Las 5 excusas de Jeremías
Introducción: El arte humano de poner excusas frente al llamado divino
Las 5 excusas de Jeremías nos recuerdan que somos sorprendentemente hábiles en el arte de poner excusas. A veces son tan elaboradas que rozan lo absurdo; otras veces parecen perfectamente razonables. Decimos: “No sé cómo hacerlo”, “No tengo los recursos”, “No es el momento adecuado”, “No es mi don”, “Estoy muy ocupado”, o incluso “Ya serví suficiente, que lo haga otro”.
Las excusas no son nuevas. No nacieron con nuestra generación ni con nuestra cultura moderna. Desde el inicio de la historia bíblica, el ser humano ha respondido al llamado de Dios con resistencia, temor y evasión.
Se ha dicho con razón: “Las excusas son herramientas de los incompetentes, y quienes se especializan en ellas rara vez llegan lejos”. Benjamin Franklin escribió: “El que es bueno para poner excusas rara vez es bueno para otra cosa”. Gabriel Meurier afirmó: “El que se excusa, se acusa a sí mismo”.
En el ámbito cristiano, las excusas suelen sonar más espirituales, pero no por ello dejan de ser excusas:
- “Ese es trabajo del pastor”
- “No es mi llamado”
- “No estoy preparado”
- “Dios entiende mi situación”
Sin embargo, cuando Dios llama, no lo hace sin propósito, ni sin provisión, ni sin su presencia.
En este artículo exploraremos el llamado de Dios al profeta Jeremías y las cinco excusas principales que presentó, excusas que siguen siendo sorprendentemente actuales. Más importante aún, veremos cómo Dios respondió a cada excusa con una promesa, revelando que el problema nunca fue la incapacidad del hombre, sino la fidelidad de Dios.
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Contexto del llamado de Jeremías: cuando Dios interrumpe nuestros planes
El libro de Jeremías comienza con una declaración poderosa:
“Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué; te di por profeta a las naciones” (Jeremías 1:5).
Esta afirmación revela una verdad profunda: el llamado de Dios precede a nuestra conciencia de él. Jeremías no estaba buscando ser profeta. Provenía de una familia sacerdotal. Su padre y su abuelo habían servido en funciones religiosas bien definidas, seguras y respetadas. El sacerdocio era predecible; el profetismo no.
Cuando Dios lo llama, rompe con su herencia, con sus expectativas y con su zona de comodidad.
Ser profeta no era un honor social. Era una carga espiritual. El profeta debía hablar cuando nadie quería escuchar, denunciar cuando todos justificaban, y permanecer fiel cuando era más fácil callar.
No es casualidad que Jeremías responda con excusas. El llamado de Dios casi siempre nos enfrenta con aquello que más tememos.
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La Primera de las excusas de Jeremías: “La tarea es demasiado exigente”
“Te di por profeta a las naciones” (Jeremías 1:5).
Jeremías no fue llamado simplemente a su pueblo, sino a las naciones. Esto implicaba autoridad espiritual, valentía profética y una responsabilidad abrumadora.
Profeta no es adivino: es portavoz de Dios
A menudo se piensa que un profeta es alguien que predice el futuro. Sin embargo, el rol principal del profeta era confrontar el presente. El profeta:
- Exponía el pecado
- Llamaba al arrepentimiento
- Recordaba el pacto
- Advertía sobre las consecuencias
Mientras el sacerdote preservaba el pasado, el profeta luchaba por cambiar el presente para salvar el futuro.
Los sacerdotes se ocupaban de rituales, sacrificios y liturgias externas. El profeta, en cambio, apuntaba directamente al corazón. Y eso siempre resulta incómodo.
Un llamado más pesado que el sacerdocio
El sacerdote tenía reglas claras. El profeta no. El sacerdote sabía qué haría mañana. El profeta no sabía qué mensaje recibiría ni a quién confrontaría. Además, el sacerdote era respetado por su linaje. El profeta debía demostrar su autoridad por fidelidad, no por herencia.
Por eso esta excusa es comprensible: la tarea era demasiado exigente.
