«Si puedes creer, al que cree todo le es posible» (Marcos 9:23) es una de las declaraciones de Jesús más conocidas cuando hablamos de fe. También es una de las que más fácilmente pueden interpretarse fuera de su contexto. Jesús no estaba ofreciendo una fórmula para conseguir cualquier cosa que una persona desee ni enseñando que la fe convierte al creyente en dueño de los resultados. Estaba hablando con un padre desesperado que había llegado al límite de sus posibilidades y necesitaba aprender a confiar en Cristo aun mientras luchaba con la incredulidad.
Esta prédica sobre Marcos 9:23 nos lleva precisamente a ese lugar donde muchas veces nos encontramos: sabemos que Dios tiene poder, pero el dolor, la espera, una experiencia decepcionante o una situación aparentemente imposible hacen surgir preguntas dentro del corazón. Creemos, pero reconocemos que también tenemos luchas. Oramos, pero no siempre sabemos qué hará Dios. Esperamos, aunque todavía no podemos ver la respuesta.
La buena noticia de este pasaje es que Jesús no desprecia al hombre que reconoce su debilidad. El padre pudo acercarse al Señor diciendo: «Creo; ayuda mi incredulidad» (Marcos 9:24). Esa oración sigue siendo profundamente actual. La fe bíblica no consiste en aparentar una seguridad que no tenemos, sino en llevar nuestra debilidad al Dios que sí tiene todo poder.
Quienes buscan otros mensajes desarrollados para predicar pueden encontrar más recursos entre las mejores prédicas cristianas escritas. Pero antes de pasar a otro mensaje, vale la pena permanecer en Marcos 9 y escuchar lo que Jesús quiere enseñarnos acerca de creer cuando todo parece imposible.
El contexto de Marcos 9: una familia frente a una situación imposible
Para comprender correctamente la expresión «al que cree todo le es posible», debemos comenzar por la escena completa. Jesús descendía del monte de la transfiguración junto con Pedro, Jacobo y Juan. Allí los discípulos habían contemplado su gloria; abajo, en el valle, los demás discípulos se encontraban frente a una realidad muy diferente: una multitud, escribas discutiendo y un padre angustiado por la condición de su hijo.
El hombre explica que su hijo estaba atormentado por un espíritu que lo derribaba, lo hacía echar espumarajos y lo ponía en grave peligro. Había pedido a los discípulos que lo expulsaran, pero ellos no habían podido hacerlo. Por tanto, el padre llega ante Jesús después de haber experimentado un intento fallido de recibir ayuda.
Este detalle es importante. Cuando el hombre habla con Jesús, no llega desde la comodidad de una fe nunca probada. Llega después de años de sufrimiento y después de una experiencia decepcionante con los discípulos del mismo Jesús. Su frase «si puedes hacer algo» no surge en el vacío; nace del dolor acumulado y de la frustración.
Muchos creyentes conocen ese lugar. Han orado antes, han esperado antes, han pedido ayuda y todavía llevan la carga. Saben doctrinalmente que Dios tiene poder, pero las experiencias vividas comienzan a hablar con fuerza dentro de ellos. La fe entonces ya no es una idea abstracta; se convierte en una lucha del corazón.
Jesús no ignora esa lucha, pero tampoco permite que el hombre defina su poder por el fracaso de los discípulos. El hecho de que ellos no hubieran podido liberar al muchacho no significaba que Cristo fuera incapaz de hacerlo. Los límites de los hombres nunca deben convertirse en nuestra medida para evaluar el poder de Dios.
«Si puedes»: el problema no estaba en el poder de Jesús
El padre le dice al Señor:
«Pero si puedes hacer algo, ten misericordia de nosotros, y ayúdanos» (Marcos 9:22).
Estas palabras revelan una mezcla de esperanza y duda. El hombre ha venido a Jesús porque todavía espera algo, pero la experiencia previa ha debilitado su confianza. No dice simplemente «hazlo», sino «si puedes».
Entonces Jesús responde:
«Si puedes creer, al que cree todo le es posible» (Marcos 9:23).
