Reflexión de la segunda palabra de Jesús en la cruz
Hoy estarás conmigo en el paraíso
La segunda palabra de Jesús en la cruz, registrada en el Evangelio de Lucas, nos revela una de las declaraciones más profundas y esperanzadoras que Jesús pronunció durante su agonía: “Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.” (Lucas 23:43, RVR1960)
Esta declaración nos sumerge en el corazón del mensaje del evangelio: la gracia y la salvación ofrecidas gratuitamente a los pecadores arrepentidos. En este pasaje, vemos cómo Jesús, en medio de su sufrimiento y humillación, extiende una promesa de vida eterna a un hombre que, por todos los estándares humanos, no la merecía.
Esta palabra encierra el núcleo del mensaje de redención, la demostración de la misericordia divina y el poder salvador de Cristo, incluso en el último momento de vida de un pecador arrepentido.
En este artículo, exploraremos el contexto histórico y espiritual de esta segunda palabra, analizaremos el significado profundo de la promesa de Jesús y reflexionaremos sobre cómo esta declaración impacta nuestra vida cristiana hoy.
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I. Contexto de la segunda palabra de Jesús
Para comprender el significado de esta declaración, es importante situarla en su contexto histórico y bíblico.
A) El escenario y diálogo entre los ladrones
1. El escenario de la crucifixión
Jesús fue crucificado entre dos malhechores:
“Cuando llegaron al lugar llamado de la Calavera, le crucificaron allí, y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda.” (Lucas 23:33, RVR1960)
La crucifixión era un castigo reservado para los criminales más despreciables. Jesús, el Hijo de Dios, fue contado entre los transgresores, cumpliendo la profecía de Isaías:
“Y fue contado con los pecadores, habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores.” (Isaías 53:12, RVR1960)
Desde el inicio de su ministerio, Jesús se identificó con los pecadores para redimirlos. La escena en el Calvario refleja esa misión redentora en su máxima expresión: el Salvador colgado en una cruz, rodeado de malhechores.
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2. El diálogo entre los ladrones
Lucas nos relata que los dos malhechores que fueron crucificados con Jesús reaccionaron de manera opuesta:
“Y uno de los malhechores que estaban colgados le injuriaba, diciendo: Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros. Respondiendo el otro, le reprendió, diciendo: ¿Ni aun temes tú a Dios, estando en la misma condenación? Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; mas este ningún mal hizo.” (Lucas 23:39-41, RVR1960)
Uno de los ladrones se burlaba de Jesús, desafiándolo a que se salvara a sí mismo y a ellos. Pero el otro, reconociendo su culpa y la inocencia de Jesús, hizo una confesión de fe notable:
“Y dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino.” (Lucas 23:42, RVR1960)
Este ladrón reconoció a Jesús como Rey y Mesías. Su declaración de fe es impresionante considerando las circunstancias: Jesús estaba desfigurado, sangrando y agonizando, aparentemente derrotado. Sin embargo, este hombre vio más allá de la cruz y reconoció en Jesús al verdadero Rey.
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II. El significado profundo de la promesa de Jesús
Jesús respondió a la súplica del ladrón con una promesa que revela el corazón mismo del evangelio:
“De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.” (Lucas 23:43, RVR1960)
A) La respuesta de Jesús encierra verdades teológicas fundamentales:
1. La salvación es por gracia, no por obras
El ladrón no tenía méritos ni oportunidad de hacer buenas obras. No pudo bautizarse, no pudo reparar los daños de su vida pasada ni probar su arrepentimiento mediante actos externos. Sin embargo, fue salvo por gracia mediante la fe.
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Recordemos que aun no había empezado la dispensación de la gracia; por lo tanto, pudo ser salvo sin bautizarse ni recibir el Espíritu Santo. Sin embargo, se nos recuerda que no somos salvos por obra sino por gracias por medio de la fe, porque la fe nos hace actuar y obedecer a Dios.
Pablo enseñaría después:
“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.” (Efesios 2:8-9, RVR1960)
La salvación no depende de nuestras acciones, sino de la obra perfecta de Cristo en la cruz.
2. La certeza de la salvación
Jesús no dijo «quizás» o «si haces esto o aquello». La promesa fue directa y segura: «hoy estarás conmigo». La salvación en Cristo no deja lugar a dudas ni inseguridades.
3. La vida eterna es inmediata
Jesús aseguró al ladrón que ese mismo día estaría con Él. No habría un proceso largo de purificación ni una espera indefinida. El pecador arrepentido fue trasladado directamente a la presencia de Dios.
“Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia.” (Filipenses 1:21, RVR1960)
«El cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo» (Colosenses 1:13)
4. Estar con Cristo es el verdadero paraíso
Jesús no solo prometió el paraíso; prometió que el ladrón estaría con Él. El cielo no es simplemente un lugar, sino la presencia de Jesús. La comunión eterna con Cristo es el mayor galardón de la salvación.
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III. ¿Qué significa “el paraíso” en las palabras de Jesús?