La respuesta de Dios: la promesa de Su propósito
Dios no minimiza la dificultad del llamado. No le dice a Jeremías: “No es tan grave”. Le recuerda algo mucho más poderoso:
“Antes que te formase… te conocí”
El verbo conocer aquí no significa información intelectual. Implica relación, elección y propósito. Dios está diciendo: “Te conozco completamente, y aun así te elegí”.
Cuando entendemos el propósito, aceptamos el sacrificio
El propósito de Dios:
- Da sentido al sacrificio
- Da dirección en la confusión
- Da esperanza en la oposición
Cuando sabemos que Dios nos escogió, podemos soltar nuestros propios planes sin miedo.
Así ocurrió también con Jesús. Su ministerio no fue fácil, ni cómodo, ni popular. Fue obediente porque vivía bajo la certeza del propósito del Padre.
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La segunda de las excusas de Jeremías: “Mi talento es insuficiente”
“¡Ah, Señor Jehová! He aquí, no sé hablar, porque soy niño” (Jeremías 1:6).
Aquí Jeremías no cuestiona el llamado, sino su capacidad personal. Se siente inadecuado, torpe, limitado. No fue el único. Moisés también dijo:
“Nunca he sido hombre de fácil palabra” (Éxodo 4:10).
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La insuficiencia como punto de partida divino
Jeremías no confiaba en su oratoria. Se sentía joven, inexperto y poco elocuente. Pero Dios nunca ha dependido del talento humano para cumplir su voluntad.
De hecho, la conciencia de insuficiencia suele ser el terreno donde Dios manifiesta su poder.
“Mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Corintios 12:9).
Cuando reconocemos nuestra limitación:
- Dependemos más de Dios
- Oramos más
- Confiamos menos en nosotros mismos
La respuesta de Dios: la promesa de Su provisión
“Entonces Jehová extendió su mano y tocó mi boca” (Jeremías 1:9).
El toque de Dios no fue para eliminar la debilidad, sino para llenarla con Su poder. Dios no dijo: “Ahora eres el mejor orador”. Dijo: “He puesto mis palabras en tu boca”.
Dios no usa al más talentoso, sino al más tocado
Dios no busca:
- La voz más elocuente
- El currículum más impresionante
- La personalidad más carismática
Busca corazones rendidos y bocas dispuestas.
Lo mismo ocurrió con Jesús cuando, después de su bautismo, el Espíritu descendió sobre Él y el Padre declaró Su aprobación (Mateo 3:17).
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Tercera de las excusas de Jeremías: “No es el momento adecuado”
La respuesta de Jeremías no solo revela inseguridad en sus capacidades, sino también una percepción muy humana del tiempo:
“Soy solo un joven” (Jeremías 1:6).
Esta frase encierra una excusa común: postergar la obediencia bajo la apariencia de prudencia. Jeremías no está negando el llamado; está diciendo, en esencia: “Sí, Señor… pero todavía no”.
Juventud no como edad, sino como sensación de insuficiencia
La palabra traducida como niño o joven no apunta necesariamente a la niñez literal. La mayoría de los estudiosos coinciden en que Jeremías tenía entre 20 y 25 años cuando fue llamado. Es decir, no era un adolescente inmaduro, pero se sentía pequeño frente a una tarea demasiado grande.
Aquí está el punto clave: No es la edad la que nos incapacita, sino la percepción de inmadurez interior.
Cuántas veces decimos:
- “Todavía no sé lo suficiente”
- “Necesito crecer más espiritualmente”
- “Más adelante serviré con mayor libertad”
La realidad es que el “todavía no” suele convertirse en un “nunca”.
El peligro de esperar el momento perfecto
El problema de esta excusa es que el momento perfecto casi nunca llega. Si esperamos:
- Sentirnos completamente preparados
- No tener miedo
- Tener todas las respuestas
…entonces jamás obedeceremos. Dios no llama cuando estamos listos; nos hace listos mientras obedecemos.
