Introducción: Un clamor que atraviesa los siglos
En uno de los pasajes más solemnes y confrontativos del libro de Ezequiel, en el cual se nos habla de hacer vallado y ponerse en la brecha, Dios pronuncia una declaración que revela tanto su justicia como su misericordia:
“Y busqué entre ellos hombre que hiciese vallado y que se pusiese en la brecha delante de mí, a favor de la tierra, para que yo no la destruyese; y no lo hallé” (Ezequiel 22:30).
Estas palabras no solo describen la condición espiritual de Jerusalén en aquel tiempo, sino que constituyen un llamado eterno que sigue resonando en cada generación. Dios buscó a alguien que intercediera, que se colocara entre el juicio y el pueblo, que levantara muros espirituales donde el pecado había abierto brechas peligrosas. Sin embargo, no lo halló.
Este texto nos introduce a una verdad profunda: cuando el pecado derriba los muros espirituales de una nación, una familia o una vida, Dios busca intercesores, hombres y mujeres dispuestos a hacer vallado y pararse en la brecha. La ausencia de tales personas trae consecuencias devastadoras; su presencia, en cambio, puede cambiar el destino de muchos.
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Ezequiel 22: Jerusalén, una ciudad sin vallado
El capítulo 22 del libro de Ezequiel es una acusación directa y detallada contra Jerusalén, a la cual Dios llama “ciudad derramadora de sangre”. No se trata de pecados aislados o fallas ocasionales, sino de una corrupción generalizada que había contaminado todos los estratos de la sociedad.
Entre los pecados denunciados se encuentran el asesinato, la idolatría, la desobediencia a los padres, la opresión al extranjero, la injusticia social contra viudas y huérfanos, la extorsión, la profanación del día de reposo y de las cosas santas, así como la inmoralidad sexual, el adulterio y la lujuria. Todo esto evidenciaba un abandono deliberado de la ley de Dios.
El rechazo de Dios condujo a Jerusalén a un colapso espiritual total. El pueblo se hundió en el pecado hasta el punto de olvidarse completamente de su Creador. Cuando una sociedad pierde el temor de Dios, inevitablemente pierde también sus muros de protección espiritual.
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El pecado abre brechas espirituales
La Escritura muestra con claridad que el pecado no solo mancha la conciencia, sino que derriba muros espirituales. En Ezequiel 22, la condición moral de Jerusalén había producido una brecha que dejaba a la ciudad vulnerable al juicio divino.
Ezequiel profetiza no solo el castigo inmediato, sino también la dispersión futura del pueblo al declarar:
“Te dispersaré por las naciones, y te esparciré por las tierras; y haré fenecer de ti tu inmundicia” (Ezequiel 22:15).
La brecha espiritual no fue reparada a tiempo, y el vallado no fue levantado. Por esa razón, Jerusalén quedó expuesta a la invasión babilónica, descrita simbólicamente como el fuego del furor de Dios:
“Yo os juntaré y soplaré sobre vosotros en el fuego de mi furor, y en medio de él seréis fundidos”.
Este fuego no representa un arrebato emocional de Dios, sino la respuesta justa al pecado persistente y a la falta de intercesión. Cuando no hay quien se ponga en la brecha, el juicio avanza sin resistencia espiritual.
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Responsabilidad colectiva: todos fallaron
Uno de los aspectos más impactantes de Ezequiel 22 es que ningún grupo queda exento de culpa. Los profetas, sacerdotes, príncipes y el pueblo en general son señalados como responsables (Ezequiel 22:25-29). Es decir, la brecha no fue causada únicamente por líderes corruptos o por un pueblo rebelde, sino por una decadencia espiritual generalizada.
Cuando quienes deben enseñar, guiar y proteger fallan, los muros espirituales se debilitan rápidamente. El liderazgo espiritual sin santidad no edifica vallado; por el contrario, abre portillos por donde entra la destrucción.
La brecha espiritual: significado bíblico
La palabra “brecha” proviene del hebreo “perets”, que significa abertura, fisura o grieta, especialmente en una muralla. En el contexto bíblico, una brecha representa un punto vulnerable, una ruptura en la protección espiritual establecida por Dios.
