin ritual

Jesús no discute con el hombre, no corrige su teología ni explica el error de su pensamiento. Simplemente actúa:

“Levántate, toma tu lecho y anda” (Juan 5:8).

No hubo agua agitada.
No hubo ayuda humana.
Ni hubo contacto físico.

Solo una palabra de autoridad.

Aquí se manifiesta con claridad la soberanía absoluta de Cristo. Él no depende de métodos, lugares ni tradiciones. Jesús demuestra que la fuente de la sanidad no está en Betesda, sino en Él mismo.

Este milagro rompe con la idea de que Dios está limitado a ciertos escenarios. Cristo sana donde quiere, cuando quiere y a quien quiere.

F) Obediencia que precede a la plenitud

El texto dice:

“Y al instante aquel hombre fue sanado, y tomó su lecho y anduvo” (Juan 5:9).

El paralítico obedeció una orden que, humanamente, parecía imposible. No recibió primero una explicación, ni una sensación previa de fuerza. Obedeció la palabra, y al hacerlo, experimentó el milagro.

Esto nos enseña que muchas veces la sanidad y la restauración se manifiestan en el acto de obedecer, no antes. Dios no siempre quita primero la debilidad para luego pedirnos que caminemos; a veces nos manda a caminar para manifestar su poder.

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G) Un milagro en día de reposo: la gracia que incomoda

Juan añade un detalle crucial:

“Y era día de reposo aquel día” (Juan 5:9).

Este milagro no solo sana a un hombre, sino que enciende una controversia. Jesús elige deliberadamente el día de reposo para sanar, sabiendo que esto provocaría la reacción de las autoridades religiosas.

Aquí comienza el conflicto entre la misericordia de Dios y el celo legalista del sistema religioso. Para los líderes judíos, el problema no fue la sanidad de un paralítico de 38 años, sino que alguien cargara su lecho en sábado.

Esto revela cuán lejos puede llegar la religión cuando pierde de vista el corazón de Dios.

H) Una palabra para la iglesia actual

Este pasaje confronta a la iglesia de hoy con una pregunta profunda: ¿Estamos más preocupados por preservar estructuras o por ver vidas restauradas?

Jesús no viola la ley moral de Dios, pero sí confronta la interpretación rígida y deshumanizada de la tradición. Él muestra que el propósito del sábado siempre fue bendecir al hombre, no oprimirlo.

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IV. El conflicto con el sistema religioso: cuando la ley pierde el corazón

El milagro que Jesús realizó en Betesda no fue recibido con gratitud por las autoridades religiosas, sino con hostilidad inmediata. Lo que para el paralítico significó el fin de treinta y ocho años de postración, para los líderes judíos representó una amenaza directa al orden que ellos habían construido alrededor de la ley.

Este contraste revela una verdad incómoda: es posible defender la ley y, al mismo tiempo, oponerse a la obra de Dios. Cuando la religión pierde su sentido redentor, termina persiguiendo aquello que debería celebrar.

A) El lecho y el sábado: una obediencia mal interpretada

Según la tradición rabínica reflejada más tarde en la Mishná, transportar un objeto en día de reposo estaba prohibido, salvo en circunstancias muy específicas. El lecho del paralítico, aun siendo una camilla ligera, era considerado una carga.

Por eso los judíos le dijeron:

“Es día de reposo; no te es lícito cargar tu lecho” (Juan 5:10).

Resulta llamativo que no le preguntaran cómo había sido sanado, ni mostraran interés por el milagro en sí. Su enfoque estaba puesto exclusivamente en la infracción normativa. Para ellos, el problema no era un hombre restaurado, sino una regla aparentemente violada.

El paralítico, sin conocer aún la identidad de su sanador, responde con sencillez:

“El que me sanó, él mismo me dijo: Toma tu lecho y anda” (Juan 5:11).

Aquí vemos una obediencia simple, sin sofisticación teológica. El hombre confía en la autoridad de quien lo sanó, aunque todavía no sabe quién es. Esto revela que la experiencia genuina con Cristo precede muchas veces al conocimiento pleno de su identidad.

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B) Ignorancia del sanado y obstinación de los líderes

Juan aclara que el hombre no sabía quién era Jesús, porque Él se había apartado de la multitud (Juan 5:13). Este detalle muestra una característica recurrente en el evangelio de Juan: Jesús evita la exaltación popular cuando esta no nace de una fe verdadera.

Mientras el paralítico actúa desde la ignorancia, los líderes actúan desde la obstinación. Ellos no buscan la verdad, sino confirmar su acusación. Este contraste deja una lección profunda: la ignorancia puede ser corregida, pero la dureza del corazón no.

