Portada » Vida cristiana y Reflexiones » Evangelismo y Misiones » El evangelio es poder de Dios: significado de Romanos 1:16

El evangelio es poder de Dios: significado de Romanos 1:16

Publicidad

Romanos 1:16 contiene una de las afirmaciones más poderosas del apóstol Pablo acerca del evangelio:

“Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego”.

Pablo no presenta el evangelio como una filosofía moral, una tradición religiosa ni una colección de consejos para vivir mejor. Lo llama “poder de Dios para salvación”.

Esta declaración une varias verdades fundamentales. El evangelio tiene su centro en Jesucristo, anuncia su muerte y resurrección, revela la justicia de Dios, llama a la fe, produce una respuesta obediente y transforma la vida de quienes lo reciben.

Además, Romanos 1:16 no puede separarse del versículo siguiente:

“Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá” (Romanos 1:17).

Pablo podía decir no me avergüenzo del evangelio porque sabía que detrás del mensaje que proclamaba no estaba simplemente la capacidad del predicador. Dios estaba obrando para salvar mediante las buenas nuevas de Jesucristo.

El contexto de Romanos 1:16-17: Pablo estaba preparado para predicar el evangelio

Antes de llegar a Romanos 1:16, Pablo ya ha explicado de qué evangelio está hablando.

En Romanos 1:1 se presenta como:

“apartado para el evangelio de Dios”.

Luego afirma que ese evangelio es:

“acerca de su Hijo” (Romanos 1:3).

Y en Romanos 1:4 menciona la resurrección de Jesucristo de los muertos.

Desde los primeros versículos, entonces, el evangelio aparece centrado en Cristo.

Pablo también afirma que recibió gracia y apostolado:

“para la obediencia a la fe en todas las naciones por amor de su nombre” (Romanos 1:5).

Más adelante declara que se considera deudor tanto a griegos como a no griegos, a sabios y a no sabios, y concluye:

“Así que, en cuanto a mí, pronto estoy a anunciaros el evangelio también a vosotros que estáis en Roma” (Romanos 1:15).

Entonces viene la razón:

“Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación”.

La secuencia es importante. Pablo ha recibido un mensaje acerca de Jesucristo, ha sido enviado a las naciones y está dispuesto a proclamarlo porque conoce su poder salvador.

“Al judío primeramente, y también al griego”

El evangelio no estaba limitado a un grupo étnico, cultural o social.

La historia de la salvación había avanzado mediante Israel y las promesas dadas en las Escrituras, pero las buenas nuevas debían alcanzar también a los gentiles.

Pablo desarrollará esta realidad a lo largo de Romanos. Judíos y gentiles están bajo pecado (Romanos 3:9), todos han pecado (Romanos 3:23) y la misma gracia de Dios alcanza a quienes creen.

Por eso el evangelio atraviesa fronteras.

No existe una clase de personas demasiado cultas para necesitarlo ni otra demasiado sencilla para comprender su llamado fundamental.

No existe una nación que pueda salvarse mediante su historia religiosa.

No existe un pecador que pueda presentar su linaje como sustituto de la gracia.

El evangelio es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree.

¿Qué significa que el evangelio es “poder de Dios”?

La palabra traducida como “poder” en Romanos 1:16 es el término griego dýnamis (δύναμις), utilizado en el Nuevo Testamento para hablar de poder, capacidad o fuerza efectiva.

Pablo no está describiendo una energía impersonal.

El poder pertenece a Dios.

El evangelio es poderoso porque anuncia la obra mediante la cual Dios salva y porque Dios actúa conforme a ese mensaje en quienes creen.

Primera de Corintios 1:18 utiliza una expresión paralela:

“Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios”.

La fuerza no se encuentra en repetir ciertas palabras como una fórmula. Tampoco está en la habilidad emocional del predicador.

El poder está en Dios y en la obra salvadora que el evangelio anuncia.

El evangelio hace lo que la capacidad humana no puede hacer

La educación puede transmitir conocimiento.

Las leyes pueden limitar determinadas conductas.

La disciplina puede ayudar a formar hábitos.