“Hacer vallado”, por su parte, implica levantar una cerca, un muro, una tapia que sirva como defensa. Espiritualmente, el vallado representa la obediencia, la santidad, la intercesión y la comunión con Dios.
Podemos afirmar entonces que, a causa del pecado de Jerusalén, se había abierto una brecha espiritual profunda, dejando a la ciudad sin muros de protección divina. No había quien se colocara en esa abertura para impedir el avance del juicio.
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La imagen de la ciudad fortificada en la Biblia
La Biblia utiliza frecuentemente la figura de la ciudad fortificada para describir la protección espiritual. Cuando Dios llamó a Jeremías, le dijo:
“Yo te he puesto en este día como ciudad fortificada, como columna de hierro y como muro de bronce…” (Jeremías 1:18).
Esto nos enseña que una vida consagrada a Dios, sostenida por su palabra, puede convertirse en un muro firme contra la oposición espiritual. Donde hay obediencia y temor de Dios, hay vallado; donde hay pecado y descuido espiritual, hay brecha.
El vallado espiritual en la vida de Job
Un ejemplo claro del vallado espiritual es el caso de Job. Satanás mismo reconoció la protección divina que rodeaba su vida cuando dijo a Dios:
“¿No le has cercado alrededor a él y a su casa y a todo lo que tiene?” (Job 1:10).
La palabra “cercado” transmite la idea de un vallado protector, un muro espiritual que impedía el acceso del enemigo. Mientras ese vallado estuvo intacto, Satanás no pudo tocar a Job. Esto revela una verdad fundamental: el vallado espiritual limita la acción del enemigo.
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Los muros: una necesidad humana y espiritual
Desde tiempos antiguos, el ser humano ha construido muros para protegerse. Las ciudades antiguas dependían de murallas para resistir ataques. Incluso fuera del contexto bíblico, encontramos ejemplos históricos como la Gran Muralla China, construida para proteger territorios y poblaciones.
Este principio natural ilustra una verdad espiritual: sin muros, no hay seguridad. Así como una ciudad sin murallas está expuesta al enemigo, una vida sin vallado espiritual queda vulnerable al pecado, a la tentación y a la destrucción.
Un llamado vigente: levantar murallas espirituales hoy
En medio de tiempos difíciles, de crisis moral, espiritual y familiar, sigue siendo necesario levantar murallas espirituales. El pueblo de Dios no puede vivir sin vallado, ni permitir que las brechas permanezcan abiertas.
La Escritura afirma con seguridad:
“El ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen, y los defiende” (Salmos 34:7).
Pero esta promesa se manifiesta plenamente cuando hay temor de Dios, obediencia y personas dispuestas a pararse en la brecha.
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El peligro de aportillar el vallado: cuando la brecha se abre al enemigo
La Escritura advierte claramente sobre las consecuencias de dañar o debilitar los muros de protección. En Eclesiastés 10:8 se declara una verdad espiritual profunda:
“…y al que aportillare vallado, le morderá la serpiente.”
Aportillar significa hacer una abertura, fisura o rotura en un muro, cerca o pared. En tiempos bíblicos, el vallado cumplía una función esencial: impedir la entrada de ladrones, proteger los sembradíos de animales dañinos, y evitar la presencia de serpientes, que representaban un peligro constante.
Espiritualmente, aportillar el vallado equivale a descuidar la vida espiritual, tolerar el pecado, minimizar la santidad y permitir pequeñas concesiones que, con el tiempo, se convierten en brechas abiertas para el enemigo. Ninguna muralla se derrumba de un día para otro; primero se debilita con pequeñas grietas ignoradas.
La advertencia bíblica es clara: donde hay una brecha, hay peligro.
Las zorras, el ladrón y la serpiente: enemigos que entran por la brecha
La Biblia utiliza varias figuras para describir los peligros que entran cuando el vallado es dañado. En Cantares 2:15 se nos exhorta a atrapar:
“…las zorras pequeñas, que echan a perder las viñas…”
Las zorras pequeñas representan pecados aparentemente insignificantes, actitudes no confrontadas, hábitos tolerados que, con el tiempo, destruyen la vida espiritual. No son los grandes pecados los que primero derriban los muros, sino las pequeñas grietas que se dejan sin reparar.
