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La mujer encorvada (Reflexión): Cuando la gracia de Jesús endereza lo que el pecado y el dolor han torcido

La mujer encorvada

Introducción: Milagro silencioso que revela el corazón de Dios

Entre los muchos milagros registrados en los evangelios, hay algunos que destacan no solo por el poder sobrenatural que manifiestan, sino por la profunda enseñanza espiritual que contienen. Uno de ellos es la curación de la mujer encorvada, narrada en Lucas 13:10-17. Este milagro ocurre en un contexto particular: una sinagoga, en el día de reposo, frente a líderes religiosos atentos no a la misericordia de Dios, sino a la letra rígida de la ley.

Lucas registra este acontecimiento como uno de los pocos milagros realizados por Jesucristo dentro de una sinagoga, lo cual no es casual. Cada detalle del relato tiene un propósito teológico profundo. No se trata únicamente de la sanidad de una mujer enferma, sino de una revelación clara del verdadero significado del día de reposo, del corazón compasivo del Mesías, y de la liberación integral que Dios ofrece a los seres humanos.

Los milagros de Jesús en el día de reposo, como los descritos en Lucas 6:1-11, subrayan su señorío sobre el sábado. Sin embargo, este relato va más allá: ilustra el propósito redentor del reposo, no como una carga legalista, sino como un espacio de restauración, libertad y encuentro con Dios. La historia de la mujer encorvada nos invita a mirar más allá de lo externo y a reflexionar sobre nuestra propia condición espiritual.

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El relato bíblico de la mujer encorvada: Escena cargada de significado espiritual

Antes de profundizar en la reflexión sobre la mujer encorvada, es importante detenernos en el texto bíblico que da origen a este estudio:

“Enseñaba Jesús en una sinagoga en el día de reposo; y había allí una mujer que desde hacía dieciocho años tenía espíritu de enfermedad, y andaba encorvada, y en ninguna manera se podía enderezar. Cuando Jesús la vio, la llamó y le dijo: Mujer, eres libre de tu enfermedad. Y puso las manos sobre ella; y ella se enderezó luego, y glorificaba a Dios.

Pero el principal de la sinagoga, enojado de que Jesús hubiese sanado en el día de reposo, dijo a la gente: Seis días hay en que se debe trabajar; en éstos, pues, venid y sed sanados, y no en día de reposo. Entonces el Señor le respondió y dijo: Hipócrita, cada uno de vosotros ¿no desata en el día de reposo su buey o su asno del pesebre y lo lleva a beber? Y a esta hija de Abraham, que Satanás había atado dieciocho años, ¿no se le debía desatar de esta ligadura en el día de reposo?

Al decir él estas cosas, se avergonzaban todos sus adversarios; pero todo el pueblo se regocijaba por todas las cosas gloriosas hechas por él” (Lucas 13:10-17).

Este pasaje nos presenta tres grupos claramente diferenciados:

  1. Jesús, el Maestro lleno de gracia y verdad.
  2. La mujer encorvada, símbolo de sufrimiento, fe perseverante y esperanza silenciosa.
  3. Los líderes religiosos, representantes de un sistema que había perdido el corazón de la ley.

Cada uno de estos elementos será clave para comprender el mensaje central del relato.

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El trasfondo religioso: cuando la ley eclipsa la misericordia

El séptimo día, el día de reposo, era considerado una santa convocación según Levítico 23:3. Dios había establecido este día como un tiempo apartado para el descanso, la adoración y la renovación espiritual del pueblo. Jesús no ignora ni desprecia este mandamiento; por el contrario, lo honra plenamente, revelando su verdadero propósito.

Sin embargo, los líderes religiosos de la época habían transformado el día de reposo en una carga pesada. A través de interpretaciones humanas, añadieron reglas, prohibiciones y restricciones que ahogaban la vida espiritual del pueblo. En lugar de ser un día de liberación, se convirtió en un día de temor y vigilancia.