La respuesta de Dios: la promesa de Su presencia
Dios responde de manera clara y directa:
“No digas: Soy solo un joven; porque a todo lo que te envíe irás tú, y dirás todo lo que te mande. No temas delante de ellos, porque contigo estoy para librarte” (Jeremías 1:7–8).
Aquí encontramos una de las promesas más poderosas de todo el pasaje: la presencia constante de Dios acompañando la obediencia.
La promesa tiene una condición
La presencia de Dios no se manifiesta en la pasividad, sino en la obediencia activa. Observe el orden divino:
- Irás a donde yo te envíe
- Dirás lo que yo te mande
- No temerás
- Yo estaré contigo
Muchas veces queremos experimentar la presencia de Dios antes de obedecer, pero Dios promete acompañarnos mientras caminamos.
Nunca solos en el camino del llamado
Una de las mayores fuentes de temor es la sensación de soledad. Pensamos:
- “Nadie me apoyará”
- “Me criticarán”
- “Fracasaré solo”
Dios responde: “Yo estaré contigo”.
No promete ausencia de oposición, pero sí presencia en medio de ella.
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Cuarta excusa de Jeremías: “El mensaje es demasiado peligroso”
Hasta ahora, las excusas han sido internas: capacidad, edad, preparación. Pero ahora Jeremías enfrenta una realidad externa: El contenido del mensaje sería ofensivo y peligroso.
Dios no le dio un mensaje de prosperidad inmediata ni de consuelo emocional. Le dio un mensaje de juicio.
La visión de la olla hirviendo
“Veo una olla hirviendo, y su faz está hacia el norte” (Jeremías 1:13).
Esta imagen es profundamente inquietante. La olla no estaba estable; estaba inclinada, a punto de derramar su contenido ardiente.
La interpretación es clara: el juicio vendría del norte, representado por una potencia invasora, debido a la idolatría y rebelión persistente del pueblo.
Jeremías debía anunciar:
- Pecado no arrepentido
- Desobediencia al pacto
- Consecuencias inevitables
Nada de eso resultaba popular.
Decir la verdad siempre tiene un costo
Decir lo que la gente quiere oír trae aplausos momentáneos, pero decir lo que Dios manda trae conflicto, rechazo y, muchas veces, persecución.
La verdad:
- Confronta
- Desnuda
- Incomoda
Por eso esta excusa es comprensible: enseñar la verdad puede ser peligroso.
La respuesta de Dios: la promesa de Su prevalencia
Dios no niega el peligro. Lo reconoce y lo redefine:
“Yo te he puesto en este día como ciudad fortificada, como columna de hierro y como muro de bronce” (Jeremías 1:18).
Aquí aparece una imagen arquitectónica poderosa.
Tres metáforas, una seguridad
- Ciudad fortificada → Protección total
- Columna de hierro → Firmeza interior
- Muro de bronce → Resistencia al ataque
Dios no promete que no habrá ataques. Promete que no prevalecerán.
“Pelearán contra ti, pero no te vencerán” (Jeremías 1:19).
Cuando Dios está contigo, el resultado final ya está decidido
La historia está llena de personas que perdieron la vida, pero no el propósito. Murieron, pero su mensaje permaneció. Fueron rechazados, pero la verdad avanzó.
La prevalencia de Dios no siempre significa supervivencia física, pero siempre significa victoria espiritual.
Una ilustración poderosa: cuando la verdad detiene la barbarie
En el año 404 d.C., durante el apogeo de los juegos sangrientos en Roma, un monje se lanzó al centro del coliseo para detener la violencia. Gritó que aquello era incorrecto delante de Dios. Fue asesinado.
Pero algo ocurrió: la conciencia colectiva despertó. Poco tiempo después, los combates de gladiadores comenzaron a desaparecer.
Un hombre cayó, pero la verdad prevaleció.
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Quinta de las excusas de Jeremías: “¿Tengo que actuar ahora?”
Finalmente, Dios llama a la acción inmediata:
“Tú, pues, ciñe tus lomos; levántate y háblales todo cuanto te mande” (Jeremías 1:17).
Esta expresión significaba: prepárate para la batalla, no para la comodidad. Jeremías no fue llamado a reflexionar indefinidamente, sino a obedecer de inmediato.
