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Muchos son los llamados y pocos los escogidos (Reflexión)

Muchos son los llamados y pocos los escogidos

Introducción: una frase que sacude el corazón

“Muchos son los llamados y pocos los escogidos” es una de las frases más conocidas, citadas y, al mismo tiempo, más incomprendidas de toda la Biblia. Aparece en labios de Jesús y tiene la fuerza de una sentencia que atraviesa generaciones, culturas y contextos espirituales. No es una afirmación ligera ni una expresión poética sin consecuencias; es una verdad profunda que confronta la manera en que entendemos el llamado de Dios, la salvación, la obediencia y la responsabilidad humana.

Esta frase nos incomoda porque rompe con la idea cómoda de que basta con escuchar, asistir o declararse creyente para estar automáticamente en el favor divino. Jesús, con su pedagogía directa y a veces desconcertante, deja claro que existe una diferencia radical entre ser llamado y ser escogido. Esta distinción es el eje central de este artículo y será explorada con profundidad bíblica, teológica y espiritual.

A lo largo de este estudio veremos el contexto bíblico de la frase, su significado original, las implicaciones prácticas para la vida cristiana y los peligros de malinterpretarla. También analizaremos cómo esta verdad se aplica hoy, en una época donde abundan los mensajes de gracia sin compromiso y espiritualidad sin transformación.

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El contexto bíblico de la frase

La expresión “Muchos son los llamados y pocos los escogidos” aparece específicamente en el Evangelio de Mateo, capítulo 22, versículo 14. Jesús la pronuncia al final de la parábola del banquete de bodas.

La parábola del banquete de bodas (Mateo 22:1–14)

En esta parábola, Jesús compara el reino de los cielos con un rey que prepara un banquete de bodas para su hijo. El rey envía a sus siervos a llamar a los invitados, pero estos rechazan la invitación. Algunos la ignoran, otros maltratan y matan a los mensajeros. Como consecuencia, el rey castiga a los rebeldes y extiende la invitación a otros, a todos los que encuentren en los caminos, buenos y malos.

La sala del banquete finalmente se llena. Sin embargo, cuando el rey entra y ve a los invitados, encuentra a uno que no lleva el traje de bodas. Al preguntarle por qué no lo tiene, el hombre queda sin respuesta. El rey ordena que sea expulsado a las tinieblas exteriores. Entonces Jesús concluye con la frase: “Porque muchos son los llamados, y pocos los escogidos.”

Una invitación universal con una respuesta personal

El banquete representa el reino de Dios; la invitación simboliza el llamado divino; los siervos son los mensajeros; el traje de bodas representa la justicia, la transformación o la preparación espiritual adecuada. El mensaje central es claro: Dios llama a muchos, pero no todos responden correctamente ni permanecen fieles al llamado.

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¿Qué significa ser llamado?

Para entender esta frase, es indispensable definir qué significa el llamado en términos bíblicos.

El llamado como invitación divina

En la Escritura, el llamado de Dios es una invitación abierta. Dios llama a la humanidad al arrepentimiento, a la comunión, a la salvación y al servicio. Este llamado se manifiesta de múltiples maneras:

  • A través de la predicación del evangelio
  • Mediante la conciencia
  • Por medio de circunstancias
  • A través de la Palabra escrita
  • Mediante el testimonio de otros creyentes

El llamado es amplio, generoso y misericordioso. Dios no se deleita en excluir, sino en invitar. Como dice 1 Timoteo 2:4, Dios “quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad”.

Llamados no significa comprometidos

Uno de los errores más comunes es asumir que haber sido llamado equivale automáticamente a estar aprobado por Dios. Sin embargo, la Biblia muestra claramente que muchas personas escucharon el llamado y aun así rechazaron obedecerlo.

Israel fue llamado como pueblo escogido, pero muchas veces endureció su corazón. Los fariseos conocían la Ley, pero no reconocieron al Mesías. Judas fue llamado como discípulo, pero traicionó a Jesús. El llamado no anula la libertad humana ni garantiza fidelidad.

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¿Qué significa ser escogido?

Si el llamado es la invitación, la elección tiene que ver con la respuesta.

La elección como resultado de una respuesta genuina

Ser escogido no implica favoritismo arbitrario, sino una relación profunda entre la gracia de Dios y la respuesta humana. En la parábola, muchos entraron al banquete, pero solo aquellos que aceptaron las condiciones del rey permanecieron.

El traje de bodas no era un lujo opcional, sino un requisito. Simboliza la justicia de Cristo, el arrepentimiento auténtico y la transformación del corazón. Ser escogido implica aceptar la gracia y permitir que esa gracia nos transforme.