Los adversarios de Jesús lo observaban cuidadosamente, especialmente en el día de reposo, esperando encontrar alguna infracción para acusarlo. Su problema no era la ley, sino la incredulidad de sus corazones. No comprendieron que estaban juzgando al Dador original de la ley, al mismo Dios hecho carne.

Este legalismo no solo distorsionó la ley, sino que endureció el corazón de quienes se suponía debían guiar espiritualmente al pueblo. En lugar de aliviar cargas, las aumentaron. En lugar de sanar, condenaron. En lugar de reflejar el carácter de Dios, lo oscurecieron.

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I. La condición de la mujer encorvada (Lucas 13:11)

A. Encorvada: significado bíblico y humano

La mujer que aparece en este relato llevaba dieciocho años viviendo con una condición devastadora. No se trata de una dolencia pasajera, sino de una aflicción prolongada que había marcado profundamente su vida. El texto dice que “andaba encorvada, y en ninguna manera se podía enderezar”. Esta descripción es intensa y deliberada.

La palabra usada para “encorvada” aparece solo una vez en todo el Nuevo Testamento, y corresponde a un término médico que indica una curvatura severa de la columna vertebral. No era simplemente una mala postura, sino una deformidad incapacitante que afectaba su movilidad, su dignidad y su relación con los demás.

Esta mujer vivía mirando al suelo. No podía levantar la cabeza. No podía ver el rostro de las personas con facilidad. Su cuerpo reflejaba, de manera visible, una condición de opresión y sufrimiento constante.

1. Una imagen de la condición espiritual de la humanidad

Más allá del aspecto físico, la postura encorvada de esta mujer ilustra con gran precisión la condición espiritual de la humanidad a causa del pecado. El pecado no eleva al ser humano; lo inclina, lo doblega, lo humilla. El pecador vive con la mirada fija en lo terrenal, incapaz de levantar los ojos hacia Dios.

La Escritura enseña que el ser humano, por sí mismo, no tiene la capacidad de enderezarse espiritualmente. Romanos 5:6 declara que estábamos “sin fuerzas”, y el Salmo 40:12 expresa la angustia de quien se ve rodeado por males que superan su capacidad.

Así como esta mujer no podía enderezarse por sus propios medios, la humanidad no puede corregir su condición espiritual sin la intervención divina. Si Cristo no sana, no libera y no restaura, la condición solo se agrava con el paso del tiempo.

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II. El espíritu de enfermedad y la opresión prolongada

A. Una enfermedad compleja: cuerpo y mente

Lucas describe la condición de la mujer como resultado de un “espíritu de enfermedad”. Esto no implica necesariamente una posesión demoníaca, sino una opresión espiritual que afectaba tanto su mente como su cuerpo. Su trastorno parece tener un componente neurológico y psicológico que agravaba su condición física.

La enfermedad no solo había torcido su cuerpo, sino que probablemente había afectado su autoestima, su esperanza y su percepción de sí misma. Dieciocho años de dolor no pasan sin dejar huellas profundas en el alma.

B. Atada por Satanás durante dieciocho años

Jesús mismo aclara el origen espiritual de esta opresión al decir: “a quien Satanás había atado dieciocho años”. Esta afirmación es contundente. Satanás no aparece aquí como un libertador, sino como un esclavizador. Su obra siempre es atar, oprimir y destruir.

No se trata de posesión demoníaca, ya que Jesús no reprende ni expulsa demonios, como lo haría en otros casos. Se trata de una opresión permitida, similar a la que experimentó Job o el apóstol Pablo, quien describió su aflicción como “un mensajero de Satanás” (2 Corintios 12:7).

Esta expresión nos recuerda una verdad fundamental: Satanás jamás libera a nadie. Todo lo que promete como libertad termina siendo esclavitud.

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II. El espíritu de enfermedad y la opresión prolongada

A. No solo Satanás, sino también el pecado inclina al ser humano

La Escritura deja claro que la condición encorvada no es exclusiva de la acción directa de Satanás. La Biblia revela que el pecado, el dolor, la culpa y el sufrimiento también tienen el poder de inclinar el alma humana hasta dejarla postrada. El Salmo 38:6 expresa esta realidad con palabras cargadas de angustia:

“Estoy encorvado, estoy humillado en gran manera, ando enlutado todo el día”.