El peligro de la demora espiritual
Retrasar la obediencia:
- Debilita la fe
- Endurece el corazón
- Abre la puerta al temor
Por eso Dios advierte:
“No te amedrentes delante de ellos, para que yo no te amedrente delante de ellos”.
La obediencia parcial o tardía también es desobediencia.
La respuesta final de Dios: la promesa de Su poder
Dios no solo llama. Dios capacita, sostiene y respalda.
Cuando obedecemos:
- Su poder nos fortalece
- Su palabra cumple Su propósito
- Su presencia nos guarda
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Las excusas de Jeremías resumidas: Un espejo del corazón humano
Hasta aquí hemos visto que Jeremías presentó cinco excusas principales, todas muy humanas, todas sorprendentemente actuales:
- La tarea es demasiado exigente
- Mi talento es insuficiente
- No es el momento adecuado
- El mensaje es peligroso
- ¿Tengo que actuar ahora mismo?
Cada excusa revela algo más profundo que una simple objeción externa. Revela el estado del corazón frente al llamado de Dios.
La gran enseñanza no es que Jeremías tuviera excusas, sino que Dios no permitió que ninguna de ellas detuviera Su propósito.
Dios no negó la dificultad, pero sí anuló el poder de la excusa.
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Un patrón divino: Excusa humana vs. promesa divina
Al observar detenidamente el capítulo 1 de Jeremías, descubrimos un patrón espiritual inconfundible:
- Excusa humana → Promesa divina
- Limitación personal → Intervención sobrenatural
- Temor del siervo → Fidelidad de Dios
Cada objeción de Jeremías fue respondida no con reproche, sino con revelación.
Dios no dijo:
- “Eso no es una excusa válida”
Dijo: - “Yo estaré contigo”
Esto nos enseña una verdad esencial: Dios no llama a personas seguras de sí mismas, sino a personas dispuestas a depender de Él.
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Aplicación directa: nuestras excusas modernas
Aunque no vivamos en el siglo VII a.C., nuestras excusas suenan notablemente similares.
1. “La tarea es demasiado grande para mí”
Hoy decimos:
- “Eso es para líderes más preparados”
- “Ese ministerio requiere más experiencia”
Pero Dios sigue respondiendo:
“Antes que nacieras, ya había pensado en ti”
El tamaño del llamado nunca debe medirse por nuestra fuerza, sino por la fidelidad de Aquel que llama.
2. “No tengo los dones necesarios”
Vivimos comparándonos:
- Con el que habla mejor
- Con el que sabe más
- Con el que parece más espiritual
Pero Dios no compara. Dios equipa.
El llamado de Dios siempre viene acompañado de la provisión de Dios. No necesariamente antes, pero sí durante el proceso.
3. “Más adelante serviré”
Esta es una de las excusas más peligrosas porque parece prudente, pero esconde desobediencia.
La postergación espiritual:
- Apaga el fuego del llamado
- Endurece la conciencia
- Normaliza la pasividad
Dios no trabaja con agendas humanas, sino con obediencia inmediata.
4. “Decir la verdad traerá problemas”
Hoy esta excusa es muy común:
- “No quiero ofender”
- “Cada quien tiene su verdad”
- “Mejor no meterme”
Pero callar la verdad no es amor; es comodidad disfrazada de prudencia.
La verdad bíblica:
- Sana, pero primero hiere
- Libera, pero primero confronta
5. “¿Realmente tengo que obedecer ahora?”
Queremos tiempo para:
- Pensarlo mejor
- Orar más
- Consultarlo con otros
Pero cuando Dios habla claramente, la obediencia retrasada se convierte en desobediencia elegante.
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El llamado no es solo para profetas
Uno de los errores más comunes del lector es pensar: “Esto aplica para Jeremías, no para mí”. Pero el principio es universal.
Dios sigue llamando:
- A padres a liderar espiritualmente su hogar
- A jóvenes a vivir sin avergonzarse del evangelio
- A creyentes comunes a ser luz en lugares difíciles
No todos somos profetas, pero todos somos llamados a obedecer.