Elección y responsabilidad

La Biblia presenta la elección divina junto con la responsabilidad humana. No son conceptos opuestos, sino complementarios. Dios escoge, pero el ser humano responde. Dios llama, pero el ser humano decide obedecer.

Jesús dijo: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre” (Mateo 7:21). Esta declaración refuerza la idea de que la obediencia es evidencia de haber sido escogido.

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El peligro de una fe superficial

Uno de los mensajes más contundentes y confrontativos de la declaración “Muchos son los llamados y pocos los escogidos” es la seria advertencia contra una fe superficial. Jesús no pronuncia esta frase para generar miedo infundado, sino para despertar conciencias adormecidas y desenmascarar una religiosidad que aparenta vida espiritual, pero carece de transformación verdadera.

La fe superficial es peligrosa porque produce una falsa seguridad. Hace creer a la persona que está bien con Dios cuando, en realidad, su corazón permanece lejos de Él. Es una fe que escucha, pero no obedece; que confiesa, pero no se rinde; que participa externamente, pero no se deja moldear internamente.

Cristianismo cultural vs. cristianismo genuino

En muchas sociedades, especialmente aquellas con una larga tradición cristiana, el cristianismo ha dejado de ser una experiencia espiritual profunda para convertirse en una identidad cultural. Se nace en un contexto “cristiano”, se heredan costumbres religiosas, se conocen expresiones bíblicas y se participa en celebraciones litúrgicas, pero todo esto puede ocurrir sin un encuentro real con Cristo.

El cristianismo cultural se caracteriza por:

  • Conocer a Dios solo de oídas, pero no por relación
  • Asistir a la iglesia por costumbre y no por convicción
  • Adoptar un lenguaje cristiano sin una vida coherente
  • Defender valores cristianos sin vivir bajo el señorío de Cristo

Jesús confrontó directamente este tipo de fe cuando citó al profeta Isaías: “Este pueblo de labios me honra; mas su corazón está lejos de mí” (Mateo 15:8). Aquí se evidencia una religiosidad externa que no ha tocado lo más profundo del ser humano.

El cristianismo genuino, en contraste, nace de un nuevo nacimiento, produce fruto visible y transforma la manera de pensar, hablar y vivir. No es perfecto, pero sí auténtico. No se basa en apariencias, sino en una relación viva con Dios.

La parábola del banquete revela con claridad esta verdad: estar dentro no siempre significa pertenecer verdaderamente. El invitado sin traje estaba físicamente en el salón, compartía el espacio con los demás, pero no estaba preparado ni alineado con las condiciones del rey. Su presencia no equivalía a aprobación.

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La gracia barata: Un evangelio sin cruz

El teólogo Dietrich Bonhoeffer acuñó el término “gracia barata” para describir una distorsión peligrosa del evangelio: una gracia sin arrepentimiento, sin cruz, sin obediencia y sin discipulado. Es una gracia que perdona sin transformar y que promete salvación sin confrontar el pecado.

La gracia barata enseña, explícita o implícitamente, que:

  • No importa cómo se viva, mientras se haya hecho una confesión de fe
  • El arrepentimiento no es necesario, solo una aceptación intelectual
  • El seguimiento de Cristo es opcional y no esencial

Esta visión reduce el evangelio a una simple invitación sin consecuencias. Sin embargo, Jesús nunca presentó la gracia de esa manera. Él dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame” (Lucas 9:23).

Jesús enseña que la gracia es gratuita, pero no es barata. Es gratuita porque no puede comprarse ni ganarse por méritos humanos, pero no es barata porque costó la sangre del Hijo de Dios. Y precisamente porque costó tanto, exige una respuesta seria, reverente y comprometida.

Aceptar la gracia implica rendir la vida. No significa perfección instantánea, pero sí una dirección clara: morir al viejo hombre y vivir para Cristo. La fe superficial quiere los beneficios del reino sin someterse al Rey.

Muchos llamados en la Biblia: ejemplos claros y aleccionadores

La Escritura está llena de ejemplos que confirman esta verdad: el llamado de Dios es amplio, pero la respuesta fiel es menos común.

El pueblo de Israel

Israel fue llamado por Dios como nación santa, pueblo escogido y portador del pacto. Sin embargo, la historia bíblica muestra repetidamente que no todos los israelitas vivieron conforme a ese llamado. Muchos participaron de los rituales, pero endurecieron su corazón.

El apóstol Pablo lo explica con claridad: “No todos los que descienden de Israel son israelitas” (Romanos 9:6). Es decir, no todos los que pertenecen externamente al pueblo de Dios lo son internamente. El llamado nacional no garantizó fidelidad personal.

Este ejemplo revela que la herencia espiritual no sustituye la obediencia. Nadie es salvo por tradición, linaje o contexto religioso.