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V. El encuentro en el templo: sanidad física y responsabilidad espiritual

Después del milagro y del conflicto inicial, Juan introduce una segunda escena clave:

“Después le halló Jesús en el templo, y le dijo: Mira, has sido sanado; no peques más, para que no te venga alguna cosa peor” (Juan 5:14).

Este encuentro es fundamental para comprender que Jesús no se conforma con sanar el cuerpo, sino que apunta a una restauración integral del ser humano.

A) El templo: Del estanque a la presencia de Dios

El hecho de que Jesús encuentre al hombre en el templo no es accidental. Aquel que antes yacía bajo los pórticos de Betesda, ahora está de pie en el lugar de adoración. Esto evidencia que la verdadera sanidad conduce a una vida orientada hacia Dios.

El paralítico ya no depende del agua ni del movimiento externo; ahora se encuentra en la presencia divina. El recorrido del hombre —del estanque al templo— simboliza el tránsito de una fe basada en rituales a una fe centrada en Dios.

B) “No peques más”: Gracia que también confronta

Las palabras de Jesús no deben interpretarse como una acusación simplista, sino como una advertencia amorosa. Cristo no afirma explícitamente que la enfermedad haya sido causada por un pecado específico, pero sí establece una relación clara entre la vida espiritual y las consecuencias futuras.

Jesús muestra que la sanidad no es un permiso para vivir sin responsabilidad, sino una oportunidad para caminar en obediencia. La advertencia “para que no te venga algo peor” sugiere que hay condiciones más graves que la parálisis física, como la pérdida espiritual y la separación de Dios.

Esto desafía una visión reducida del evangelio que busca solo beneficios temporales sin transformación interior.

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C) El testimonio que desencadena la persecución

Juan continúa diciendo:

“Entonces el hombre fue y dio aviso a los judíos de que Jesús era el que le había sanado” (Juan 5:15).

Este acto ha sido interpretado de diversas maneras. Algunos ven ingratitud; otros, un sentido ingenuo del deber. Lo cierto es que el hombre no actúa con malicia, pero su testimonio provoca una reacción violenta contra Jesús.

“Y por esta causa los judíos perseguían a Jesús, y procuraban matarle, porque hacía estas cosas en el día de reposo” (Juan 5:16).

Aquí comienza oficialmente la persecución sistemática contra Cristo. El milagro de Betesda no solo sanó a un hombre, sino que marcó un punto de quiebre en la relación entre Jesús y las autoridades religiosas.

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VI. “Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo”: revelación cristológica

La respuesta de Jesús a la persecución es una de las declaraciones más profundas de todo el evangelio:

“Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo” (Juan 5:17).

Con esta afirmación, Jesús no solo defiende su acción en sábado, sino que se coloca al mismo nivel de autoridad que el Padre en la obra redentora.

A) Dios no descansa de su obra salvadora

Los judíos entendían que Dios había descansado el séptimo día de la creación, pero también sabían que Dios seguía obrando: sustentando el universo, dando vida y ejerciendo justicia. Jesús toma esta verdad y la aplica a sí mismo.

Él afirma que así como el Padre sigue obrando, Él también obra, incluso en día de reposo. Esto implica que la obra de salvación y restauración nunca se detiene.

B) Igualdad funcional con el Padre

Juan aclara la gravedad de esta declaración:

“Por esto los judíos aún más procuraban matarle, porque no solo quebrantaba el día de reposo, sino que también decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios” (Juan 5:18).

Aquí se revela el núcleo cristológico del pasaje. Jesús no es un simple sanador ni un reformador religioso. Él se presenta como el Hijo que actúa en perfecta unidad con el Padre, compartiendo su autoridad y propósito.

Esta declaración no introduce una división en la Deidad, sino que muestra la manifestación plena de Dios obrando en Cristo, reconciliando al mundo consigo mismo.

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VII. Conclusión: del estanque a la palabra viva

La historia del paralítico de Betesda nos deja enseñanzas profundas y actuales. Nos muestra que la misericordia de Dios no está atada a lugares, métodos ni tradiciones, sino que fluye soberanamente a través de Jesucristo.

Aquel hombre pasó de la postración a la obediencia, del estanque al templo, de la dependencia humana a la palabra viva de Dios. Su sanidad revela que una sola palabra de Cristo puede hacer lo que años de espera no lograron.

Este relato también confronta a la iglesia con una pregunta crucial: ¿Estamos defendiendo estructuras o reflejando el corazón del Padre?

Jesús sigue diciendo hoy: “Levántate”, “anda”, “no peques más”. Su voz sigue trayendo sanidad, restauración y dirección para una vida transformada.

Que esta predicación escrita no solo informe, sino que despierte fe, renueve la esperanza y nos impulse a confiar plenamente en Aquel que sigue obrando, tal como lo hizo en Betesda.

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