Jesús también advirtió sobre otro enemigo al decir:
“El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir…” (Juan 10:10).
Cuando el vallado espiritual está debilitado, el ladrón entra sin resistencia. Asimismo, Apocalipsis 20:2 identifica claramente a la serpiente:
“…la serpiente antigua, que es el diablo y Satanás…”.
Satanás siempre busca acceso. Su objetivo es encontrar brechas para destruir familias, ministerios, iglesias y naciones. Por eso, la Escritura nos llama no solo a evitar aportillar el vallado, sino a repararlo activamente.
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Busqué hombre que hiciese vallado y se pusiese en la brecha
El clamor de Dios en Ezequiel 22:30 revela tanto su deseo de misericordia como su frustración ante la falta de intercesores:
“Busqué entre ellos hombre que hiciese vallado y que se pusiese en la brecha delante de mí, a favor de la tierra…”
Pararse en la brecha no es una posición cómoda. Implica exponerse, resistir, interceder y confrontar el pecado. Es colocarse entre el juicio y el pueblo, entre la destrucción y la misericordia.
Dios no buscó multitudes, ni ejércitos, ni estructuras religiosas. Buscó un hombre, alguien dispuesto a asumir responsabilidad espiritual por otros. La tragedia del texto no está solo en el pecado de Jerusalén, sino en la frase final: “y no lo hallé”.
¿Qué significa pararse en la brecha según la Biblia?
Bíblicamente, pararse en la brecha significa interceder activamente, levantar muros espirituales mediante la oración, el clamor, el ayuno y la obediencia. Es tomar una postura espiritual a favor de otros, aun cuando estos no lo merezcan.
Pararse en la brecha implica:
- Interceder por la familia, cuando los muros están caídos
- Clamar por la iglesia, cuando la santidad se ha debilitado
- Rogar por la nación, cuando el pecado se normaliza
- Resistir espiritualmente, cuando el enemigo avanza
Dios sigue buscando hombres, mujeres y jóvenes que se coloquen en esa posición espiritual, no para señalar, sino para restaurar y proteger.
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Siclag: un clamor que reparó la brecha
Un ejemplo poderoso de pararse en la brecha lo encontramos en 1 Samuel 30. Cuando David y sus hombres regresaron a Siclag, hallaron la ciudad quemada y a sus familias llevadas cautivas. La reacción fue inmediata:
“Entonces David y la gente que con él estaba alzaron su voz y lloraron, hasta que les faltaron las fuerzas para llorar.” (1 Samuel 30:4).
Este llanto no fue pasivo ni resignado; fue un clamor de intercesión. Después de llorar, David consultó a Dios, preguntando si debía perseguir a los enemigos. La respuesta divina fue clara:
“Síguelos; porque ciertamente los alcanzarás, y de cierto librarás a los cautivos.” (1 Samuel 30:8).
El clamor abrió camino a la dirección divina. David se paró en la brecha por su familia y por la de sus hombres, y el vallado fue restaurado. Recuperaron todo.
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Nehemías: lágrimas que reconstruyeron muros
Otro ejemplo extraordinario es Nehemías. Al escuchar el informe sobre Jerusalén, se le dijo:
“…el muro de Jerusalén derribado, y sus puertas quemadas a fuego.” (Nehemías 1:3).
La reacción de Nehemías fue inmediata y profunda:
“Me senté y lloré, e hice duelo por algunos días, y ayuné y oré delante del Dios de los cielos.” (Nehemías 1:4).
Antes de tomar herramientas para reconstruir muros físicos, Nehemías se paró en la brecha espiritualmente mediante el ayuno, la oración y la confesión. El vallado espiritual fue restaurado primero, y luego los muros materiales se levantaron.
Esto nos enseña que toda restauración visible comienza con una intercesión invisible.
Un llamado personal: cuando los muros están caídos
Si hoy los muros espirituales de nuestra vida, familia o iglesia están derribados, el camino sigue siendo el mismo. No se trata solo de estrategias humanas, sino de una postura espiritual de clamor e intercesión.