Los discípulos

Jesús llamó a doce hombres para caminar con Él de manera íntima. Todos escucharon las mismas enseñanzas, vieron los mismos milagros y recibieron las mismas oportunidades. Sin embargo, no todos respondieron igual.

Judas Iscariote fue llamado, enviado, instruido y usado en el ministerio, pero su corazón nunca fue transformado. Caminó con Jesús, pero no se rindió a Él. Fue llamado, pero no fue escogido para vida eterna.

Este caso es especialmente impactante porque demuestra que la cercanía física o ministerial con lo sagrado no garantiza una fe genuina. Es posible estar cerca de Jesús y, aun así, lejos de Él en el corazón.

Las iglesias del Apocalipsis

En el libro de Apocalipsis, Jesús se dirige a iglesias completas, no solo a individuos. Sin embargo, dentro de esas comunidades distingue entre los fieles y los infieles. Aun dentro de comunidades cristianas hay llamados que no responden plenamente.

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El traje de bodas: símbolo de transformación

El elemento más impactante, solemne y revelador de la parábola del banquete de bodas es el traje de bodas. Jesús no centra el juicio final en la invitación, ni siquiera en la asistencia al banquete, sino en la condición espiritual del invitado. Esto deja claro que el Reino de Dios no se trata solo de haber sido convocado, sino de cómo se responde al llamado.

El traje de bodas funciona como un símbolo poderoso de la obra interna que Dios realiza en quienes verdaderamente pertenecen a su Reino. No es un simple requisito externo, ni una formalidad religiosa, sino la evidencia visible de una transformación real. En la parábola, el invitado está dentro del salón, rodeado de otros comensales, pero su falta de vestidura revela que su presencia no equivale a aprobación.

No se entra al reino en nuestras propias condiciones

El invitado no fue expulsado por no haber sido llamado. Tampoco fue rechazado por su origen, por su pasado o por su posición social. Fue expulsado por algo mucho más profundo: pretendió participar del banquete sin someterse a las condiciones del rey.

Esto enseña una verdad fundamental del evangelio: no podemos acercarnos a Dios en nuestros propios términos. No somos nosotros quienes definimos cómo debe ser la relación con Él, ni qué requisitos son negociables. Dios es el Rey, Él establece las condiciones, y el ser humano responde en humildad y obediencia.

El invitado sin traje representa a quienes desean los beneficios del Reino —perdón, paz, esperanza, vida eterna— pero rechazan su autoridad. Es la actitud de quien quiere un Salvador, pero no un Señor; de quien acepta la invitación, pero no la transformación.

Esta escena confronta directamente la idea moderna de una fe cómoda y personalizada, donde cada uno define su propia espiritualidad. La parábola afirma con claridad que el Reino de Dios no se adapta al ser humano; es el ser humano quien debe ser transformado para entrar en él.

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El traje representa una obra integral de Dios en la vida del creyente

El traje de bodas no simboliza un solo aspecto de la vida cristiana, sino una obra completa de gracia que comienza en el corazón y se manifiesta en la vida. Puede entenderse a través de cuatro dimensiones esenciales:

Arrepentimiento sincero

El primer aspecto del traje es el arrepentimiento genuino. No se trata de un remordimiento superficial ni de una emoción pasajera, sino de un cambio profundo de mente, dirección y actitud delante de Dios. El arrepentimiento verdadero reconoce el pecado, lo aborrece y decide apartarse de él.

Sin arrepentimiento no hay entrada real al Reino, porque el arrepentimiento es la puerta de acceso a la gracia. El invitado sin traje nunca mostró evidencia de haber cambiado; quiso permanecer tal como era, sin reconocer la necesidad de ser transformado. Una fe sin arrepentimiento es una fe incompleta y engañosa.

Justicia imputada por Cristo

El traje también representa la justicia imputada por Cristo. Ningún ser humano puede presentarse delante de Dios con méritos propios. La Escritura enseña que nuestras mejores obras no alcanzan el estándar de la santidad divina.

Vestirse con el traje de bodas significa aceptar, por fe, la justicia de Cristo como única base de nuestra aceptación ante Dios. Es ser revestido de Cristo, depender totalmente de su obra redentora y renunciar a toda confianza en la justicia propia. El traje no se fabrica, se recibe.

Santidad progresiva

Aunque la justicia es recibida de manera inmediata, la santidad es un proceso continuo. El traje no solo cubre el pasado, sino que transforma el presente. Quien ha sido justificado comienza un camino de crecimiento espiritual donde el Espíritu Santo trabaja de manera constante.

La santidad progresiva no implica perfección absoluta, pero sí una nueva dirección de vida. Es una lucha diaria contra el pecado, un deseo creciente de agradar a Dios y una sensibilidad cada vez mayor a su voluntad. El traje se manifiesta en una vida que ya no se conforma con vivir como antes.