Aquí no se habla de una deformidad física, sino de una opresión interior. El alma abatida, cargada de culpa o desesperanza, también vive encorvada. La tristeza profunda, la depresión, el remordimiento no resuelto y las heridas emocionales no sanadas tienen el poder de doblar el espíritu humano.

El salmista clama nuevamente en el Salmo 42:5:

¿Por qué te abates, oh alma mía, y te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle”.

Y en el Salmo 44:25 se declara:

“Porque nuestra alma está agobiada hasta el polvo, y nuestro cuerpo está postrado hasta la tierra”.

Estos textos revelan una verdad espiritual profunda: el cuerpo y el alma están íntimamente conectados. Cuando el alma está abatida, el cuerpo lo refleja. Cuando el pecado domina, la vida entera se inclina hacia abajo. La mujer encorvada se convierte así en una imagen viva de millones de personas que caminan dobladas por cargas internas invisibles a los ojos humanos, pero plenamente visibles para Dios.

B. Solo Jesucristo puede enderezar lo que está torcido

La narrativa bíblica es clara y contundente: solo Dios puede liberar verdaderamente al ser humano. Ninguna estrategia humana, ningún sistema religioso, ninguna disciplina externa puede romper las ataduras profundas del alma.

Jesús declara en Juan 8:34:

“De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado”.

El pecado promete libertad, pero siempre termina encadenando. Satanás ofrece autonomía, pero conduce a la esclavitud. Las pasiones desordenadas, los malos hábitos y las decisiones alejadas de Dios se apoderan de la vida con una fuerza devastadora.

Sin embargo, Jesús no deja al ser humano sin esperanza. Más adelante afirma con autoridad:

“Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres… Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (Juan 8:32, 36).

La mujer encorvada no fue sanada por su fuerza, ni por su perseverancia, ni por su religiosidad. Fue sanada por la palabra y el toque de Jesucristo. En un instante, lo que dieciocho años no pudieron resolver quedó transformado por el poder divino.

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III. En la sinagoga en el día de reposo (Lucas 13:10-11)

El escenario del milagro no es accidental. Jesús enseña en una sinagoga, en el día de reposo. Este detalle revela una enseñanza profunda: la verdadera adoración nunca está separada de la restauración.

A pesar de su grave discapacidad, esta mujer se encuentra en la sinagoga. Su condición no le impidió buscar a Dios. Su cuerpo estaba torcido, pero su corazón seguía orientado hacia el Señor.

A. La fidelidad silenciosa de una mujer perseverante

Ir a la sinagoga no era fácil para ella. Caminar encorvada, soportar miradas incómodas, sentarse durante el servicio, mantenerse en medio de la congregación… todo ello requería un esfuerzo extraordinario. Además, su condición la colocaba en una posición de vulnerabilidad social, ya que las deformidades físicas solían asociarse erróneamente con el juicio divino.

Sin embargo, esta mujer no se aisló, no se rindió, no se alejó de Dios. Durante dieciocho años, siguió asistiendo al lugar de adoración. No permitió que el sufrimiento apagara su fe.

Esto nos enseña una lección poderosa: la fidelidad no siempre es ruidosa. A veces es silenciosa, constante, invisible a los demás, pero profundamente valiosa delante de Dios.

B. No permitió que la espera la volviera amarga

Es muy probable que esta mujer haya orado innumerables veces pidiendo sanidad. Sin embargo, la respuesta no llegó de inmediato. Año tras año, sábado tras sábado, su condición permanecía igual. Aun así, no permitió que la aparente demora de Dios la llenara de amargura.

Muchos abandonan la fe cuando la respuesta tarda. Ella permaneció. Muchos se endurecen cuando Dios guarda silencio. Ella siguió adorando. Esta perseverancia es una de las expresiones más puras de fe.