Cuando el enemigo ha llevado cautivos nuestros afectos, nuestra paz o nuestra comunión con Dios, es tiempo de llorar, ayunar y clamar hasta recibir dirección divina. Dios sigue respondiendo a quienes se ponen en la brecha con un corazón sincero.
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Dios busca hombres y mujeres que giman y clamen
El llamado de Ezequiel 22:30 no ha perdido vigencia. Dios sigue buscando intercesores que no sean indiferentes al pecado, ni pasivos ante la ruina espiritual.
Es tiempo de levantar vallado, de cerrar las brechas abiertas y de colocarnos delante de Dios a favor de la tierra.
Dios busca hombres que giman y clamen: intercesores en tiempos de juicio
El llamado de Dios a buscar a alguien que hiciera vallado no surge en un vacío. En Ezequiel 22:30 se revela la ausencia de intercesores, pero en Ezequiel 9 se muestra con claridad qué tipo de personas Dios estaba buscando. No se trataba de hombres con posiciones religiosas, ni de personas influyentes políticamente, sino de aquellos que tenían un corazón quebrantado por el pecado del pueblo.
El texto dice:
“Pasa por en medio de la ciudad, por en medio de Jerusalén, y ponles una señal en la frente a los hombres que gimen y que claman a causa de todas las abominaciones que se hacen en medio de ella” (Ezequiel 9:4).
Aquí encontramos una verdad fundamental: Dios distingue entre los indiferentes y los intercesores. Mientras la mayoría se había acostumbrado al pecado, un remanente gemía y clamaba por la condición espiritual de la ciudad.
El gemir y clamar: más que palabras, una carga espiritual
El gemir y clamar mencionados en Ezequiel 9 no describen una oración superficial ni una expresión emocional pasajera. En el lenguaje bíblico, el gemido representa una carga espiritual profunda, una aflicción interna producida por el dolor al ver el pecado, la injusticia y la profanación del nombre de Dios.
Gimieron porque entendían que el pecado no solo destruye al pecador, sino que provoca el juicio de Dios. Clamaron porque sabían que la única esperanza para Jerusalén no era una reforma política, sino una intervención divina.
Este tipo de intercesión nace cuando el corazón del intercesor se alinea con el corazón de Dios. Lo que ofende a Dios comienza a dolerle al hombre, y lo que Dios juzga comienza a afligir al intercesor.
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La señal en la frente: protección para los que se paran en la brecha
El varón vestido de lino con el tintero de escribano recibe la orden de marcar a los que gimen y claman. Esta señal no era un amuleto ni un acto simbólico sin sentido; representaba separación, identificación y preservación.
En el pensamiento hebreo, la frente simboliza la mente, la voluntad y la identidad. Ser marcado en la frente indicaba que estos hombres pertenecían a Dios, pensaban conforme a su voluntad y estaban alineados con su propósito.
Esta señal recuerda otros momentos bíblicos donde Dios protege a un remanente fiel:
- La sangre en los dinteles en Egipto
- El sello de Dios en los siervos en Apocalipsis
- La protección divina sobre Noé y su familia
La enseñanza es clara: quienes se paran en la brecha no solo interceden por otros, sino que también son guardados por Dios.
Los verdugos y el comienzo del juicio por el santuario
A los otros varones se les dio una orden solemne:
“…pasad por la ciudad… y matad; no perdone vuestro ojo… pero todo aquel sobre el cual hubiere señal, no os acercaréis; y comenzaréis por mi santuario…” (Ezequiel 9:5-6).
Aquí se revela un principio espiritual profundo: el juicio de Dios comienza por su casa. El santuario, que debía ser lugar de santidad, se había convertido en un espacio contaminado por la hipocresía y la idolatría.
Esto nos enseña que Dios no ignora el pecado dentro de su pueblo. Antes de juzgar a las naciones, Él confronta primero a aquellos que llevan su nombre. La diferencia entre ser destruido o preservado no estaba en la ubicación geográfica, sino en la postura espiritual.