El costo del llamado y la recompensa de la obediencia
Jeremías sufrió:
- Rechazo
- Soledad
- Persecución
- Amenazas de muerte
Humanamente hablando, su ministerio no fue “exitoso”. Espiritualmente hablando, fue absolutamente fiel. Esto nos enseña algo fundamental:
La fidelidad se mide por obediencia, no por resultados visibles
Dios nunca le pidió a Jeremías que convenciera a la nación. Le pidió que hablara. El resultado no era su responsabilidad. La obediencia sí.
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Cuando obedecemos, Dios se encarga de lo demás
El cierre del llamado de Jeremías es poderoso porque revela la seguridad final del siervo de Dios:
“Pelearán contra ti, pero no te vencerán”
No dice:
- “No te atacarán”
Dice: - “No prevalecerán”
Esto redefine el concepto de victoria.
Victoria no es:
- Ausencia de conflicto
- Aplausos del público
- Comodidad permanente
Victoria es:
- Permanecer firmes
- No retroceder
- No callar
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Una pregunta inevitable para el lector
Después de todo lo que hemos visto, el texto nos obliga a detenernos y preguntarnos: ¿Qué excusa estoy usando para no obedecer a Dios?
No si Dios llama. Sino cómo respondemos cuando llama. Porque al final:
- Dios cumplirá Su propósito
- Dios levantará a otros si es necesario
- Pero la oportunidad de obedecer es personal e irrepetible
Cómo responder correctamente cuando Dios llama
Después de recorrer las excusas de Jeremías, las promesas de Dios y las aplicaciones para nuestra vida, surge una pregunta inevitable: ¿Cuál es la respuesta correcta al llamado de Dios?
La Biblia no nos deja sin guía. A lo largo de la Escritura vemos un patrón claro en aquellos que respondieron bien al llamado divino.
1. Reconocer que el llamado es de Dios, no nuestro
El primer paso no es preguntarnos “¿Estoy listo?”, sino “¿Dios me está llamando?”. Cuando el llamado es de Dios:
- No depende de nuestras emociones
- No se ajusta a nuestra comodidad
- No espera nuestra perfección
El llamado de Dios no se valida por nuestra capacidad, sino por Su autoridad.
Jeremías no se autoeligió. Fue escogido. Tú tampoco te llamas a ti mismo. Dios es quien llama.
2. Aceptar que el temor no invalida el llamado
Uno de los grandes mitos espirituales es creer que el miedo significa falta de fe.
La realidad bíblica es distinta:
- Jeremías tuvo miedo
- Moisés tuvo miedo
- Los profetas tuvieron miedo
- Los discípulos tuvieron miedo
La diferencia no estuvo en la ausencia de temor, sino en obedecer a pesar del temor.
El valor no es no tener miedo; es avanzar confiando en Dios aun con miedo
3. Entender que Dios no revela todo el camino de una vez
Dios no le mostró a Jeremías cada detalle de su ministerio. Le mostró el siguiente paso. Esto nos enseña una verdad crucial: Dios guía por obediencia progresiva, no por control total.
Si Dios nos mostrara todo:
- Nos paralizaríamos
- Intentaríamos negociar
- Buscaríamos excusas más elaboradas
Dios dice: “Ve”, y en el camino dice: “Ahora di esto”, y más adelante: “Sigue”.
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El llamado de Dios hoy: No menos exigente, pero igual de real
Algunos creen que el llamado profético terminó en el Antiguo Testamento.
Pero aunque las funciones cambian, el principio permanece.
Dios sigue llamando hoy:
- A vivir en santidad en medio de una cultura corrupta
- A hablar verdad cuando la mentira es popular
- A amar cuando es más fácil endurecer el corazón
- A servir cuando nadie aplaude
El llamado de Dios hoy no es menos exigente; simplemente es menos aceptado.