El contraste es poderoso. El padre pregunta, en esencia: «Jesús, ¿puedes hacer algo?». Cristo dirige la conversación hacia la fe. No porque su poder dependa del entusiasmo humano, sino porque aquel hombre necesitaba dejar de medir a Jesús por aquello que había visto fracasar anteriormente.
A veces hacemos lo mismo. Oramos a Dios, pero en nuestro interior lo medimos por diagnósticos, estadísticas, recursos económicos, experiencias pasadas o por las veces que algo no sucedió como esperábamos. Sin darnos cuenta, terminamos preguntando al Todopoderoso si realmente podrá enfrentarse a nuestra circunstancia.
La fe bíblica comienza recordando quién está delante de nosotros. Dios no se vuelve más poderoso cuando creemos ni menos poderoso cuando dudamos. Él es todopoderoso independientemente de nosotros. La fe no aumenta la capacidad de Dios; nos lleva a descansar en el Dios cuya capacidad jamás disminuye.
Cuando Dios anunció a Abraham y Sara el nacimiento de Isaac, la imposibilidad humana era evidente. Sin embargo, el Señor preguntó: «¿Hay para Dios alguna cosa difícil?» (Génesis 18:14). La respuesta estaba en quién había hecho la promesa, no en la fortaleza humana de quienes la recibían.
«Creo; ayuda mi incredulidad»: una fe sincera delante de Dios
La respuesta del padre es una de las oraciones más conmovedoras de toda la Escritura:
«E inmediatamente el padre del muchacho clamó y dijo: Creo; ayuda mi incredulidad» (Marcos 9:24).
El hombre no dice: «Tengo una fe perfecta». Tampoco intenta impresionarlo con palabras religiosas. Reconoce dos realidades que parecieran contradictorias: cree y, al mismo tiempo, sabe que todavía lucha contra la incredulidad.
Aquí encontramos una enseñanza pastoral profundamente necesaria. Hay momentos en que el creyente puede confiar sinceramente en Dios y aun así sentir temor. Puede saber que el Señor es fiel y, al mismo tiempo, preguntarse cómo saldrá de una situación. Puede orar esperando ayuda y todavía sentirse débil.
La presencia de una lucha no significa necesariamente la ausencia de fe. El problema surge cuando dejamos de llevar esa lucha a Dios. Este padre hizo precisamente lo correcto: convirtió su debilidad en oración.
En lugar de fingir una confianza que no poseía, dijo: «Ayúdame». Su fe fue suficientemente real como para reconocer que necesitaba ayuda incluso para creer.
Tal vez esta sea la oración que alguien necesita hacer hoy. No una declaración grandilocuente, sino una confesión sincera: «Señor, creo en ti, pero esta situación me ha golpeado. Creo que eres fiel, pero me cuesta esperar. Sé que tienes poder, pero estoy luchando con temor. Ayuda mi incredulidad».
Jesús no rechazó esa oración. El pasaje muestra que intervino y liberó al muchacho. La esperanza del relato no está en que aquel padre consiguiera fabricar una fe perfecta, sino en que llevó una fe débil al Cristo perfecto.
Para el que cree todo es posible no significa que podamos obtener cualquier cosa
Aquí debemos detenernos, porque Marcos 9:23 se ha utilizado muchas veces como si Jesús hubiera entregado al creyente una promesa ilimitada para obtener cualquier resultado imaginable.
«Todo es posible para el que cree» no significa que cualquier deseo se convertirá en realidad si logramos creer con suficiente intensidad. Tampoco significa que podamos definir lo que Dios debe hacer y luego considerar cualquier resultado diferente como un fracaso de nuestra fe.
La fe bíblica siempre tiene un objeto: Dios mismo, su carácter, su Palabra y aquello que verdaderamente ha prometido. No creemos en nuestra capacidad de creer. Creemos en Dios.
Por esa razón, existe una enorme diferencia entre fe y presunción. La fe dice: «Dios puede hacerlo y confío plenamente en Él». La presunción dice: «Dios tiene que hacerlo exactamente de la manera que yo he decidido».