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Intercesores versus indiferentes
La gran división en Jerusalén no fue entre ricos y pobres, ni entre líderes y pueblo, sino entre los que gemían y los que se conformaban. Los indiferentes convivían con el pecado sin dolor; los intercesores no podían callar ni permanecer pasivos.
La indiferencia espiritual es una de las causas principales de las brechas. Cuando el pecado deja de doler, los muros ya están caídos, aunque aún no se note externamente.
Dios sigue buscando hombres y mujeres que no se adapten al ambiente espiritual de su tiempo, sino que naden contra la corriente, aun cuando eso implique soledad, rechazo o incomprensión.
Ponerse en la brecha: un acto de amor sacrificial
Pararse en la brecha no es un acto de superioridad espiritual, sino de amor sacrificial. El intercesor no ora desde la comodidad, sino desde la carga; no clama desde la crítica, sino desde la compasión.
Moisés es un ejemplo claro. En varias ocasiones se puso literalmente entre Dios y el pueblo. En una de ellas, Dios le dijo que destruiría a Israel y levantaría otra nación, pero Moisés intercedió apelando al nombre y a la gloria de Dios.
Pararse en la brecha es decir: “Si hay juicio, que pase primero por mí; pero salva al pueblo”. Es una actitud que refleja el corazón del mismo Cristo, quien se puso en la brecha definitiva en la cruz.
Cristo: el intercesor supremo y el vallado perfecto
Toda la enseñanza de hacer vallado y ponerse en la brecha encuentra su máxima expresión en Jesucristo. Él no solo intercedió con palabras, sino que se ofreció a sí mismo.
Isaías profetizó:
“Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados…”
Cristo se colocó en la brecha abierta por el pecado de la humanidad y, mediante su sacrificio, levantó un vallado eterno entre la justicia divina y el pecador arrepentido. Hoy, nuestra intercesión es eficaz porque está fundamentada en la obra de Cristo.
Un llamado urgente a nuestra generación
Si Dios buscó un hombre en Jerusalén y no lo halló, la pregunta inevitable es: ¿nos hallará hoy?
¿Habrá quienes giman y clamen por la condición espiritual de la iglesia, la familia y la nación? La restauración espiritual nunca comienza con multitudes, sino con intercesores fieles.
Hombres y mujeres que se pusieron en la brecha a lo largo de la Escritura
Desde Génesis hasta los profetas, la Biblia presenta una línea continua de hombres y mujeres que entendieron que la intercesión no es opcional, sino una responsabilidad espiritual. Cada uno de ellos se convirtió en un vallado viviente en medio de la ruina, deteniendo el juicio o abriendo camino a la misericordia de Dios.
Abraham: intercesión basada en la justicia de Dios
Cuando Dios reveló a Abraham su intención de juzgar a Sodoma y Gomorra, Abraham no guardó silencio. Se acercó a Dios con reverencia, pero también con osadía espiritual, y comenzó a interceder por la ciudad.
Abraham no defendió el pecado de Sodoma, pero apeló al carácter justo de Dios: “¿Destruirás también al justo con el impío?”. Esta intercesión revela que pararse en la brecha no es justificar el pecado, sino clamar para que la justicia y la misericordia se encuentren.
Aunque Sodoma fue finalmente destruida, la intercesión de Abraham permitió la liberación de Lot. Aun cuando el juicio es inevitable, la intercesión puede rescatar vidas.
Moisés: un vallado entre la ira y el pueblo
Moisés representa uno de los ejemplos más claros de alguien que se puso en la brecha de manera repetida. En el episodio del becerro de oro, Dios expresó su intención de destruir a Israel, pero Moisés intercedió con un argumento profundo: la gloria del nombre de Dios delante de las naciones.
Moisés incluso llegó a decir: “Si no, bórrame ahora de tu libro que has escrito”. Esta expresión revela el nivel máximo de intercesión: ofrecerse a sí mismo para salvar a otros. No es casualidad que Moisés fuera descrito como el hombre más manso de la tierra; la mansedumbre es una característica esencial del verdadero intercesor.
Aarón: ponerse literalmente en la brecha
En Números 16, durante la rebelión de Coré, la mortandad comenzó a avanzar entre el pueblo. Moisés ordenó a Aarón que tomara el incensario y corriera en medio de la congregación. El texto dice que Aarón:
“…se puso entre los muertos y los vivos; y cesó la mortandad.”