Su historia confronta una pregunta incómoda pero necesaria: ¿Seguimos buscando a Dios cuando no entendemos su tiempo?

C. Buscó primero su salud espiritual

La mujer encorvada nos enseña una verdad que Jesús mismo expresó claramente:

Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mateo 6:33).

Ella fue a la sinagoga buscando alimento espiritual, no un milagro. No hay registro de que se acercara a Jesús pidiendo sanidad. Fue Jesús quien la vio, quien la llamó, quien tomó la iniciativa.

Esto revela que la sanidad fue fruto de una vida centrada en Dios, no de una búsqueda obsesiva por el milagro. Cuando la prioridad es lo espiritual, Dios se encarga de lo demás conforme a su voluntad.

Cuántas bendiciones se pierden cuando las personas abandonan la congregación, se aíslan espiritualmente o descuidan la comunión con Dios. La asistencia a la iglesia no es un acto vacío, sino un espacio donde Dios habla, transforma y, muchas veces, sana.

IV. La iniciativa soberana de Jesús

Uno de los aspectos más conmovedores del relato es que Jesús ve a la mujer antes de que ella diga una sola palabra. El texto dice: “Cuando Jesús la vio, la llamó…”.

Ella no clamó en voz alta. No interrumpió la enseñanza. No pidió atención. Jesús la vio en medio de la multitud. Esto nos recuerda que Dios ve el sufrimiento que otros ignoran.

A. Jesús la llama al frente

Jesús no la sana a distancia. La llama. La pone en el centro. Le devuelve dignidad pública. Durante años había sido invisible; ahora es protagonista de la gracia.

Cuando Jesús la llama “mujer”, no lo hace con desprecio, sino con ternura y respeto. Y luego pronuncia palabras que cambian su historia:

“Mujer, eres libre de tu enfermedad”.

Antes de tocarla, Jesús declara su libertad. La sanidad comienza con una palabra de autoridad y liberación.

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V. El toque de Jesús: cuando la gracia restaura completamente

Después de pronunciar las palabras que declaran su libertad, Jesús hace algo profundamente significativo: pone sus manos sobre la mujer. Este gesto no es accesorio ni simbólico; es una acción cargada de compasión, cercanía y restauración.

A. Un toque que rompe barreras religiosas y sociales

En el contexto judío, tocar a una persona con una enfermedad prolongada podía considerarse ceremonialmente riesgoso. Además, tocar a una mujer en público, y más aún en una sinagoga, no era algo común ni socialmente aceptado. Sin embargo, Jesús no se deja limitar por prejuicios, normas culturales ni temores religiosos.

El toque de Jesús comunica algo más que sanidad física. Comunica aceptación, valor y dignidad. Durante dieciocho años, esta mujer probablemente había sido evitada, observada con lástima o incluso juzgada. Ahora, Jesús la toca sin reservas.

La gracia siempre toca donde otros se alejan.

B. Una sanidad inmediata y visible

El texto dice con claridad:

“y ella se enderezó luego”.

No fue un proceso gradual. No hubo recuperación progresiva. Fue una transformación instantánea. Lo que estaba torcido se enderezó, lo que estaba oprimido fue liberado, lo que estaba limitado fue restaurado.

Este detalle es importante porque subraya que el poder de Jesús no está condicionado por el tiempo de la aflicción. Dieciocho años no fueron obstáculo para un solo instante de gracia. No importa cuán prolongada sea la opresión, un encuentro con Cristo puede cambiarlo todo.

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C. La respuesta correcta ante la obra de Dios

La reacción inmediata de la mujer fue glorificar a Dios. No se centra en sí misma, no busca atención, no se exalta. Su sanidad produce adoración. Esto revela que su corazón estaba preparado espiritualmente para recibir la bendición.

La verdadera obra de Dios siempre conduce a la adoración genuina. Cuando la sanidad no lleva a glorificar a Dios, algo ha sido mal comprendido. En este caso, el milagro cumplió su propósito: exaltar al Señor.