La filosofía puede formular preguntas importantes acerca de la existencia.

Pero ninguna de ellas puede quitar el pecado, reconciliar al ser humano con Dios, producir el nuevo nacimiento ni levantar a los muertos en el día final.

El evangelio anuncia precisamente lo que el ser humano no podía hacer por sí mismo:

Dios actuó para salvar.

Romanos 5:6 dice que:

“Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos”.

La salvación no comenzó con nuestra capacidad.

Comenzó con la iniciativa misericordiosa de Dios.

El poder del evangelio está centrado en Jesucristo

La pregunta qué es el evangelio encuentra una respuesta especialmente clara en 1 Corintios 15:1-4. Pablo recuerda a los creyentes el evangelio que había predicado y resume sus acontecimientos fundamentales:

Cristo murió por nuestros pecados conforme a las Escrituras.

Fue sepultado.

Y resucitó al tercer día conforme a las Escrituras.

Por tanto, el centro no es el éxito personal del creyente.

No es el predicador.

No es una institución.

No es una experiencia emocional.

El centro es Jesucristo y su obra salvadora.

Dios se manifestó en carne para realizar la redención

Primera de Timoteo 3:16 declara:

“Dios fue manifestado en carne”.

Y 2 Corintios 5:19 afirma:

“Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo”.

La salvación revela al único Dios acercándose al ser humano en Jesucristo para realizar la obra de redención. La humanidad real de Cristo permitió que Él padeciera, derramara su sangre y muriera por nuestros pecados; en Él se manifestó plenamente Dios para reconciliarnos consigo.

La cruz, por tanto, no es un accidente dentro de la historia de Jesús.

Es parte central de las buenas nuevas.

Segunda de Corintios 5:21 dice:

“Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él”.

Cristo era sin pecado, pero entregó su vida por pecadores.

La resurrección pertenece al corazón del evangelio

Un evangelio que termina en la tumba está incompleto.

Pablo dice:

“Si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe” (1 Corintios 15:14).

La resurrección corporal de Jesucristo proclama la victoria de Dios sobre la muerte y sostiene la esperanza futura de los creyentes.

Romanos 4:25 declara que Jesús:

“fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación”.

Por eso el evangelio proclama juntos:

cruz y resurrección.

Sacrificio y victoria.

Muerte por nuestros pecados y vida triunfante.

El evangelio es poder de Dios “para salvación”

La palabra “salvación” en Romanos 1:16 no debe limitarse a una emoción religiosa ni a una mejora temporal.

El pecado ha afectado nuestra relación con Dios y nos ha colocado bajo condenación. El evangelio anuncia la intervención de Dios para rescatarnos de esa condición.

Romanos desarrolla esa salvación desde diferentes dimensiones: justificación, reconciliación, liberación del dominio del pecado, vida en el Espíritu y esperanza de resurrección.

Dios justifica por gracia

Romanos 3:24 habla de ser:

“justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús”.

La justificación no significa que Dios afirma que nunca fuimos culpables. Hemos pecado realmente.

Significa que Dios, sobre la base de la obra de Jesucristo, justifica al pecador que cree, perdonándolo y colocándolo en una relación correcta con Él.

Romanos 4:5 habla de Dios como:

“el que justifica al impío”.

Eso destruye la jactancia.

No podemos presentarnos delante de Dios diciendo:

“Mis buenas obras obligan a Dios a salvarme”.

La salvación es gracia.

La salvación por fe y no por obras excluye toda confianza en méritos humanos. Ninguna buena obra puede comprar el perdón ni colocar a Dios en deuda con nosotros; dependemos enteramente de su gracia manifestada en Jesucristo.

La fe recibe lo que Dios ha provisto

Romanos 1:16 dice:

“a todo aquel que cree”.

Y el versículo 17 añade:

“el justo por la fe vivirá”.

La fe ocupa un lugar fundamental.

Pero en la misma carta Pablo habla de:

“la obediencia a la fe” (Romanos 1:5).

Y termina Romanos hablando otra vez de una verdad revelada a todas las naciones:

“para que obedezcan a la fe” (Romanos 16:26).