El mayor peligro no es fallar, sino callar
Uno de los silencios más peligrosos en la vida cristiana es el silencio de la desobediencia. No es el error lo que más daña:
- Es no intentarlo
- Es apagar la voz de Dios
- Es acostumbrarse a decir “después”
Cuando callamos:
- Otros no escuchan
- El pecado se normaliza
- La verdad se diluye
Jeremías pudo haberse quedado en casa, seguro, callado, protegido. Pero el silencio también habría sido una forma de infidelidad.
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Una obediencia imperfecta es mejor que una excusa bien formulada
Dios no pidió perfección a Jeremías. Pidió disponibilidad. Dios no busca:
- Discursos impecables
- Estrategias sofisticadas
- Personalidades imponentes
Busca:
- Corazones rendidos
- Vidas obedientes
- Voces dispuestas
Una obediencia temblorosa agrada más a Dios que una excusa elegante.
El resultado final siempre está en manos de Dios
Este punto libera al lector de una gran carga. Dios nunca le pidió a Jeremías:
- Convencer a la nación
- Garantizar resultados
- Medir el éxito en números
Solo le pidió: “Habla lo que yo te mande”. La responsabilidad humana es la obediencia.
El impacto pertenece a Dios. Esto nos da libertad para servir sin miedo al fracaso.
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Cuando Dios llama y nosotros respondemos
Cuando Jeremías respondió:
- No cambió la nación
- No evitó el juicio
- No fue popular
Pero cumplió el propósito de Dios para su vida. Y eso es suficiente. Al final de nuestra vida, la pregunta no será:
- ¿Fuiste famoso?
- ¿Fuiste exitoso?
Sino: ¿Fuiste fiel?
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Llamado final al lector
Tal vez hoy Dios te está llamando a:
- Volver a Él
- Servir nuevamente
- Hablar cuando has callado
- Obedecer donde has pospuesto
Y tal vez ya tienes una excusa preparada. Recuerda esto:
Dios no llama a los capacitados; capacita a los que llama
No esperes sentirte listo. No esperes el momento ideal. Tampoco esperes que desaparezca el temor.
Responde hoy. Porque cuando Dios llama y el hombre obedece, el cielo respalda, la verdad prevalece y el propósito se cumple, aun en medio de la oposición.
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Conclusión sobre las 5 Excusas de Jeremías
Cuando Dios llama, la excusa revela el corazón, pero la obediencia revela la fe
La historia de Jeremías nos deja una verdad imposible de ignorar: Dios no llama a personas sin excusas, llama a personas dispuestas a enfrentarlas. Jeremías no fue escogido porque fuera seguro, elocuente o experimentado; fue escogido porque, aun temblando, decidió creer más en la palabra de Dios que en sus propias limitaciones. Sus excusas no lo descalificaron, pero habrían frustrado el propósito si hubieran detenido su obediencia.
Cada excusa que presentamos delante de Dios es, en el fondo, una revelación de aquello en lo que más confiamos: si en nuestras fuerzas, en nuestras circunstancias o en nuestras percepciones. Sin embargo, el llamado divino siempre nos empuja a un terreno donde la única seguridad real es la presencia de Dios. Allí aprendemos que no somos suficientes, pero Él sí lo es; que no estamos preparados, pero Él equipa; que no controlamos los resultados, pero Él gobierna el propósito.
Jeremías nos enseña que obedecer no elimina el conflicto, pero garantiza la fidelidad de Dios. No todos los llamados terminan en aplausos, pero todos los llamados obedecidos terminan en cumplimiento. Al final, la pregunta decisiva no es si tenemos excusas legítimas, sino si estamos dispuestos a dejar que la voz de Dios tenga más peso que nuestros temores.
Porque cuando Dios llama y el hombre responde, aun con debilidad, el propósito avanza, la verdad prevalece y la obediencia se convierte en un acto de fe que glorifica a Dios.
Las excusas de Jeremías no lo descalificaron. La fidelidad de Dios lo sostuvo.
Que este estudio no sea solo información bíblica, sino una confrontación personal. Dios sigue diciendo:
“Antes que te formase… te conocí”
La pregunta final no es si Dios llama. La pregunta es: ¿Qué harás tú cuando Él te llame?