VI. La indignación religiosa: cuando el legalismo se ofende ante la gracia

Mientras la mujer glorifica a Dios y el pueblo se llena de gozo, ocurre un contraste doloroso: el principal de la sinagoga se indigna. En lugar de celebrar la liberación de una mujer oprimida por casi dos décadas, se enfoca en el día en que ocurrió el milagro.

A. La ceguera del legalismo

El líder religioso no se dirige a Jesús, sino a la multitud. Evita confrontar directamente al Maestro, pero intenta restarle valor al milagro diciendo:

“Seis días hay en que se debe trabajar; en éstos, pues, venid y sed sanados, y no en día de reposo”.

Esta declaración revela una total desconexión con el corazón de Dios. No niega el milagro, pero lo considera inapropiado. No discute la sanidad, pero cuestiona el momento. Así actúa el legalismo: prefiere la norma al ser humano, la tradición a la misericordia, el reglamento a la gracia.

B. La hipocresía desenmascarada por Jesús

Jesús responde con firmeza y autoridad:

“Hipócrita”.

Esta palabra no es un insulto gratuito, sino una denuncia espiritual. La hipocresía consiste en aplicar la ley de manera selectiva, rígida para los demás y flexible para uno mismo.

Jesús expone la contradicción: Si desatan a un animal para llevarlo a beber en el día de reposo, ¿Cómo no desatar a una hija de Abraham que ha estado atada por dieciocho años?

Con esta comparación, Jesús no solo defiende su acción, sino que revela el verdadero valor de la persona humana delante de Dios. Para Él, una mujer oprimida vale infinitamente más que cualquier tradición mal interpretada.

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VII. El verdadero significado del día de reposo

El día de reposo no fue instituido para oprimir, sino para liberar y restaurar. Jesús no quebrantó la ley; la cumplió en su sentido más profundo.

A. El reposo como liberación

La palabra que Jesús utiliza es clave: “desatar”. El día de reposo es presentado como el día perfecto para romper ataduras. No hay mejor día para liberar que aquel que Dios estableció para el descanso del alma.

Jesús redefine el sábado no como un día de inactividad rígida, sino como un espacio de gracia, sanidad y restauración. Lo que los líderes veían como una infracción, Jesús lo presenta como el cumplimiento pleno de la voluntad de Dios.

B. La dignidad restaurada: hija de Abraham

Al llamar a la mujer “hija de Abraham”, Jesús afirma públicamente su identidad y valor espiritual. No es una enferma anónima. No es una mujer marcada por su condición. Es parte del pueblo del pacto.

Esta declaración es profundamente restauradora. Después de dieciocho años de dolor, Jesús no solo sana su cuerpo, sino que restaura su lugar dentro de la comunidad de fe.

VIII. Dos reacciones opuestas ante la obra de Dios

El relato concluye mostrando dos reacciones muy distintas:

  • Los adversarios se avergüenzan.
  • El pueblo se regocija.

La gracia siempre divide opiniones. Quienes están aferrados al orgullo religioso se sienten expuestos. Quienes reconocen su necesidad celebran la obra de Dios.

El gozo del pueblo no es superficial; nace del reconocimiento de que Dios estaba actuando con poder y misericordia. Las “cosas gloriosas” hechas por Jesús no podían ser negadas.

IX. La mujer encorvada como espejo del ser humano actual

La historia de la mujer encorvada no es solo un relato antiguo; es un espejo espiritual que refleja la condición de muchos hombres y mujeres hoy. Aunque no todos caminamos con la espalda doblada físicamente, muchos viven encorvados interiormente, cargando pesos invisibles que afectan su manera de vivir, creer y relacionarse con Dios y con los demás.

Existen encorvaduras modernas que no se ven a simple vista:

  • Culpa no resuelta.
  • Heridas emocionales profundas.
  • Amargura acumulada con el paso de los años.
  • Hábitos destructivos.
  • Temor constante al futuro.
  • Religiosidad sin relación con Dios.