Jesús mismo nos enseñó esta diferencia en Getsemaní. Él oró: «Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lucas 22:42). Someterse a la voluntad de Dios no fue incredulidad. Fue la expresión perfecta de confianza y obediencia.
Primera de Juan 5:14 enseña también que nuestra confianza delante de Dios incluye pedir «conforme a su voluntad». Por eso una fe madura puede orar con valentía sin intentar gobernar a Dios.
Si queremos aprender a confiar correctamente en aquello que el Señor realmente ha dicho, resulta útil profundizar en las promesas de Dios en la Biblia. La fe descansa con seguridad en lo que Dios ha prometido, pero no necesita convertir cada deseo personal en una promesa divina.
La fe no es negar la realidad
El padre de Marcos 9 no negó lo que estaba ocurriendo. Describió con claridad la situación de su hijo. Habló de su sufrimiento, reconoció el fracaso de los discípulos y admitió su propia lucha para creer.
Jesús tampoco le pidió que fingiera que el problema no existía. La fe bíblica no requiere llamar inexistente a una enfermedad, negar una crisis económica, minimizar un conflicto familiar o actuar como si el dolor no doliera.
Creer significa mirar la realidad sin convertirla en nuestra autoridad suprema. El diagnóstico puede ser real, pero Dios continúa siendo Dios. La necesidad financiera puede ser real, pero nuestra vida no queda fuera de su cuidado. La crisis familiar puede ser profundamente dolorosa, pero todavía podemos obedecer, orar y buscar sabiduría.
La fe no niega lo visible; se niega a creer que lo visible es todo lo que existe.
Por eso el creyente puede llorar y confiar al mismo tiempo. Puede buscar ayuda y seguir orando. Puede reconocer una mala noticia sin entregar su esperanza. Puede decir: «No sé lo que ocurrirá, pero sé en quién he creído».
Esta forma de fe es mucho más profunda que repetir frases positivas, porque no necesita falsear la realidad para sostenerse. Descansa en la fidelidad de Dios.
La fe pone la mirada en Dios, no en el tamaño del problema
Una de las consecuencias del sufrimiento prolongado es que el problema comienza a ocupar todo nuestro campo de visión. Pensamos en él al despertar, hablamos de él durante el día y nos acostamos recordándolo. Poco a poco, nuestra circunstancia parece hacerse más grande y Dios más pequeño en nuestra percepción.
Eso probablemente había sucedido con el padre de Marcos 9. Durante años había contemplado el sufrimiento de su hijo. Cada nuevo episodio confirmaba cuánto escapaba la situación de su control. Después, cuando los discípulos tampoco pudieron ayudarlo, la imposibilidad parecía aún mayor.
Pero Jesús estaba allí.
La fe no consiste en convencerte de que tu problema es pequeño. Algunos problemas son realmente grandes. La fe consiste en recordar que ningún problema supera la autoridad de Jesucristo.
En la Biblia encontramos esta verdad una y otra vez. Sara era estéril y de edad avanzada, pero Dios podía cumplir su palabra. Israel estaba frente al mar y Faraón venía detrás, pero Dios podía abrir un camino. David era pequeño frente a Goliat, pero el resultado no dependía solamente de la fuerza humana.
El denominador común no era la grandeza de aquellas personas. Era la grandeza de Dios.
Por eso, cuando las circunstancias parezcan dominar todos nuestros pensamientos, necesitamos volver la mirada al Señor. No para ignorar el problema, sino para devolverle a Dios el lugar que corresponde en nuestra percepción.
La fe se sostiene por la Palabra de Dios
La fe no puede alimentarse indefinidamente de nuestras emociones. Hay días en que nos sentimos fuertes y otros en que estamos cansados. Si nuestra confianza depende exclusivamente de cómo nos sentimos, será tan inestable como nuestras emociones.
Romanos 10:17 declara:
«Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios».