Por tanto, la fe bíblica no es una obra mediante la cual compramos la salvación, pero tampoco es una profesión verbal vacía.

La fe confía en Dios y responde a su Palabra.

El poder del evangelio y la respuesta del nuevo nacimiento

Cuando el evangelio de Jesucristo fue proclamado el día de Pentecostés, los oyentes fueron compungidos de corazón y preguntaron:

“Varones hermanos, ¿qué haremos?” (Hechos 2:37).

Pedro respondió:

“Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hechos 2:38).

La gracia de Dios no convierte la respuesta humana en innecesaria.

El arrepentimiento, el bautismo en el nombre de Jesucristo y la recepción del Espíritu Santo no son obras meritorias mediante las cuales obligamos a Dios a salvarnos.

Son la respuesta de fe al evangelio que Dios ha provisto por gracia.

Arrepentimiento: volvernos hacia Dios

Jesús predicó:

“Arrepentíos, y creed en el evangelio” (Marcos 1:15).

El arrepentimiento reconoce el pecado y produce un cambio de dirección.

La gracia no enseña al pecador a justificar aquello que Dios condena. Lo llama a abandonar la rebelión y volver su corazón al Señor.

Bautismo en el nombre de Jesucristo

El libro de los Hechos muestra a quienes recibían el evangelio siendo bautizados.

En Pentecostés, Pedro mandó hacerlo:

“en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados”.

El bautismo no constituye un intento humano de ganar la salvación. Es obediencia al evangelio y respuesta al nombre salvador de Jesucristo.

El don del Espíritu Santo

Pedro también prometió:

“recibiréis el don del Espíritu Santo”.

El nuevo nacimiento de agua y del Espíritu cumple la necesidad anunciada por Jesús en Juan 3:5.

En Hechos, la recepción del Espíritu Santo aparece acompañada por la señal de hablar en otras lenguas en Pentecostés (Hechos 2:4), en la casa de Cornelio (Hechos 10:44-46) y entre los discípulos de Éfeso (Hechos 19:6).

El evangelio no deja al creyente dependiendo únicamente de fuerza de voluntad.

Dios da su Espíritu.

El evangelio transforma la vida presente

El poder salvador de Dios no se limita al perdón inicial.

Romanos 6 pregunta:

“¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde?”

Y responde:

“En ninguna manera”.

La gracia no es permiso para permanecer voluntariamente bajo el dominio del pecado.

Cristo salva del pecado, no solamente de sus consecuencias futuras.

Una nueva relación con el pecado

Romanos 6:14 declara:

“Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros”.

El creyente continúa enfrentando tentaciones y necesita perseverar, crecer y mortificar las obras de la carne. Sin embargo, ya no debe aceptar el pecado como su señor.

Existe una nueva dirección.

Romanos 8:13 dice:

“Si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis”.

El poder transformador no procede del simple esfuerzo humano. El Espíritu Santo capacita al creyente para caminar en obediencia.

La gracia enseña a vivir de otra manera

Tito 2:11-12 declara que la gracia de Dios:

“se ha manifestado para salvación”

y después afirma que esa misma gracia nos enseña a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos.

Gracia y santidad no son enemigas.

La gracia que perdona también educa, corrige y transforma.

Segunda de Corintios 5:17 resume ese cambio:

“Si alguno está en Cristo, nueva criatura es”.

El poder del evangelio comienza a verse en una nueva manera de pensar, desear, decidir y vivir.

¿Por qué la cruz confronta tanto al orgullo humano?

Primera de Corintios 1 presenta una paradoja.

Para unos, la palabra de la cruz parece locura.

Para los que son salvos:

“es poder de Dios” (1 Corintios 1:18).

Pablo explica que los judíos pedían señales y los griegos buscaban sabiduría, pero los apóstoles predicaban:

“a Cristo crucificado”.

La cruz confronta al ser humano porque declara que no podemos salvarnos a nosotros mismos.

El intelectual necesita gracia.

El religioso necesita gracia.

El moralmente respetable necesita gracia.