En la promesa de Jesús —“hoy estarás conmigo en el paraíso”— surge una pregunta fundamental: ¿qué es exactamente el paraíso según la Biblia?
En las Escrituras, el paraíso no se presenta simplemente como un lugar simbólico, sino como un estado real de comunión consciente con Dios. En el pensamiento judío del primer siglo, el paraíso era entendido como el lugar de descanso de los justos, donde las almas de los creyentes aguardaban la resurrección final en la presencia de Dios.
Jesús reafirma esta verdad al prometer al ladrón no solo un destino futuro, sino una comunión inmediata con Él. El paraíso, por tanto, no se define principalmente por su geografía celestial, sino por la presencia viva de Cristo.
Esta enseñanza nos llena de consuelo: el creyente que muere en Cristo no entra en el vacío, ni en la inconsciencia, sino en una relación plena y consciente con su Salvador.
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IV. Una aclaración necesaria: ¿Cuándo se cumple la promesa?
A lo largo de la historia, algunos han intentado reinterpretar las palabras de Jesús cambiando la puntuación del texto, sugiriendo que Jesús dijo: “De cierto te digo hoy, estarás conmigo en el paraíso”, como si la promesa no fuera inmediata.
Sin embargo, esta interpretación no se sostiene ni lingüística ni teológicamente. El énfasis de Jesús no está en el día en que habla, sino en la certeza inmediata de la salvación. La expresión “de cierto te digo” era una fórmula solemne que Jesús usaba frecuentemente para introducir verdades absolutas.
Además, el contexto completo del pasaje confirma que Jesús estaba ofreciendo una esperanza presente y segura, no una promesa ambigua o diferida. El ladrón, al morir ese mismo día, entraría directamente en la presencia del Señor.
Esta aclaración fortalece la confianza del creyente: la salvación en Cristo es segura, clara y sin ambigüedades.
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V. Aplicación práctica para la vida cristiana
La segunda palabra de Jesús en la cruz tiene profundas implicaciones para nuestra vida hoy.
4 Implicaciones para nuestra vida
1. Nunca es demasiado tarde para la salvación
El ladrón fue salvo en la última hora de su vida. Esto nos enseña que Dios siempre te da una oportunidad, pero debes aprovecharla mientras tengas vida. Nadie está demasiado perdido para ser alcanzado por la gracia de Dios.
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2. La salvación es por fe, no por méritos
Este pasaje nos recuerda que nuestras buenas obras no pueden salvarnos. La fe en Jesucristo es el único camino para la salvación.
3. Jesús es el camino
La promesa de Jesús al ladrón es una garantía para todos los creyentes: si hemos puesto nuestra fe en Él, tenemos la seguridad de estar con Él en la eternidad.
4. El poder de una confesión sincera
El ladrón confesó públicamente su fe en Cristo, y Jesús lo reconoció y lo salvó. Esto nos desafía a confesar nuestra fe con valentía y humildad.
VI. Una advertencia pastoral: no postergar la gracia
El caso del ladrón en la cruz ha sido mal utilizado por algunos para justificar una vida de pecado con la idea de arrepentirse “al final”. Sin embargo, este pasaje no fue dado para fomentar la negligencia espiritual, sino para mostrar el alcance de la gracia de Dios.
La Biblia nunca garantiza una segunda oportunidad en el último momento. El ladrón fue salvo en su agonía, pero recuerda que aun no había llegado el tiempo de la dispensación de la gracia. Hoy en tiempo de la gracia es necesario, además de creer y arrepentirse, bautizarse y recibir el Espíritu Santo para perseverar hasta el fin. El verdadero mensaje de la cruz no es “puedes esperar”, sino “hoy es el día de salvación”.
La gracia no debe ser postergada, sino recibida con humildad y gratitud. Cada llamado de Dios es una invitación urgente, y responder con fe hoy es la evidencia de un corazón verdaderamente arrepentido.
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Conclusión: La cruz como puerta al paraíso
La segunda palabra de Jesús en la cruz nos recuerda que la salvación es accesible para todos, incluso para los más indignos. El ladrón en la cruz representa a toda la humanidad: pecadores culpables en necesidad de redención. Pero Jesús, el Cordero de Dios, cargó con nuestro pecado y nos abrió el camino al cielo.
La promesa de Jesús nos llena de esperanza y seguridad. Si el ladrón pudo recibir la promesa de estar con Cristo, también nosotros, al confesar nuestra fe y recibir su gracia, podemos tener la certeza de una eternidad en su presencia.
“Hoy estarás conmigo en el paraíso.” Esta es la promesa inquebrantable de nuestro Salvador. Que esta palabra resuene en nuestro corazón y nos motive a vivir cada día en gratitud y obediencia a Aquel que nos abrió la puerta del cielo.
La pregunta que esta palabra de Jesús nos deja no es solo teológica, sino profundamente personal: ¿Estamos nosotros confiando plenamente en Cristo como nuestra única esperanza de salvación? La cruz sigue hablando hoy, y su invitación sigue abierta.
¡Jesús ya ha pagado el precio! La puerta al cielo está abierta para todos los que creen en Él.
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