La Palabra nos recuerda quién es Dios cuando el temor intenta definirlo por nuestras circunstancias. Nos recuerda su fidelidad cuando la espera se prolonga y nos corrige cuando nuestra expectativa no coincide con lo que Él realmente ha prometido.
Por eso fortalecer la fe no consiste simplemente en repetir «yo creo» muchas veces. Significa escuchar a Dios. Significa abrir las Escrituras, conocerlas en su contexto, recibir su verdad y responder con obediencia.
El estudio la fe viene por el oír desarrolla precisamente este principio. Cuanto más conocemos al Dios revelado en su Palabra, más fundamento tiene nuestra confianza.
Sin embargo, leer la Biblia no debe convertirse en una búsqueda desesperada de frases que garanticen exactamente aquello que queremos. La Palabra no existe para respaldar nuestras conclusiones previamente tomadas. Nosotros nos sometemos a ella.
La fe madura no pregunta solamente: «¿Qué versículo puedo utilizar para conseguir lo que deseo?». Pregunta: «¿Qué ha dicho Dios, qué me está enseñando y cómo debo responder?».
Los discípulos también necesitaban aprender acerca de la fe
Después de que Jesús liberó al muchacho, los discípulos le preguntaron en privado por qué ellos no habían podido hacerlo.
Marcos 9:29 recoge la respuesta de Jesús y dirige la atención hacia la oración. Esto nos muestra otra dimensión del relato: el problema no era solamente el padre que luchaba para creer. También los discípulos necesitaban aprender que la autoridad espiritual no puede separarse de la dependencia de Dios.
Ellos habían recibido autoridad anteriormente. Habían visto resultados. Sin embargo, una experiencia espiritual pasada no sustituye una relación presente con Dios.
Esta enseñanza es muy necesaria para quien sirve, enseña o predica. Podemos conocer métodos, haber vivido experiencias poderosas y poseer años de ministerio, pero nunca llegamos al punto en que dejamos de necesitar oración y dependencia del Señor.
La autoridad espiritual no es una capacidad autónoma que el creyente aprende a manejar. Siempre pertenece a Dios. El discípulo no opera independientemente del Señor; ministra dependiendo de Él.
Por eso, la fe y la oración están profundamente relacionadas. Quien cree busca a Dios. Quien sabe que el poder pertenece al Señor no confía únicamente en técnicas, experiencias anteriores o palabras aprendidas.
A veces nuestra mayor necesidad no es gritar más fuerte frente al problema, sino volver al lugar de oración.
La fe actúa, pero no intenta manipular a Dios
Santiago enseña que la fe sin obras está muerta. Esto significa que la confianza verdadera produce obediencia. Noé creyó y construyó el arca. Abraham creyó y salió hacia el lugar que Dios le mostraría. La fe bíblica nunca fue solamente una idea dentro de la mente.
Sin embargo, actuar por fe no significa realizar acciones temerarias para demostrar que creemos. Existe una diferencia entre obediencia y presunción.
Si Dios ha hablado claramente en su Palabra, la fe obedece. Si existe una responsabilidad que nos corresponde, la fe actúa. Si debemos perdonar, buscar reconciliación, abandonar un pecado, pedir ayuda, trabajar responsablemente o tomar una decisión conforme a principios bíblicos, no podemos utilizar «estoy esperando en Dios» como una excusa para la pasividad.
Al mismo tiempo, tampoco debemos inventar instrucciones divinas que Dios nunca dio. Lanzarnos a una decisión imprudente esperando que el Señor nos rescate no es necesariamente fe.
La fe activa hace lo que Dios ha dicho y deja en sus manos aquello que solamente Dios puede hacer.
Esta distinción nos protege tanto de la pasividad como de la presunción. Podemos orar intensamente y actuar responsablemente. Podemos confiar en un milagro y utilizar los medios legítimos que tenemos disponibles. Podemos pedir una intervención divina sin convertir nuestra petición en una exigencia.
Cuando la respuesta no llega inmediatamente
Una de las partes más difíciles de la vida de fe es aprender a esperar.