El pecador públicamente quebrantado necesita la misma gracia.

Todos debemos venir a Jesucristo.

El evangelio destruye la jactancia

Primera de Corintios 1:29 señala el propósito:

“a fin de que nadie se jacte en su presencia”.

El evangelio no permite que alguien diga:

“Yo me salvé por ser suficientemente sabio”.

“Yo merecía más que otros”.

“Mi conducta obligó a Dios a aceptarme”.

La cruz reduce al mismo nivel al orgulloso y al quebrantado:

ambos necesitan misericordia.

Por eso el evangelio puede resultar ofensivo para la autosuficiencia. No halaga nuestro orgullo; nos llama a reconocer nuestra necesidad.

Sin embargo, el rechazo humano no convierte automáticamente una afirmación en verdadera. El evangelio es verdadero porque descansa en la revelación y obra de Dios en Jesucristo. Su carácter confrontador explica por qué muchos resisten su llamado, pero nuestra confianza descansa en Cristo, no en la oposición que el mensaje pueda provocar.

El poder del evangelio se manifiesta también en la proclamación

Romanos 10:14 plantea una secuencia sencilla:

“¿Cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?”

Después Pablo declara:

“Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Romanos 10:17).

Dios ha decidido que el evangelio sea anunciado.

Por eso la proclamación importa.

Pero predicar no significa poseer poder personal para transformar corazones a voluntad. El mensajero anuncia fielmente; Dios es quien salva.

Pablo dijo:

“Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios” (1 Corintios 3:6).

El Espíritu Santo da poder para testificar

Jesús dijo a sus discípulos:

“Recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos” (Hechos 1:8).

El Espíritu no fue dado solamente para experiencias privadas.

La iglesia recibió poder para testificar de Jesucristo.

El evangelismo y las misiones nacen de esta convicción: el mensaje de salvación no debe permanecer encerrado dentro de la congregación, sino alcanzar a quienes todavía necesitan escuchar acerca de Jesucristo. Una verdadera vida cristiana incluye también el deseo de testificar, servir y llevar a otros las buenas nuevas que nosotros mismos hemos recibido.

Los métodos pueden servir, pero no pueden sustituir el mensaje

La iglesia puede utilizar diferentes medios para comunicar.

Puede predicar desde un púlpito.

Puede evangelizar personalmente.

Puede utilizar literatura, radio, video, internet o redes sociales.

Puede organizar campañas, grupos pequeños y actividades comunitarias.

El problema comienza cuando el medio desplaza al mensaje.

Pablo declaró:

“No me avergüenzo del evangelio”.

La iglesia no necesita ocultar la cruz para parecer aceptable ni sustituir el llamado al arrepentimiento por una motivación que nunca menciona el pecado.

Los métodos cambian.

El evangelio permanece.

Contextualizar no es lo mismo que alterar el evangelio

Pablo adaptó su manera de relacionarse con diferentes personas (1 Corintios 9:19-23), pero nunca predicó evangelios distintos.

La contextualización procura comunicar con claridad a una audiencia real.

El sincretismo, en cambio, mezcla el evangelio con creencias o valores incompatibles hasta modificar su contenido.

Una iglesia puede utilizar herramientas contemporáneas sin convertirlas en su fuente de poder.

Puede hablar el lenguaje de su generación sin abandonar el mensaje apostólico.

Puede aprender a comunicar mejor sin eliminar aquello que la cruz confronta.

Una predicación evangelística fiel presenta con claridad la condición del ser humano, la obra salvadora de Jesucristo y la respuesta que demanda el evangelio. Nuestros bosquejos evangelísticos para predicar mantienen ese llamado centrado en Cristo, sin sustituir la verdad bíblica por presión emocional o entretenimiento.

Cómo se manifiesta el poder del evangelio en el creyente

Romanos no presenta una salvación desconectada de la vida diaria.

Después de explicar extensamente el pecado, la gracia, la justificación y la vida en el Espíritu, Pablo llega a Romanos 12:1-2 y llama a los creyentes a presentar sus cuerpos en sacrificio vivo y a ser transformados mediante la renovación de su entendimiento.