Vida transformada

El resultado visible del traje de bodas es una vida transformada. No se trata de una apariencia externa ni de una conducta religiosa artificial, sino de una renovación interna que inevitablemente se refleja en las decisiones, las palabras y las relaciones.

Donde hay transformación, hay fruto. Donde hay fruto, hay evidencia de una fe viva. Jesús mismo afirmó que los verdaderos discípulos serían conocidos por sus frutos. El traje no es invisible; se nota en la manera de vivir.

Silencio que condena

Uno de los momentos más solemnes de la parábola ocurre cuando el rey pregunta al invitado: “Amigo, ¿Cómo entraste aquí sin traje de bodas?”. El relato bíblico dice que el hombre enmudeció. No respondió, no se defendió, no ofreció excusa alguna.

Este silencio es profundamente revelador. Representa el momento en que toda justificación humana queda anulada delante de la santidad de Dios. No habrá argumentos culturales, religiosos o emocionales que puedan sostener una vida sin obediencia.

El silencio del invitado indica que sabía que debía estar vestido, pero decidió no hacerlo. No fue ignorancia, fue negligencia. No fue falta de oportunidad, fue rechazo de la provisión del rey. Delante de Dios, el problema no será la falta de información, sino la falta de respuesta.

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Implicaciones prácticas para la vida cristiana

La enseñanza del traje de bodas no es solo doctrinal; es profundamente práctica y personal. Jesús contó esta parábola para confrontar el corazón de cada oyente.

Examinar nuestra fe

La frase de Jesús nos invita a examinarnos con honestidad espiritual. No desde el miedo paralizante, sino desde una fe madura y responsable. El apóstol Pablo exhorta: “Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe” (2 Corintios 13:5).

Examinar la fe no significa vivir dudando constantemente de la salvación, sino evaluar si nuestra vida refleja la obra transformadora de Cristo. La fe genuina produce evidencias, aunque imperfectas.

Perseverar hasta el final

La elección se manifiesta en la perseverancia. No en la perfección, sino en la fidelidad. Jesús declaró: “El que persevere hasta el fin, este será salvo” (Mateo 24:13).

Perseverar implica permanecer firmes, levantarse después de caer y continuar caminando en obediencia. El traje no se abandona a mitad del camino; se valora, se cuida y se honra.

Vivir el llamado con reverencia

Ser llamado al Reino de Dios es un privilegio inmenso. Responder adecuadamente es una responsabilidad sagrada. La vida cristiana no es un evento aislado, es un camino continuo.

Vivir el llamado con reverencia significa entender el valor de la gracia recibida y responder con una vida rendida. Quien comprende el significado del traje de bodas no lo desprecia, sino que lo guarda con gratitud, obediencia y temor de Dios.

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Una advertencia y una esperanza

La frase “Muchos son los llamados y pocos los escogidos” funciona como un doble mensaje: es advertencia y esperanza a la vez. Advierte sobre la complacencia espiritual, sobre la tendencia humana a contentarse con una fe superficial o una religiosidad externa que no transforma el corazón. Pero al mismo tiempo, ofrece la certeza y la esperanza firme de que todo aquel que responde con fe genuina, obediencia sincera y un corazón rendido es aceptado por Dios.

No se trata de vivir con temor paralizante, sino con reverencia profunda y respeto por la santidad y la gracia divina. No se trata de ganar la salvación mediante obras, sino de manifestar la salvación a través de una vida transformada, evidenciando en cada acción y decisión que la gracia ha obrado poderosamente en nuestro interior.

Conclusión: responder al llamado hoy

Cada vez que escuchamos el evangelio, somos llamados. Cada vez que la Palabra confronta nuestro corazón, somos invitados al banquete celestial. La verdadera pregunta no es si hemos sido llamados, sino cómo estamos respondiendo al llamado. La diferencia entre los muchos y los pocos no reside en el amor de Dios, que es perfecto y abundante, sino en la respuesta consciente y deliberada de cada corazón humano.

Dios sigue llamando hoy, sin excepción. La mesa sigue preparada, y el traje sigue disponible gracias a la gracia redentora de Cristo. Lo que Él busca no es conformidad superficial, sino una vida plenamente rendida y transformada, que refleje el carácter de Cristo en pensamiento, palabra y obra.

Que este mensaje trascienda la mera reflexión teológica y se convierta en un llamado personal, urgente y profundo a vivir una fe auténtica y transformadora. Al final, no bastará con haber escuchado la invitación; lo que realmente contará será haber respondido con un corazón rendido a Dios, vestido con su justicia y comprometido a caminar en obediencia y santidad cada día.

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