Marcos 9 termina con una intervención inmediata de Jesús, pero no todas las historias bíblicas se desarrollan con la misma rapidez. Abraham esperó años por Isaac. José pasó por esclavitud y prisión antes de llegar al propósito que Dios tenía para él. David fue ungido mucho antes de ocupar el trono.
Hebreos 11 incluso recuerda creyentes que murieron en fe sin haber recibido durante su vida terrenal todo aquello que esperaban. La fe de ellos no fue declarada inútil. Al contrario, fueron incluidos entre los testigos de la fe.
Por eso debemos rechazar una conclusión muy dañina: «Si la respuesta tarda, significa que no creí suficiente».
La espera puede tener muchas razones que nosotros no conocemos. Dios no siempre nos explica por qué un proceso dura determinado tiempo. Tampoco podemos atribuir automáticamente cada demora a incredulidad, pecado oculto o falta de oración.
Lo que sí podemos hacer es continuar confiando.
La demora no convierte a Dios en infiel. Y la fe no deja de ser fe porque tenga que esperar.
El mensaje La prueba de nuestra fe profundiza en este proceso: las pruebas pueden revelar la calidad de nuestra confianza y producir perseverancia cuando seguimos caminando con Dios.
Cuando el creyente enfrenta una enfermedad
La enfermedad es uno de los momentos en que Marcos 9:23 suele cobrar especial importancia. Sabemos que Dios tiene poder para sanar. La Escritura muestra a Jesucristo sanando enfermos, restaurando cuerpos y manifestando compasión hacia quienes sufrían.
Por eso podemos orar con fe por sanidad. No tenemos que acercarnos a Dios como si fuera incapaz de intervenir.
Pero la fe tampoco requiere negar un diagnóstico ni abandonar irresponsablemente la atención médica. Reconocer una condición no significa rendirle culto a la enfermedad. Podemos buscar tratamiento y, al mismo tiempo, pedir a Dios que sane, dirija a los profesionales y sostenga al enfermo.
Además, jamás debemos convertir la falta de sanidad inmediata en una acusación contra quien está sufriendo. No conocemos todos los propósitos de Dios ni tenemos derecho a decir automáticamente a una persona enferma que continúa así porque «no tuvo suficiente fe».
La fe ora con confianza y descansa en la soberanía de Dios. Si Él sana, le damos gloria. Si el proceso continúa, seguimos confiando y acompañando al que sufre. Nuestra esperanza está en Dios, no en nuestra capacidad de producir un resultado mediante la intensidad de nuestra creencia.
Cuando el problema está dentro de la familia
Hay situaciones familiares que parecen imposibles: distanciamientos que llevan años, hijos alejados, matrimonios heridos, resentimientos profundos y decisiones de otras personas que nosotros no podemos controlar.
También allí podemos creer.
Pero creer no significa afirmar que sabemos exactamente cómo o cuándo cambiará otra persona. Cada ser humano tiene responsabilidad delante de Dios y toma decisiones reales.
Nuestra parte es orar, actuar conforme a la Palabra, pedir perdón cuando corresponda, perdonar de corazón, establecer límites sanos cuando sean necesarios y mantener una conducta que honre a Dios.
La fe se niega a concluir apresuradamente que Dios ya no puede hacer nada. Pero tampoco transforma la esperanza en una garantía inventada de que todo terminará exactamente como nosotros imaginamos.
A veces la intervención que Dios comienza primero no ocurre en la otra persona, sino en nuestro propio corazón: corrige actitudes, sana heridas, da sabiduría, produce paciencia y nos enseña a depender de Él.
Cuando la necesidad es económica
También podemos atravesar temporadas en que los recursos parecen insuficientes. Las cuentas son reales, las responsabilidades existen y la ansiedad intenta ocupar la mente.
La fe no significa ignorar las obligaciones financieras o esperar dinero de manera pasiva. Confiar en Dios debe caminar junto con la responsabilidad: trabajar cuando existe oportunidad, administrar sabiamente, evitar decisiones imprudentes y buscar orientación cuando sea necesaria.