El evangelio recibido comienza a producir fruto visible.

Una nueva identidad

Segunda de Corintios 5:17 declara:

“Si alguno está en Cristo, nueva criatura es”.

El creyente ya no define toda su identidad por su pasado.

Sus pecados fueron reales.

Sus heridas pudieron ser profundas.

Sus decisiones pudieron dejar consecuencias.

Pero Jesucristo introduce una nueva realidad.

Ahora pertenece al Señor.

Una conducta que comienza a cambiar

Efesios 4 presenta cambios concretos: dejar la mentira, controlar la ira, abandonar el robo, trabajar honestamente, cuidar las palabras y rechazar la amargura.

Eso es evangelio aplicado.

No basta afirmar:

“Cristo cambió mi vida”

si voluntariamente queremos conservar todo aquello que contradice su señorío.

La transformación puede incluir procesos de crecimiento, corrección y madurez, pero posee una dirección reconocible:

queremos vivir para Jesucristo.

Libertad para obedecer a Dios

La libertad cristiana no significa hacer todo lo que deseamos.

Significa ser libertados del señorío del pecado para servir a Dios.

Romanos 6:22 dice:

“Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación”.

Antes el pecado gobernaba.

Ahora Cristo es Señor.

Perseverancia en medio de las pruebas

El poder del evangelio tampoco significa una vida sin sufrimiento.

Pablo, que proclamaba ese poder, experimentó persecuciones, debilidad, prisiones y dolor.

Sin embargo, podía decir:

“Estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados” (2 Corintios 4:8).

La esperanza cristiana no depende de que toda dificultad desaparezca inmediatamente.

Descansa en Jesucristo, cuya resurrección garantiza que incluso la muerte será finalmente vencida.

Amor, comunión y misión

El evangelio transforma también relaciones.

Hechos muestra una iglesia que perseveraba en la doctrina apostólica, la comunión, el partimiento del pan y las oraciones.

Una congregación alcanzada por el evangelio no debería caracterizarse solamente por conocimiento doctrinal.

Debe crecer también en amor, santidad, servicio, generosidad y pasión por alcanzar a otros.

El poder de Dios forma un pueblo que vive para su gloria.

El poder del evangelio alcanza hasta la resurrección futura

Romanos 1:16 habla de salvación, y la carta desarrolla esa esperanza hasta la gloria futura.

Romanos 8:11 declara:

“El que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros”.

Por tanto, el poder de Dios no termina con la conversión.

El mismo Dios que perdona al pecador y obra en su vida presente levantará a los muertos.

Nuestra esperanza no termina en esta vida

Primera de Corintios 15 conecta directamente el evangelio con la resurrección.

Cristo resucitó.

Y porque Él resucitó, la muerte no tiene la palabra final sobre los que pertenecen al Señor.

Pablo podía mirar hacia la eternidad con esperanza porque la resurrección de Jesús no era para él una metáfora de superación personal.

Era un acontecimiento real que garantizaba una victoria futura.

Filipenses 3:20-21 afirma que esperamos al Salvador, Jesucristo, quien transformará:

“el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya”.

La esperanza de los cuerpos glorificados recuerda que la salvación de Dios alcanzará finalmente incluso nuestra mortalidad.

El evangelio nos prepara para la venida del Señor

La esperanza futura produce fidelidad presente.

No esperamos a Cristo cruzados de brazos.

Vivimos.

Servimos.

Predicamos.

Perseveramos.

Buscamos santidad.

Amamos a la iglesia.

Anunciamos el evangelio.

La esperanza cristiana mira hacia el día en que Cristo vencerá definitivamente toda oposición y los suyos estarán para siempre con el Señor.

Preguntas importantes acerca del poder del evangelio

Si el evangelio es poder de Dios, ¿por qué no todos los que lo escuchan son salvos?

Romanos 1:16 dice:

“es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree”.

El evangelio no actúa como una fuerza que obliga automáticamente a cada oyente.

Jesús encontró personas que recibieron su palabra y otras que la rechazaron. En Hechos, algunos creyeron la predicación apostólica mientras otros resistieron.