Esta escena es una imagen poderosa de lo que significa pararse en la brecha. Aarón se colocó físicamente entre la muerte y la vida, ofreciendo incienso, símbolo de la oración. Aquí vemos que la intercesión detiene el avance del juicio cuando Dios así lo permite.
Mujeres que se pusieron en la brecha
La Biblia también destaca a mujeres que entendieron el poder de la intercesión.
La mujer sirofenicia rompió barreras culturales, religiosas y sociales para clamar por su hija. Su insistencia no fue arrogancia, sino fe perseverante. Su clamor abrió una brecha de misericordia donde parecía no haber esperanza.
Ester, por su parte, se puso en la brecha no solo con palabras, sino con ayuno y riesgo personal. Ella entendió que guardar silencio era permitir la destrucción de su pueblo. Su famosa declaración —“si perezco, que perezca”— revela la esencia del intercesor: arriesgarse por el bien de otros.
La intercesión como responsabilidad generacional
Uno de los aspectos más profundos del concepto de vallado es su dimensión generacional. Cuando una generación no se para en la brecha, las siguientes heredan muros caídos y brechas abiertas.
La Escritura muestra repetidamente que el pecado no confrontado produce consecuencias que alcanzan a hijos y nietos. Por eso, levantar vallado hoy no solo protege el presente, sino que preserva el futuro.
Padres que oran, madres que interceden, líderes que claman, jóvenes que se consagran: todos ellos se convierten en muros espirituales para las generaciones venideras.
Reparadores de portillos: Isaías 58 y el ayuno verdadero
Isaías 58 introduce una dimensión clave del vallado espiritual: el ayuno conforme al corazón de Dios. El texto dice:
“Y los tuyos edificarán las ruinas antiguas; los cimientos de generación y generación levantarás, y serás llamado reparador de portillos, restaurador de calzadas para habitar.”
Este pasaje revela que la restauración espiritual está directamente ligada a una vida de consagración genuina. El ayuno que agrada a Dios no es ritual vacío, sino una vida alineada con la justicia, la misericordia y la obediencia.
El “reparador de portillos” no solo ora, sino que vive conforme a la verdad. No se puede levantar vallado con manos contaminadas; la santidad personal es parte esencial de la intercesión eficaz.
Cristo y la iglesia: continuadores del ministerio de la brecha
Jesucristo se puso en la brecha de manera perfecta, pero hoy su iglesia ha sido llamada a continuar ese ministerio intercesor. No para repetir la obra redentora, sino para aplicar sus efectos mediante la oración, la predicación y la santidad.
La iglesia que no intercede deja abiertas las brechas. La iglesia que se humilla, ora y busca el rostro de Dios se convierte en un vallado para su ciudad y su nación.
Un llamado final que no puede ser ignorado
“Hacer vallado y ponerse en la brecha” no es un concepto poético, sino una misión espiritual urgente. El pecado sigue abriendo brechas, pero Dios sigue buscando intercesores.
La pregunta permanece abierta: ¿Seremos parte de la generación que permitió que los muros cayeran, o de aquella que se levantó para repararlos?
Cómo levantar vallado espiritual hoy: aplicaciones prácticas y bíblicas
Después de comprender el significado bíblico de hacer vallado y ponerse en la brecha, surge una pregunta inevitable: ¿cómo se vive esta verdad en la práctica diaria? La Escritura no presenta la intercesión como una idea abstracta, sino como una disciplina espiritual que se cultiva con intención, perseverancia y santidad.
Levantar vallado espiritual hoy implica restaurar aquello que el pecado, la indiferencia o la negligencia han derribado. No se trata de fórmulas místicas, sino de principios espirituales claramente establecidos en la Palabra de Dios.
1. Levantar vallado en la vida personal
Toda brecha externa comienza con una grieta interna. Por eso, el primer lugar donde debe levantarse vallado es en el corazón del creyente. La santidad personal no es legalismo, sino protección espiritual.