Al mismo tiempo, podemos descansar en que nuestra vida no está fuera del cuidado del Señor. Jesús enseñó a sus discípulos a no vivir dominados por la ansiedad acerca del alimento y el vestido, sino a buscar primeramente el reino de Dios.
Dios puede proveer de maneras inesperadas, abrir oportunidades y ayudarnos a atravesar temporadas difíciles. Sin embargo, la fe cristiana no es una promesa de riqueza ni una técnica para conseguir prosperidad material.
Nuestro Padre conoce nuestras necesidades. Nuestra seguridad debe permanecer en Él y no en la abundancia de nuestros bienes.
Cuando la batalla es espiritual
Marcos 9 también nos recuerda que existen realidades espirituales que no se resuelven únicamente con recursos humanos.
El creyente no debe vivir obsesionado con demonios ni interpretar cada problema cotidiano como una manifestación espiritual. Sin embargo, tampoco debemos ignorar que la Escritura habla de oposición espiritual y nos llama a permanecer firmes en Dios.
Nuestra seguridad no está en fórmulas, objetos o expresiones repetidas mecánicamente. Está en Jesucristo.
El nombre de Jesús tiene autoridad porque Él es Señor. El Espíritu Santo obra en su iglesia. La Palabra de Dios permanece verdadera. La oración nos mantiene dependientes de Dios y la vida de santidad evita que convirtamos el lenguaje de autoridad espiritual en una apariencia sin obediencia.
La victoria nunca glorifica al creyente. Toda autoridad verdadera conduce a reconocer que el poder pertenece a Dios.
La incredulidad se enfrenta acercándonos a Dios
¿Qué debemos hacer cuando descubrimos que estamos luchando para creer?
El padre de Marcos 9 nos muestra un buen comienzo: reconocerlo delante de Dios.
No necesitamos esconder nuestra lucha. Podemos orar: «Señor, esto me está costando. No quiero vivir dominado por la duda. Ayúdame a confiar en ti».
Después debemos volver a la Palabra. La incredulidad se fortalece cuando nuestra mente se alimenta exclusivamente del problema. La fe encuentra alimento cuando volvemos a escuchar quién es Dios y qué ha dicho.
También necesitamos recordar su fidelidad. Las experiencias pasadas no deben convertirse en nuestra autoridad doctrinal, pero recordar las misericordias de Dios puede ayudarnos a no interpretar una dificultad presente como si Él jamás hubiera sido fiel.
Finalmente, debemos obedecer aquello que ya conocemos. Muchas veces pedimos una señal nueva mientras descuidamos una instrucción que Dios ya dejó clara en su Palabra. La fe crece en una relación donde escuchamos y respondemos.
Esto no significa que cada día nos sentiremos espiritualmente fuertes. Significa que incluso en los días de debilidad podemos seguir acercándonos al Señor.
Para el que cree todo es posible: la fe descansa en un Dios todopoderoso
Después de recorrer Marcos 9, podemos comprender mejor las palabras de Jesús.
«Al que cree todo le es posible» no magnifica al creyente. Magnifica al Dios en quien el creyente confía.
No significa que nuestra mente tenga poder para fabricar realidades. No significa que Dios esté obligado a conceder todos nuestros deseos. No significa que una enfermedad prolongada, una oración todavía no respondida o una puerta cerrada demuestren automáticamente ausencia de fe.
Significa que ninguna imposibilidad humana debe llevarnos a concluir que Jesucristo ha perdido su poder.
El padre había llegado al punto donde los discípulos no podían ayudarlo. Su historia parecía dominada por años de sufrimiento. Incluso su propia fe estaba herida.
Pero Jesús estaba allí.
Tal vez nosotros también lleguemos a situaciones en las que ya no sabemos qué hacer. En esos momentos no necesitamos fingir una fortaleza inexistente. Podemos acudir al Señor con la misma sinceridad:
«Creo; ayuda mi incredulidad».
Esa oración contiene humildad y esperanza. Reconoce que necesitamos ayuda y, al mismo tiempo, dirige esa necesidad hacia la persona correcta.