El poder de Dios es suficiente para salvar.

El problema no está en una deficiencia del evangelio.

El ser humano puede endurecer su corazón, amar las tinieblas y resistir el llamado de Dios.

Por eso la Escritura exhorta:

“Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones” (Hebreos 3:15).

¿El poder del evangelio significa principalmente milagros?

Dios puede hacer milagros, sanar y manifestar su poder sobrenatural.

El libro de los Hechos contiene numerosas señales.

Sin embargo, Romanos 1:16 especifica una finalidad:

“poder de Dios para salvación”.

Una persona puede admirar un milagro y todavía necesitar arrepentirse.

La transformación más profunda ocurre cuando un pecador es reconciliado con Dios, recibe el Espíritu Santo, comienza una vida nueva y persevera siguiendo a Jesucristo.

¿Puede la iglesia hacer que el evangelio sea más poderoso mediante mejores métodos?

Los métodos pueden ayudarnos a comunicar con claridad, llegar a nuevas personas y utilizar responsablemente los recursos disponibles.

Pero no pueden aumentar el poder intrínseco de Dios.

Pablo no dijo:

“Mi estrategia es poder de Dios”.

Dijo:

“El evangelio es poder de Dios”.

La excelencia ministerial es valiosa.

La preparación también.

La buena comunicación puede servir al mensaje.

Pero ninguna técnica puede sustituir la oración, la Palabra, la obra del Espíritu Santo y una proclamación fiel de Jesucristo.

Aplicación: vivir y anunciar un evangelio que verdaderamente transforma

Creer que el evangelio es poder de Dios cambia nuestra manera de vivir.

Nos libra de confiar en nuestra propia justicia porque reconocemos que necesitamos gracia.

Nos libra de avergonzarnos de Jesucristo porque sabemos que la cruz no es una derrota.

Nos libra de depender exclusivamente de estrategias humanas porque sabemos que Dios es quien salva.

Nos libra también de un cristianismo reducido a palabras, porque el evangelio produce una nueva vida.

Si has recibido el evangelio, vívelo.

Si has experimentado la misericordia de Dios, compártela.

Si conoces a Jesucristo, no tengas vergüenza de anunciarlo.

Si todavía no has respondido al evangelio, no te conformes con conocer su definición.

Arrepiéntete.

Cree en Jesucristo.

Sé bautizado en el nombre de Jesucristo.

Recibe el don del Espíritu Santo.

Y comienza a caminar en una vida nueva bajo el señorío de Cristo.

Conclusión: el evangelio sigue siendo poder de Dios para salvación

Pablo declaró:

“No me avergüenzo del evangelio”.

Y explicó por qué:

“porque es poder de Dios para salvación”.

El evangelio es poderoso porque tiene su origen en Dios y su centro en Jesucristo.

Anuncia al Salvador que murió por nuestros pecados y resucitó.

Revela la gracia que justifica al pecador.

Llama a una fe que responde a la Palabra.

Proclama el nuevo nacimiento.

Trae la promesa del Espíritu Santo.

Produce una nueva dirección de vida.

Sostiene al creyente mientras persevera.

Impulsa a la iglesia a evangelizar.

Y mantiene viva la esperanza de la resurrección.

Por eso la iglesia no necesita avergonzarse del mensaje ni sustituirlo por algo aparentemente más atractivo.

Necesita predicarlo con fidelidad.

Necesita vivirlo con integridad.

Necesita llevarlo a las naciones.

El evangelio sigue siendo poder de Dios para salvación a todo aquel que cree.

Rigoberto Gómez López

Rigoberto Gómez López es editor y webmaster de Estudios Pentecostales. Ha servido como líder, maestro de escuela bíblica, pastor y maestro de instituto bíblico en el ámbito pentecostal apostólico. Es bautizado en el nombre de Jesucristo desde enero de 2001 y escribe recursos bíblicos, sermones y estudios cristianos para edificación de la iglesia.

Más sobre el Autor

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento. Al hacer clic en Aceptar, aceptas el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos.    Más información
Privacidad