La vida devocional constante —oración, lectura de la Palabra, ayuno y obediencia— actúa como un muro firme que resiste la tentación. Cuando estas disciplinas se descuidan, el vallado se debilita y el enemigo encuentra acceso.
El salmista entendió esto cuando oró: “Examina, oh Dios, mi corazón”. El intercesor comienza parándose en la brecha de su propia alma, cerrando portillos de pecado, orgullo, falta de perdón o conformismo espiritual.
2. Levantar vallado en la familia
La familia es uno de los principales objetivos del enemigo. Cuando el vallado familiar se derriba, entran la división, la frialdad espiritual y la confusión. Dios busca padres y madres que se conviertan en intercesores constantes por su hogar.
Orar por los hijos, ungirlos, enseñarles la Palabra y modelar una vida piadosa es una forma concreta de hacer vallado. El vallado familiar no se levanta solo con palabras, sino con ejemplo, coherencia y perseverancia espiritual.
Las Escrituras muestran que cuando un hombre o una mujer se para en la brecha por su casa, Dios responde. El intercesor familiar actúa como un muro que protege a las generaciones futuras.
3. Levantar vallado en la iglesia
La iglesia no es un edificio, sino un cuerpo espiritual. Cuando el vallado espiritual se debilita dentro de la congregación, aparecen el pecado tolerado, la falta de discernimiento y la pérdida de la presencia de Dios.
Dios busca líderes y miembros que no se conformen con la rutina religiosa, sino que giman y clamen por la santidad, la unidad y el mover del Espíritu Santo. La intercesión congregacional restaura el vallado y trae avivamiento.
Una iglesia que ora es una iglesia protegida. Una iglesia que deja de orar queda expuesta.
4. Levantar vallado por la ciudad y la nación
Ezequiel 22:30 declara que Dios buscaba un intercesor “a favor de la tierra”. Esto nos enseña que la intercesión no debe limitarse a lo personal, sino extenderse a lo colectivo.
Orar por las autoridades, por la justicia, por la conversión de los pecadores y por el arrepentimiento nacional es parte del llamado de ponerse en la brecha. Las naciones no caen de un día para otro; primero caen sus muros espirituales.
Cuando la iglesia intercede, Dios puede detener juicios, traer misericordia y abrir puertas de restauración.
El precio y la recompensa de pararse en la brecha
Pararse en la brecha tiene un costo. Implica tiempo, sacrificio, lágrimas y, muchas veces, incomprensión. El intercesor carga con dolores que otros ignoran y ora por situaciones que parecen imposibles.
Sin embargo, la recompensa es mayor. Dios honra a quienes se alinean con su corazón. A los que hacen vallado, Dios los llama reparadores de portillos. A los que claman, Dios los marca para preservación espiritual.
La Escritura enseña que Dios revela sus secretos a quienes tienen intimidad con Él. El intercesor no solo protege a otros, sino que crece en discernimiento, autoridad espiritual y comunión profunda con Dios.
Advertencia solemne: cuando no hay quien se pare en la brecha
Ezequiel 22:30 termina con una frase estremecedora: “y no lo hallé”. Esta declaración nos confronta con una realidad dolorosa: cuando nadie intercede, el juicio avanza sin resistencia.
Dios no se complace en destruir; Él busca oportunidades para mostrar misericordia. Pero cuando no hay vallado ni intercesión, la brecha permanece abierta.
Esta advertencia no es para generar temor, sino responsabilidad espiritual. Dios sigue buscando, sigue llamando, sigue esperando intercesores.
Conclusión: un llamado urgente e ineludible
“Hacer vallado y ponerse en la brecha” es más que un tema bíblico; es un llamado urgente para nuestra generación. Vivimos tiempos donde los muros espirituales han sido debilitados por el pecado normalizado, la indiferencia espiritual y la falta de intercesión.
Dios no busca perfección, sino disponibilidad. No busca multitudes, sino corazones dispuestos. Un solo intercesor puede marcar la diferencia entre la destrucción y la restauración.
Hoy, como en los días de Ezequiel, Dios sigue diciendo: “Busqué hombre…”. La pregunta final no es si hay brechas, porque las hay. La pregunta es: ¿Estaremos dispuestos a pararnos en ellas?