Creer también significa saber esperar
Una fe madura no solamente sabe pedir; también aprende a permanecer.
Hay ocasiones en que Dios responde rápidamente. Hay otras en que caminamos durante mucho tiempo sin comprender qué está haciendo. En ambos casos Él continúa siendo digno de confianza.
Hebreos 10:36 dice: «Porque os es necesaria la paciencia, para que habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa». Fe y paciencia no son enemigos. Muchas veces la perseverancia es precisamente la forma que toma la fe mientras esperamos.
Por eso, si estás en medio de un proceso prolongado, no permitas que la espera te convenza de que Dios te abandonó. Sigue orando, continúa obedeciendo y procura no construir conclusiones definitivas solamente a partir de lo que hoy puedes ver.
Tal vez la circunstancia cambie pronto. Tal vez el proceso sea más largo de lo que quisieras. Pero aun antes de conocer el resultado puedes decidir que tu confianza seguirá descansando en Dios.
Una fe que conduce a Jesucristo
El centro de Marcos 9 no es una técnica para creer más. El centro es Jesús.
El padre no necesitaba aprender una fórmula. Necesitaba llevar a su hijo a Cristo.
Los discípulos no necesitaban descubrir una manera de producir poder por sí mismos. Necesitaban aprender dependencia y oración.
Nosotros tampoco necesitamos convertir la fe en una fuerza independiente de Dios. Necesitamos mirar al Señor.
La fe cristiana encuentra su seguridad en Jesucristo, quien murió por nuestros pecados, resucitó victorioso y tiene toda autoridad. Él es digno de confianza cuando comprendemos y cuando no comprendemos; cuando vemos la respuesta y cuando todavía estamos esperando.
Por eso, el crecimiento de nuestra fe siempre debe acercarnos más a Jesús y no hacernos confiar más en nosotros mismos.
En la colección de sermones cristianos sobre la fe encontrarás otros mensajes que desarrollan diferentes dimensiones de esta confianza en Dios. Cada uno puede ayudarte a examinar cómo la fe responde ante las pruebas, las promesas, la obediencia y las decisiones de la vida cristiana.
Conclusión: Señor, creo; ayuda mi incredulidad
Marcos 9 no nos presenta a un hombre cuya fe era impresionante. Nos presenta a un padre desesperado que encontró al Cristo todopoderoso.
Esa diferencia cambia todo.
La esperanza no descansa en que logremos convertirnos en personas incapaces de sentir dudas, sino en que aprendamos a llevar incluso nuestras dudas delante del Señor. La fe puede comenzar con una oración quebrantada: «Creo; ayuda mi incredulidad».
Quizás enfrentas una situación que ha superado tus fuerzas. Tal vez intentaste resolverla de muchas maneras y todavía no ves salida. Puede que incluso hayas orado durante mucho tiempo y el cansancio haya debilitado tu confianza.
No conviertas tus límites en los límites de Dios.
Pero tampoco conviertas la fe en una exigencia hacia Él.
Acércate. Ora. Confía. Obedece. Espera.
Si Dios ha hecho una promesa, su fidelidad es suficiente para sostenerte. Si no conoces el resultado, su carácter sigue siendo suficiente para confiar. Y si tu fe hoy parece pequeña, puedes presentar esa misma debilidad delante de Cristo.
Para el que cree todo es posible porque el Dios en quien creemos no está limitado por aquello que limita al ser humano. Nuestra confianza no está en la perfección de nuestra fe, sino en la perfección del Señor.
Continúa creyendo cuando veas la respuesta y cuando todavía no la veas. Continúa buscando a Dios cuando estés fuerte y cuando tengas que decir entre lágrimas: «Ayuda mi incredulidad».
Él sigue siendo digno de confianza.
Y cuando necesites otros mensajes para estudiar o preparar una predicación, la biblioteca de sermones escritos listos para predicar y recursos para predicadores reúne diferentes caminos para seguir profundizando en la Palabra de Dios.