Estas cargas, al igual que la enfermedad de la mujer, no desaparecen con el tiempo. Por el contrario, tienden a agravarse si no son llevadas a los pies de Cristo. Dieciocho años simbolizan una vida entera atrapada en una condición que parecía irreversible, pero que fue transformada en un solo instante por la gracia divina.

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X. Jesús sigue viendo a los encorvados de hoy

Uno de los mensajes más esperanzadores de este pasaje es que Jesús ve. En la sinagoga había muchas personas, pero Jesús vio a la mujer encorvada. No pasó desapercibida. No fue ignorada. No fue olvidada.

Esto nos recuerda que Dios no es indiferente al sufrimiento humano, aun cuando este se prolonga durante años. Jesús ve al que sufre en silencio, al que sigue congregándose aunque no entiende por qué su oración aún no ha sido respondida, al que persevera aun cuando la esperanza parece debilitarse.

Jesús sigue llamando hoy, sigue tocando vidas, sigue pronunciando palabras de libertad. Su mirada no se pierde entre la multitud. Él conoce cada historia, cada carga, cada dolor acumulado.

XI. La iglesia frente al desafío de la gracia

La reacción del principal de la sinagoga nos confronta con una pregunta incómoda pero necesaria:
¿Nos parecemos más a Jesús o a los líderes religiosos?

El legalismo no ha desaparecido; solo ha cambiado de forma. Hoy también existe el peligro de convertir la fe en una lista de reglas, de medir la espiritualidad por apariencias externas y de perder la capacidad de compasión.

Cuando la iglesia se enfoca más en el orden que en las personas, más en la norma que en la misericordia, más en la tradición que en la restauración, corre el riesgo de enojarse cuando Dios sana, en lugar de alegrarse.

La historia de la mujer encorvada nos llama a ser una comunidad que:

  • Desata en lugar de atar.
  • Restaura en lugar de señalar.
  • Acompaña en lugar de juzgar.

Jesús no ignoró la ley, pero la interpretó a la luz del amor. Ese sigue siendo el desafío de la iglesia actual.

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XII. El verdadero reposo: libertad para el alma

El día de reposo alcanza su máximo significado en Cristo. Él es el verdadero reposo para el alma cansada. No se trata de un día, sino de una relación viva con Él.

La mujer fue desatada en el día de reposo porque ese día representa el descanso que Dios ofrece al ser humano oprimido. Jesús mismo lo expresó con claridad:

Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28).

El reposo no consiste en ausencia de actividad, sino en presencia de Dios. Es en Cristo donde el alma encuentra descanso, la conciencia halla paz y el corazón es enderezado.

XIII. Una invitación personal: ¿Qué te está encorvando hoy?

La historia termina, pero la invitación permanece abierta. Cada lector es confrontado con una pregunta personal e ineludible: ¿Qué me está encorvando hoy?

Tal vez no sea una enfermedad física, pero sí una carga que te impide levantar la mirada hacia Dios. Tal vez has aprendido a convivir con ella, como la mujer durante dieciocho años, pensando que ya no hay esperanza de cambio.

Este pasaje nos recuerda que ninguna atadura es demasiado antigua para Jesús, ni ninguna carga demasiado pesada para su gracia. Él sigue diciendo: “Eres libre”.

XIV. Conclusión final: Cuando Jesús endereza lo torcido

La curación de la mujer encorvada es un poderoso testimonio de la gracia soberana de Dios. En un contexto marcado por el legalismo y la hipocresía, Jesús revela el verdadero corazón del Padre: un corazón que ama, restaura y libera.

Este milagro no solo enderezó una espalda, sino que enderezó una vida entera. Restauró dignidad, devolvió esperanza y reafirmó identidad. Al mismo tiempo, expuso la dureza de corazones que preferían la tradición antes que la misericordia.

La historia nos invita a dejar de vivir encorvados, a acercarnos a Jesús con fe y a permitir que su gracia transforme aquello que durante años ha estado torcido en nuestro interior.

La mujer encorvada salió de la sinagoga diferente: caminando erguida, glorificando a Dios y viviendo una libertad que solo Cristo puede otorgar. Esa misma gracia sigue disponible hoy.

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